Flechas

Partes atrás

Esconder lo feo y presentar una cara cosméticamente potable de la ciudad era una de las artimañas usadas por el presidente Balaguer en su visón del desarrollo urbano.

Por Elisabeth de Puig

Un diario de amplia circulación ha iniciado el sábado pasado una interesante serie de artículos sobre las “partes atrás” de distintos barrios, llamando la atención sobre este fenómeno casi invisible a primera vista a pesar que se cuentan por centenas las partes atrás en la ciudad de Santo Domingo.

Estas partes atrás son una consecuencia de la fuerte concentración poblacional de las grandes ciudades fruto de la migración interna que se traduce en un déficit habitacional de mayor magnitud que en la zona rural.

También son el producto, por un lado, de la falta de planes de ordenamiento territorial y, por el otro, de las grandes desigualdades que imperan en nuestro país.

Esconder lo feo y presentar una cara cosméticamente potable de la ciudad era una de las artimañas usadas por el presidente Balaguer en su visón del desarrollo urbano. Se construía una hilera de multifamilares en las grandes avenidas y se dejaban detrás los barrios tradicionales con su miseria.

De cierta manera los gobiernos ulteriores han seguido el mismo camino usando otras fórmulas como la construcción de elevados, o del metro, sin tratar de resolver, salvo casos de emergencia, estas situaciones habitacionales, lastres sociales que deberían ser eliminadas si se quiere que la ciudad primada de América sea realmente una metropolis  vivible y digna.

Todavía hoy en la construcción de muchos grandes residenciales de Santo Domingo quedan bolsones de miseria con sus casas enquistadas en medio de la geografía de la ciudad.

En sectores como Villas Agrícolas, Villa Consuelo, La Zurza o Capotillo florecen las partes atrás, los callejones y las cuarterías. Estas últimas están directamente asociadas al mundo del trabajo y se ubican en zonas y sectores urbanos cercanos a centros de trabajo que permiten un acceso a fuentes de empleos formales e informales, permitiendo en este caso el chiripeo.

Las cuarterías son viviendas que se subdividen al máximo, utilizando hasta los que eran anteriormente los patios de casas individuales para el alquiler de cuartos donde se comparten agua y baños. Muchos de los dueños viven en las partes alantes con acceso directo a la calle,  con  algo de “confort”, mejores servicios, alquilando los que fueron anteriormente patios de las casas cuando se urbanizó la parte alta de la ciudad.

En sus condiciones extremas, estas cuarterías ofrecen condiciones de insalubridad, inseguridad y hacinamiento que en muchos sentidos las homologan a un tugurio.

Otra modalidad es que sobre un solar un propietario construye un edificio de varios pisos dedicado al alquiler de cuartos donde se hacinan familias enteras.

Son secretos a veces muy bien guardados que no se desvelan de buenas a primeras a los ojos del peatón que cruza por las calles principales de un barrio. Son las partes atrás de la modernidad, entramados de callejones oscuros y cañadas,  con olores a veces insoportables, sin servicios básicos, un mundo desconocido con su vida propia.

Si bien muchos de los que allí residen son gente trabajadora que se levanta temprano para ir a su trabajo, también en estos callejones y sus vericuetos florece el micro tráfico  como alternativa de subsistencia y no es recomendable pasear por los callejones y sus recodos sin ser acompañado por un morador del lugar.

En estos sectores y callejones muchos no observan las medidas de seguridad impuestas por las autoridades para enfrentar la covid 19, por la sencilla razón de que resulta imposible vivir encerrado en un hogar de 4 metros por 5 y que la calle es la extensión natural de los hogares.

La pandemia ha golpeado duro estas comunidades donde el hacinamiento facilita la propagación de la enfermedad, donde el acceso al trabajo se ha reducido, donde la violencia intrafamiliar va en aumento y donde los niños  tienen poco o ningún acceso a la virtualidad.

Ellos son las víctimas ocultas de la pandemia. Toda una generación ha debido interrumpir sus estudios y se ha parado el acceso a programas de nutrición escolar. De manera particular, están más expuestos que antes a la violencia, la explotación y el abuso. Ni hablar de las dificultades que afrentan hoy en día los niños migrantes y los  indocumentados o discapacitados

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