Opinión

Otto Herschmann, un presidente de Comité Olímpico en el podio

Es posible que él, abogado, campeón olímpico y una de las figuras más representativas de la organización del deporte en Austria, haya sido uno de los que sufrieron la humillación de limpiar las calles con sus cepillos de dientes.

Por Galileo Violini

El historial de las Olimpiadas hace registrar muchos casos de alguna manera únicos. Entre ellos se destaca por su contenido deportivo la marca del número de medallas ganadas, en total y en una misma Olimpiada. Su líder absoluto es Michael Phelbs, con 28 medallas, y es difícilmente alcanzable, habiéndolas ganado en cuatro Olimpiadas, absoluto dominador en dos de ellas (2008 y 2012).

Otras marcas son en el contexto de deportes en los cuales la capacidad de competir a nivel internacional es limitada en el tiempo. En Tokyo, esto ocurrió, por ejemplo, en natación, donde la italiana Federica Pellegrini superó a Phelbs, calificándose una vez más para una final, diecisiete años después de la primera vez, habiendo sido finalista en cinco Olimpiadas, o en gimnasia, donde la uzbeka Oksana Chusovitina participó por octava vez en una Olimpiada. La excepcionalidad de este resultado fue celebrada por el público que la retribuyó con una standing ovation cuando falló la calificación a la final.

Otros casos han llamado la atención, en una mezcla de curiosidad y apreciaciónv como la primera medalla, después de quince participaciones, del estado más antiguo de mundo, la Republica de San Marino, o la participación de una joven siriana de doce años, Hend Zaza, quien, en el tenis de mesa, había logrado la admisión a los Juegos derrotando a una libanesa que le llevaba cuatro años. Sin embargo, ella no es el/la más joven de todos los tiempos, porque en la primera Olimpiada (Atenas 1896) hubo Dimitrios Loundras, gimnasta de 10 años, quien inclusive ganó una medalla de bronce.

Marca en sentido opuesto en deportes que permiten competir en edad avanzada. Limitándose a los que actualmente hacen parte del programa olímpico, la tiene un tirador sueco, Oscar Swahn, medalla de plata en Amberes en 1920 a los 73 años de edad. En Tokyo, la participante menos joven es una jineta australiana de 66 años, Mary Hanna, en su cuarta Olimpiada. De seguir participando, y ese deporte lo permite, piénsese que entre los que no calificaron para participar hubo un jinete japonés de 80 años, en 2024 podría establecer un nuevo record femenino y, ¿porqué no? en Los Angeles 2028 podría superar a Swahn, y al que detiene la marca absoluta, habiendo ganado a los 73 años en artes, disciplina presente en el programa hasta los Juegos de 1948 en Londres.

Obviamente el panorama podría cambiar si el programa incluyera los deportes de la mente, algunos de los cuales ya son representados en Comités Olímpicos nacionales. Cuando los Juegos en China hubo la inclusión separadamente del programa oficial del  bridge, cuya federación mundial WBF había organizado Olimpiadas entre 1960 y 2004, deporte que ha tenido campeones muy ancianos como Oswad Jacoby, quien ganó uno de los más prestigiosos torneos norteamericanos a los 81 años de edad.

Entre todas estas marcas hay una muy especial que debe ser recordada por entrelazarse con la tragedia que ha marcado el Siglo pasado, la Shoah, entre cuyas víctimas hubo numerosos campeones olímpicos.

Entre los medallistas olímpicos algunas decenas han triunfado en dos deportes diferentes. Esto no es tan extraordinario si los deportes son natación y waterpolo, como en el caso de Johnny Weissmüller, el futuro Tarzán, pero hubo casos en que los dos deportes fueron muy diferentes, algunos exóticos, un luchador ganador de tira y afloja, otros, como ocurre en el caso de cinco atletas, inclusive en diferentes Olimpiadas, juegos estivos e invernales.

Entre estos ganadores múltiples, hay un atleta que además de ganar medallas en dos deportes totalmente diferentes, natación y esgrima, subió al podio olímpico siendo nada menos que presidente del Comité Olímpico de su país.

Único presidente que haya ganado dos medallas, Otto Herschmann, vienés ganó la primera en la histórica primera Olimpiada de Atenas 1896. Él compitió en una de las tres pruebas de natación, los 100 metros estilo libre.

En Atenas las condiciones fueron muy distintas de las actuales. La participación no fue numerosa, diez competidores de cuatro de los cuales ni se conoce el nombre, y la competencia se realizó en mar abierto, con una temperatura del agua de 10 grados. Herschmann quedó segundo detrás del húngaro Alfréd Hájos. Los anales recuerdan los dos tiempos, muy lejanos de los 59 segundos, tiempo obtenido en Paris en 1924 por Johnny Weissmüller, primero dos años antes en romper la barrera de un minuto. En Atenas, ambos contendores tuvieron tiempos de 1.22 y décimas, y Herschmann perdió por tan solo seis décimas de segundo, medio metro.

La segunda medalla de Herschmann, en esgrima (competencia de sable por equipos), vendría dieciséis años después, en Estocolmo. En ese entonces era un profesional afirmado, abogado, y figura de la organización deportiva austriaca, presidente de la Federación de Natación y del Comité Olímpico Austriaco, lo cual lo llevó a realizar la hazaña mencionada en el título. Un presidente de Comité Olímpico recibiendo la presea olímpica, volvería a ocurrir en 1960, cuando Constantino de Grecia, ganó una medalla de oro en vela, siendo presidente del Comité Olímpico griego, pero esa fue su única medalla, aunque hay que recordar que fue el primer griego medalla de oro después de 1912.

En Estocolmo, Herschmann no participó en la prueba individual de sable, lo cual hizo diez años después, aunque en una variante de esa disciplina, cuando volvería a Atenas para participar en la Olimpiada intercalada de 1906, única que se realizó como compromiso entre Grecia que quería ser sede permanente de los juegos y De Coubertin que defendía su internacionalización.

Mientras en la prueba de natación en Atenas Herschmann había perdido el oro por una mínima diferencia, en Estocolmo la competencia de sable fue dominio del equipo húngaro del cual hacían parte siete de los que, dos días después, serían los ocho finalistas de la prueba individual, siendo el octavo el mítico italiano Nedo Nadi, quien, hasta la aparición de Spitz, siete medallas en Munich, fue el que detuvo la marca de las medallas de oro ganadas en la misma Olimpiada (5 en Amberes 1920).

El dominio húngaro en sable que volvió inaccesible el podio más alto a Herschmann no fue esporádico. En esta especialidad, tanto en la prueba individual que en la prueba por equipos, Hungría dominó incontrastada todas las Olimpiadas entre 1908 y 1960, con el único paréntesis de Amberes 1920, cuando no pudo participar, como potencia derrotada en la Primera Guerra Mundial. (En parte esto contribuyó probablemente al record de Nedo Nadi).

Austria, igual que Alemania, pudo volver a participar solamente en 1928 en Amsterdam y esa vez Herschmann estuvo presente, aunque no en calidad de atleta, como capitán del equipo austriaco de esgrima, que participó solamente en florete.

La historia deportiva de Herschmann se cruza trágicamente con la Shoah, porque, siendo él judío, sufrió  las persecuciones Nazi que siguieron al Anschluss, la anexión de Austria al Tercer Reich del 12 marzo de 1938.

Es posible que él, abogado, campeón olímpico y una de las figuras más representativas de la organización del deporte en Austria, haya sido uno de los que sufrieron la humillación de limpiar las calles con sus cepillos de dientes.

La culminación fue su deportación, el 14 de junio de 1942. El destino de su transporte hubiera debido ser un campo en Yugoeslavia, Izbica, pero fue llevado a Sobibor en Polonia, campo de exterminio que había empezado a funcionar unos meses antes, donde fueron asesinados 167000 judíos, hasta su cierre de noviembre 1943, posiblemente  consecuencia, de la rebelión del 14 de octubre de 1943, que permitió la fuga de 300 prisioneros judíos y ha sido recordada en una famosa película de 1987.

Los deportados del tren que llevó Herschmann a Sobibor no llegaron a esa fecha. Todos fueron asesinados a su llegada, probablemente el 16 de junio.

Él tuvo así el mismo destino de otros grandes esgrimidores judíos protagonistas de los Juegos Olímpicos, el polaco Josef Roman Kantor, semifinalista en espada en Berlín, asesinado en Majdanek y cuatro húngaros (Gerde, Garay, Kabos  y Petschauer, todos medallistas de oro), mientras diferente fue el destino de quien lo había derrotado en Atenas, Hájos, quien fue salvado por un amigo católico.

Para uno de los cuatro esgrimidores húngaros, Attila Petschauer, sus últimos días se cruzaron una vez más con las Olimpiadas. Según el testimonio de otro atleta olímpico, Károly Kárpáti, caméón de lucha libre en Berlín, uno de sus persecutores en un campo de trabajos forzados en Ucrania, fue Kálmán Cseh quien había participado en equitación en las Olimpiadas de Amsterdam 1928 donde Petschauer había triunfado. No ignoramos que quien buscara más información sobre Petschauer en el web podría encontrar la breve afirmación de que este testimonio ha sido recientemente cuestionado por un historiador del ejército húngaro que sostiene que Petschauer, trabajador forzado en el frente oriental húngaro fue capturado por la Armada Roja el 14 de enero de 1943 y murió el 20 de ese mes por un brote, en el campo soviético de prisioneros de guerra adonde fue llevado, de la enfermedad que suelen mencionar los negacionistas de la Shoah, el tifo. Esta reconstrucción aparece dudosa tanto por motivos internos al artículo donde ha sido presentada, que da la impresión de querer disminuir las responsabilidades húngaras trasladándolas a los soviéticos, como por razones objetivas, distancia entre el campo soviético y Uncrania,  y, sobre todo, incompatibilidad entre los seis días entre captura y muerte con la duración de la incubación del tifo (una a dos semanas) a la cual hay que añadir el tiempo necesario para que el desenlace de la enfermedad sea fatal

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