A lo largo de la historia de nuestro país nos hemos interrogado sobre nuestro ser. Esta interrogación no surge en momentos privilegiados, sino que continúa incesantemente, formando parte del mestizaje cultural de nuestra historia.
Es apenas una interrogación, una especie de fuga en el rumor de fondo que constituye nuestro ser. Preguntas rumorosas. ¿Qué valen? ¿Qué dicen? Estas, a su vez, son preguntas sobre nuestro ser como identidad. ¿De dónde viene, entonces, ese afán de preguntar, esa gran dignidad que se concede a la pregunta sobre la identidad dominicana? Preguntar es buscar, y buscar es buscar radicalmente, ir al fondo, sondear, trabajar el fondo y, en última instancia, arrancar. Este arrancamiento es el punto de partida del investigador Odalís G. Pérez, para analizar el universo textual de La Patria Montonera, de Ramón Francisco, (Editora Nacional de la Secretaría de Estado de Cultura, 2002, 433 págs.), en su libro La Identidad Negada: Los Caminos de la Patria Montonera (Editora Manatí, Santo Domingo, 2003, 247 págs.).
Todo lo anterior no tendría sitio aquí sino por lo que concierne a nuestra literatura en el mundo del testimonio cultural, cultivada principalmente por los poetas de Postguerra del 65. No obstante, todavía no hemos realizado una crítica puntual de este período. Casi siempre se ha querido mostrar esta poesía como una poesía de la realidad: inventario de una naturaleza exuberante y de un mundo en conflicto, crónica o épica de una historia singular y abyecta, testimonio de un mundo elemental y rudimentario.
El hecho es que muy pocas veces se ha querido ver la poesía de Postguerra como una experiencia específica y mucho menos como una experiencia imaginaria. A ello se añade otro aspecto nada desdeñable: la validez o la invalidez histórica de cierta imagen producida tiene una estrecha relación con la posibilidad de evaluar cómo gravita, o sea qué peso tiene en la lectura de un texto de ese tipo un determinado saber. En suma, si juzgamos que lo histórico es inválido, quizá leamos La Patria Montonera con cierta dosis de cuestionamiento; si, por el contrario, consideramos que lo histórico es válido tal vez la lectura se reduzca a la corroboración.
En cuanto a lo que el poema nos relata, el texto "refiere" un algo que debe ser entendido de dos modos: en tanto que ese algo es un núcleo preexistente deberá ser considerado como "referente" ; en tanto aparece transformado en el texto deberá ser considerado "referido". Ahora bien, ese "referente" es, a su turno, un discurso, el discurso histórico, que por sus características, o sea, porque refiere hechos, tiende a producir una ilusión de desaparición como discurso. Lo que, a su vez, haría aparecer los hechos en sí mismos.
En lo que concierne al análisis de La Patria Montonera, Pérez se plantea un nuevo problema en torno a la noción de "referente", a saber: qué relación se establece entre el relato poético y el discurso histórico, o, en otras palabras, con las fuentes. Shakespeare, por ejemplo, bebió en fuentes muy genéricas, esencialmente en Plutarco o Suetonio.
Se podría decir que no necesitó más, ni siquiera documentos originales que hubieran servido, a su turno, a Plutarco o a Suetonio (el documento original como un metadiscurso histórico, más cercano aún a los hechos, pero tan ilusorio como el discurso histórico corriente), para llevar a cabo su propósito artístico. Pero eso no quita que exista por un lado una conciencia histórica, a veces muy elemental y, por el otro, que en ocasiones tal conciencia no baste, como sí le bastó a Shakespeare, para buscar "referentes" adecuados.
Odalís G. Pérez analiza La Patria Montonera a partir de ocurrencias narrativas y poéticas, en un recorrido de interpretación cultural donde la memoria insular se asume como una visión mágica, teniendo en cuenta una poética histórica y política que construye un relato de voces, asimiladas a la llamada "cultura-movimiento" (pág. 15).
La Patria Montonera es así una línea infusa de un espacio que multiplica el sentido de la historia dominicana. La tendencia al mestizaje se funda, pues, no solamente en un anthropos elemental, sino, en la corriente dominante de nuestra tradición anfroantillana. Pero, al mismo tiempo, crea una nueva universalidad a partir de elementos culturales inherentes a nuestra tradición y a la experiencia literaria hispanoamericana. Para Odalís G. Pérez, lo poético surge en el poema analizado, de la historia que habla de sus temores, visiones y creencias, y responde a cada paso mediante una épica no advertida por la cultura dominicana y sus instancias coloniales, principalmente jurídicas, económicas y fiscales (op.cit., pág. 136 Yss.).
En efecto, desde la vía profana del "extraño de la historia" vemos nuestra identidad negada, el vínculo simbólico y las huellas del discurso observado de la dominación que ocupa las vertientes del sentido de la historia. Se trata, como se ve, de modos de argumentar que, espontáneos o calculados, buscan un efecto preciso. El tema permite abrir un paréntesis vinculado con la relación entre proceso discursivo y esquema cultural en general, en este caso ejemplarmente problemático. El primer punto a considerar atañe a la escindida formación de la nación; luego, habría que tener en cuenta los aportes que se le deben, háyanle sido reconocidos o no en su momento, como expresión figurada o concreta.
Sin ánimo de responder exhaustivamente a tales cuestiones, ligadas a los objetivos de este trabajo, se podría sostener que la influencia mágico-religiosa de la cultura de los esclavos y de los negros sublevados en nuestro hacer cotidiano, por cierto más de hecho que a través de sus poco sistemáticas formulaciones, implica una cierta perturbación epistemológica de nuestra identidad. Por aquí se reintroduce lo que el enunciado interpretativo traza: su historicidad -la que estructuró las relaciones, y la que las cambia-o Hacer aparecer esta historicidad es la condición de la elucidación analítica que realiza Odalís G. Pérez.
Por esto, Pérez hace del discurso del analista una ficción: dicho de otro modo: un discurso en que se marca la particularidad de su intérprete, esencialmente su punto de vista. En consecuencia, "se dice", no es más científico, "es literatura" . Desde el punto de vista del analista, esta doxa plantea un sentido o valor subjetivo. Este es el estatuto teórico del autor. Desde luego, no se puede decir cómo los textos poéticos e históricos que se han producido dieron satisfacción a tales requisitos y quizás ni siquiera tenga interés determinarlo.
Por de pronto, habría que establecer o enunciar la retórica poética, cosa también harto difícil, pues, en todo caso, hay retóricas y, luego, vincular la o las poéticas históricas de La Patria Montonera con ellas. Lo cual implicaría una suerte de ideología de la subordinación, no sólo imposible, sino también inútil. Más interesante sería llegar a establecer en qué medida lo hicieron, y si lo han hecho los poemas históricos en su conjunto, o si alguno en particular logró producir algún efecto de modificación en el poema en general. Es probable, dicho esto ligeramente, que las modificaciones en el poema, al menos contemporáneamente, tengan otras fuentes (determinados logros de la poesía, cierta incidencias de técnicas recogidas por otros discursos o bien una general tendencia a la interdiscursividad), pero también es cierto que determinados poemas históricos aparecen como resumiendo modificaciones y, por consecuencia, proponiendo modelos para la poesía en su conjunto.