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Un hombre de edad avanzada, un escritor europeo se encuentra en ese momento inevitable de la vida cuando empieza el lento y agónico declive. Se llama Gustavo Von Aschenbach, y es un hombre viejo y cansado como todo lo europeo. Aquejado por el cansancio, absorbido por su obra, excesivamente preocupado por sí mismo, se debe a una sola y suprema cosa: el impulso creador de belleza. Secreto y oscuro impulso.

Thomas Mann (1875-1955)

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Aschenbach es una típica alma europea: inteligente y culto, delicado y sensible, refinado y exquisito. Disciplinado y escrupuloso, pero fatigado, apela a la razón y al dominio de sí mismo para someter el sentimiento y la pasión. Proclive a dispersarse, su complejo mundo interior mal congenia con la presión del mundo exterior.

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En el pórtico de un cementerio de Munich, Aschenbach encuentra a un viajero desconocido que le despierta el deseo de viajar. Decide entonces emprender un viaje de descanso, un viaje de vacaciones, de aire puro, de sol y mar, sin sospechar que ese sería su último viaje. Y marcha a Venecia.

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La inquietud viajera despertada súbitamente es un deseo intenso y violento: “Pronto advirtió una sorprendente ilusión en su alma, una especie de inquietud viajera, un ansia juvenil hacia lo lejano, sentimientos tan vivos, tan nuevos, o, por lo menos, tan remotos, que se detuvo, con las manos en la espalda y la vista clavada en el suelo, para examinar su estado de ánimo (…) Era un ansia indudable de huir, ansia de cosas nuevas y lejanas, de liberación, de descanso, de olvido. Era el deseo de huir de su obra, del lugar cotidiano, de su labor obstinada, dura y apasionada (…) Era sencillamente deseo de viajar, deseo tan violento como un verdadero ataque, y tan intenso, que llegaba a producirle visiones”.

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La belleza nos lleva al abismo, y el abismo nos atrae. De una forma misteriosa e inexplicable nos sentimos fascinados por el extravío, por la pérdida y la caída. Sentimos la fascinación del abismo.

Muerte en Venecia-el libro

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En el transcurso de sus vacaciones en Venecia, Aschenbach descubre un nuevo amor: un bello adolescente extranjero. Se enamora de su efebo, lo busca sin hablarle, lo atisba, lo contempla desde lejos, callado y discreto. Obsesionado por la belleza ideal, impulsado por su amor platónico, feliz de sentirse de nuevo enamorado, vaga por las calles infestadas de cólera de Venecia. Y mientras se deleita contemplando a su joven y hermoso objeto, se contagia.

Muerte en Venecia-la película

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Aschenbach muere sentado en la playa, en medio de la epidemia de cólera indio que azota Venecia, contemplando desfalleciente a su objeto amado, su efebo. La belleza, a un tiempo divina y perceptible, le ha llevado al abismo. 

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La verdadera creación espiritual tiende a producir una impresión extraña, profunda y duradera. Si la obra de arte suscita entusiasmo en el artista creador, en el público provoca fascinación, admiración y simpatía. Thomas Mann escribe: “Los hombres no saben por qué los satisfacen las obras de arte. No son verdaderamente entendidos, y creen descubrir innumerables excelencias en una obra, para justificar su admiración por ella, cuando el fundamento íntimo de su aplauso es un sentimiento imponderable que se llama simpatía”.

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La figura de San Sebastián es una hermosa metáfora del arte. No confundamos la imagen del santo con una idea errada de pasividad o resignación cristiana ante la muerte. San Sebastián es imagen de serenidad en medio del dolor y de la desgracia. O también dicho: es emblema de la serenidad en medio de la desgracia y de la gracia en medio del suplicio.

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Thomas Mann ha escrito un hermoso relato de amor y muerte en tiempos de epidemia y Luchino Visconti lo ha llevado magistralmente al cine: Muerte en Venecia.