Por haber sido publicadas en 2014, esto es, 49 años después de él haber sido “Presidente Provisional bajo armas, abril de 1965”, las memorias de Rafael Molina Ureña (31-1-21 al 25-5-2000) han padecido de la misma falta de trascendencia histórica que hasta ahora su buen nombre adolece bajo la fría y absoluta indiferencia a su indudable papel político trascendente de parte de la masa intelectual dominicana.

Como que lo tienen donde él mismo se colocó a regusto: en un rinconcito oculto de los magnos acontecimientos políticos que sacudieron a la nación dominicana desde meses antes del 20 de diciembre del 1962, cuando el profesor Juan Bosch ganó las primeras elecciones presidenciales post Era de la Tiranía de Trujillo hasta días después del estallido de la revolución constitucionalista.

Molina Ureña fue pieza de primer orden y en algunos casos clave fundamental, sin parangón histórico, en casi todos los procesos del período abarcado por sus memorias, del 31 de mayo de 1961 al 27 de abril de 1965…y un poco más allá. Dirigente de organización del recién llegado PRD, candidato a Diputado, Diputado, Presidente de la Cámara de Diputados, de los redactores principales del proyecto de constitución boschista, Presidente de la Asamblea Nacional Constituyente que discutió  y aprobó la famosa Constitución de 1963; luego del golpe de Estado al Presidente Juan Bosch, cabeza política interna clandestina del movimiento conspirativo constitucionalista que procuraba reponerlo; cohesionador político-militar del movimiento de retorno a la constitucionalidad, junto con el teniente coronel Miguel Ángel Hernando Ramírez, que devino en revolución armada constitucionalista; Presidente Provisional del pueblo bajo armas los días 25, 26 y 27 de abril y el último hombre en abandonar involuntariamente el bombardeado Palacio Nacional, bajo la ardiente presión de oficiales constitucionalistas y de funcionarios de la embajada de los Estados Unidos.

“También recurrió a otros camuflajes para reunirse con políticos. (…) “con Peña Gómez, con quien me reunía frecuentemente disfrazándome con bigote y peluca para tales fines” conspirativos”

Al iniciar la lectura de sus memorias de 230 páginas de dimensión 6 por 9 pulgadas y percatarme de que consignaba detalles de calidad representativa de ciertos sucesos, abrigué la esperanza –fallida- de que consignara que a media noche del 25 de abril un grupo de jovencitos del barrio de San Carlos– quien escribe junto a Hugo Reyes, Nelson Pérez Lora y otros dos amigos-, a solicitud de varios militares a su servicio, conseguimos “cena para el Presidente”: varios paquetitos de galleticas de soda “de hoyitos”, saladitas, queso blanco de freir, también “de hoyitos”, un trocito de salchichón de mallita y un refresco rojo Country Club, lo único de comer encontrado bajo pavorosas oscuridad y soledad en una pulpería de la calle Padre García después que casi echáramos abajo una de sus dos puertas que finalmente fue abierta por su aterrado propietario.

En sus memorias refulgen detalles de colorido humano alrededor de los grandes roles que desempeñó este hombre de alma noble, de espíritu sosegado, equilibrado, muchas veces dúctil, políticamente muy conservador, dado a deslizarse por el orden normal de la lógica de los sucesos en que se vio envuelto y que las ilogicidades de la centrípeta de los sucesos populares lo extrapolaron hacia un inmerecido rincón de la historia política.

En la clandestinidad, escondido en una casa de la calle 30 de marzo, en San Carlos, acosado por los “gorilas” golpistas, se disfrazó o en octubre o en noviembre de 1963 de carbonero, se entintó cara y manos con “cico de carbón”, y prevalido de “una carretilla de carbón, en la que ponía dos o tres sacos” (…) “caminaba por la ciudad para hacer los contactos” propios de la urdimbre conspirativa. Y más adelante se camufló con una sotana de sacerdote “y fui todo un clérigo caminando por diferentes calles de la ciudad en actividades conspirativas”. (Pág. 109). También recurrió a otros camuflajes para reunirse con políticos. (…) “con Peña Gómez, con quien me reunía frecuentemente disfrazándome con bigote y peluca para tales fines” conspirativos.