La creación poemática mística de catorce sílabas ha recreado cómo la evocación de la oración piadosa, desde la humildad y la sencillez que pueda traer el alma como melancolía, va elevándose hacia el espíritu divino, entre las nubes. El espíritu divino siempre nos oye, nos escucha, nos ve… y su recompensa de amor a nuestras oraciones se hace milagros.
Muchos líricos del mundo han sido abatidos como las ramas que caen de golpe de un robusto árbol en tiempo de tormentas. Sin embargo, nos cuentan que ante la queja, que no es inconformidad, sino dolor, imploración de protección, reciben un soplo de esperanza y misericordia. La medicina de las almas son la oración, la meditación, la entrega feliz a los designios del Orden Divino, porque nuestra servidumbre ante él, sólo alcanza méritos cuando de rodillas alzamos los brazos a su divino rostro.
Su rostro, el rostro de él, que habita los cielos, el cosmos, el infinito… es un rostro de consuelo, un rostro no altivo, sino intemporal. Dios, Jesucristo, tiene su tiempo para obrar, y lo hace minuciosamente, pero juntos. Padre, Hijo y Espíritu Santo, en la unidad del Verbo.
Quien se siente infortunado que los invoque, que los llame, que les pida, que les ruegue, sea ante un estatuario o ante la luz del día que traen los rayos celestes del sol de cara al infinito del azul cielo, y les aseguro, que recibirán su gracia divina y eterna. Nos asombramos de esta verdad, una verdad a la cual nos resistimos experimentar porque dudamos. Dudamos de que ángeles y arcángeles siempre estén juntos a nosotros en un vuelo de quietud, como si fueran nuestros allegados hermanos celestiales.
Mortales somos todos, pero no el Señor. El Señor, nuestro Señor, siempre espera tener una tertulia con nosotros, un diálogo limpio, alegre y transparente… entonces, ¿por qué huir a ese diálogo, en la hora indicada y en el tiempo en que él nos escoge, y nos hace el llamado?
El Señor traza con acuarelas nuestras vidas, y nos da pedacitos de su corazón, junto a su Madre Santa María Purísima. El Señor, Nuestro Señor, no es una imaginación, es un misterio. Un misterio grato, que desciende desde el horizonte y desde lo alto. Los escuchamos en el ártico, en el desierto, en las montañas, en las siembras, en el mar…
Lo escuchamos adentro, muy adentro, y nos da lecciones al descender sobre nuestras cabezas. Este es el orden espiritual que él ha diseñado para comunicarse con nosotros, ya que no navegamos en las vidas solas sino apoyadas en su mano santa.
¿No creen ustedes que un autógrafo de Dios es el trinar de las aves en las mañanas? Detrás de la ventana de mi casa, la que da a mi habitación, puedo decirle que todas las mañanas del año, excepto, cuando es tiempo de lluvia, mi madre y yo escuchamos ese trinar alegre, sencillo de los pájaros, dándonos los saludos del amanecer. Entonces, ¿qué es esto, sino la manifestación divina? Divina manifestación es también el verdor de los árboles, sus hojas, sus frutos.
No importan las aulas universitarias que frecuentemos, los círculos de estudios que hagamos desde la óptica filosófica, o desde cualquier otra disciplina del pensamiento, para confrontar ciencia versus espíritu, o que deseemos asegurar que no sentimos su presencia, o como suelen afirmar otros que Dios es un mito; no, no, Dios no es mito; Dios es Espíritu Único Vivo Eterno.
Así, el Espíritu Santo al cual está agarrada mi madre con toda la Fe inmensa de la oración, lo percibo como el orden inmutable del demiurgo. El se proyecta en nuestras almas como un lírico. El es el biógrafo de nuestros días. El Espíritu Santo no es una leyenda ni un dogma; es un expedicionario que desciende a este reino de la creación. Su pensamiento es un bálsamo, y él nos revela que no hay canto desolado en la tierra.
… Una poeta humilde conocía desde niña las tradiciones de la Navidad, pero interpretaba la historia siempre haciéndose preguntas, y teniendo “pendientes” sobre si el Orden Divino existía. La diferencia entre esa poeta humilde y su madre, es que su madre sí amaba a la divinidad, porque cree con fe absoluta en el Señor, en su Hijo Único y en su Madre Santísima. Sin embargo, la poeta no dejaba ni ha dejado de conversar con su madre, de compartir con ella sus experiencias místicas. Ambas siempre se han hablado desde el alma, desde el silencio profundo de su interior. La poeta ama y ha amado a su madre desde niña, la admira, la respeta, la siente como suya. Le agradece haberla llevado en su vientre, alimentarla, sostenerla en sus brazos, enseñarle los primeros cantos y las primeras letras.
La poeta siempre ha querido conocer del misterio del amor, del amor-divino, del amor-espiritual, del amor-del-alma; esa ha sido su preocupación, su leit motiv en su obra; pero no conocía ella que el amor-divino, por la gracia de Dios, se manifiesta través de las madres, y de María Santísima. Así, conoce que la infinita presencia es un andamio seguro, que la paciencia adorna a las horas del fuego divino, que el orden del cosmos es suave, puro, ya que el artífice de la eternidad emerge desde el cielo, y que desde el cielo la abundante fe fluye, fluye con la luz, plasmando la misteriosa verdad de los milagros para aquellos que arrodillados realzan a la oración, al Credo, al Padre Nuestro, al Ave María Purísima, para halagar al tiempo, a la virtud interior, a la encarnación del Verbo, a la inmensidad vista desde la contemplación, desde la égida que trae el Salvador.
La poeta conocía por su madre, que la Virgen María es la doncella, la sierva bendita, que en Belén dio a luz a un niño que traería bendiciones al mundo, a través de la redención del dolor, y la paz y el amor a todos los corazones. Ella le decía a la poeta: “María es la madre de Jesús, la madre que sufrió por su hijo. María conoce de la aflicción, esa aflicción que nos desnuda el alma. Es María la Madre de todos los que en el mundo pedimos su protección; nos protege con su manto, porque es la Inmaculada Concepción”.
Yo he conocido a María ayer, a la Madre del Salvador; su olor a rosas lo sentí en el jardín de mi madre; su olor a rosas es de un olor celestial, de rocío, suave; estaba en el aire, flotaba en el aire… era suave, suave… manifestado en la luz de la mañana; lo olía, lo absorbía, lo disfrutaba, lo sentía presente como si descendiera de la plenitud del cielo.
La Virgen llena de Gracia, por la virtud de la oración y de la fe, me hacía sentir su bondad, me hacía entender con el olor a rosas que había escuchado mis oraciones elevadas a ella con fe.
María, la milagrosa Virgen, la Virgen Madre, había obrado ante el Señor, e intercedido ante él por la salud de mi madre. Ella hizo que Dios, nuestro Dios, el Divino Niño que vive en el mundo derramara sobre mi cabeza, en Navidad, su magnificencia en la mañana de ayer al escuchar mis ruegos elevados a ella con fe, y el milagro se hizo vida, alabanza, canticos.
Jesús obró un milagro por la fe. Doy testimonio de esto al mundo en Navidad para que los corazones de los creyentes, de los cristianos del mundo conozcan las bienaventuranzas de la Virgen María, que es la Madre Inmaculada protectora de todos sus hijos del mundo.