Todo niño de antaño soñaba con ser El Llanero Solitario; lucir su uniforme, antifaz y sombrero de vaquero; montar su caballo y tener un revolver al que nunca se le acabaran las balas para imponerles la ley a los villanos, todo lo cual se lograba con algo de imaginación, un palo de escoba, un revolver de mitos y un “inglés” que siempre concluía en el imperativo “catimani ahí” que te hacía sentir como aquel héroe de la pradera. (Este domingo, Miguelito Vargas Maldonado por fin logró lo que no pudo alcanzar en su infancia: protagonizar la vaquerada de la tanda matinée. Por eso me permito felicitarlo).