Opinión

Manipulación de la pobreza

Por Elisabeth de Puig

Hace mucho tiempo que la institucionalidad democrática de la República Dominicana se encuentra estancada. En ocasiones damos un paso adelante y luego dos pasos hacia atrás. A pesar de los sacrificios del pueblo y de su lucha, esta democracia inconclusa se ha venido diluyendo con el correr de los años.

Al navegar más de medio siglo en estas aguas hemos perdido nuestra capacidad de asombro y nos hemos acostumbrado -por decirlo así- a vivir en una sociedad clientelista, populista, corrupta, inestable y desigual.

En la era de la información (o era digital), nuestros gobernantes y políticos hacen gárgaras de bellas palabras que nos venden periódicamente sueños e ilusiones. Estas son reproducidas sin filtros y amplificadas por los medios tradicionales de comunicación social, las bocinas y las redes sociales.

En una democracia imperfecta, donde las desigualdades merman el libre albedrio de la mayoría de la población, puede considerarse que solo una parte de los ciudadanos y ciudadanas está verdaderamente libre y apta para desenredar la madeja de la propaganda gubernamental electoral o, en sentido general, de la publicidad muchas veces engañosa.

Me ha llamado poderosamente la atención, desde el momento que llegué a la República Dominicana, la manipulación de la pobreza y su uso como pretexto para vanagloriarse políticamente de supuestas dádivas, trátese de la construcción de ranchitos, regalos a parturientas de parte del Estado, candidatos o instituciones que, en el fondo, son meras restituciones de derechos u obligaciones estatales realizadas con el dinero del contribuyente.

Me choca también la competencia en materia de promoción que se realiza a raíz del Coronavirus, para informar o demostrar que tal o cual partido político o candidato es más solidario con el pueblo en función del número de kits de salud o de cajas de comidas con raciones alimenticias que le ofrece a los más pobres.

Acostumbrados como estamos a la manipulación de la pobreza en nuestra cotidianidad, vemos como normal el despliegue en los medios de comunicación, sin análisis ni cuestionamiento ético, de un video que presenta a un niño de 12 años -Rainier Lara- que vive en una comunidad deprimida de Yamasá y que fabrica aviones y helicópteros con material reciclado. 

El “story telling” que nos presenta el video está bien montado: el niño solo necesita de un “buen samaritano” para poder lograr sus metas y lo encontró en la persona del candidato a la presidencia de la República por el partido de gobierno, que de paso derramará sus beneficios sobre la comunidad ofreciendo un hogar digno a su familia.

De la pobreza extrema donde está sumergida la familia del niño Rainer, como en un cuento de hadas, éste se ve catapultado literalmente a la cabina de pilotaje de aviones y helicópteros, en un mundo que no cuestiona la miseria ajena pero que la utiliza para sus fines.

En otra publicación, el mismo candidato o sus consejeros y publicistas, reiteran el uso electoral de un niño mostrando su foto ordeñando una vaca, es decir, trabajando.

¿No se habrá enterado el aspirante a la primera magistratura que el trabajo infantil está prohibido internacionalmente?

¿Sabrá que República Dominicana ratificó los convenios internacionales del trabajo 138 y 182 sobre trabajo infantil?            

¿Que nuestro país ratificó también, desde 1991, la Convención sobre los Derechos del Niño aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1989?

A lo mejor el candidato desconoce lo que establece el artículo 56 de la Constitución de la República, ni que la Estrategia Nacional de Desarrollo declaró de alto interés nacional la erradicación del trabajo infantil. ¿Quién sabe?   

En todo caso, las imágenes a las que hago referencia, difundidas a través de la prensa y las redes sociales, han generado muy pocos cuestionamientos a pesar dela manipulación burda del uso de la imagen del niño.

En Francia, un candidato de las características y comportamiento de éste sería fácilmente calificado como un típico candidato “bling-bling”,de esos que hacen alarde de su riqueza y navegan sobre una pobreza que manipulan gracias a la fortuna que manejan.

El pretendiente presidencial representa a un partido que ha tenido el control del gobierno durante casi 20 años, sin haber realizado los cambios estructurales indispensables para superar una pobreza cruda como la que desnudan las imágenes de nuestros conciudadanos en tiempo de Coronavirus.

Las imágenes de personas agobiadas por sus necesidades, que se lanzan a las calles a pesar de la pandemia y la cuarentena, dicen más sobre las condiciones reales en que vive el pueblo dominicano que muchas de las estadísticas que nos presentan una economía en franco desarrollo.

Ante tal situación, la obligación de los candidatos -de todos los candidatos- es presentar a los electores los programas y propuestas que han elaborados junto a las organizaciones políticas que los postulan, orientados a superar las limitaciones actuales de la sociedad dominicana.

Es lo menos que se les puede pedir. Además, claro está, de exigirles que respeten los derechos -los de los niños y los de los adultos- cumpliendo con lo estipulado en la Constitución de la República y los convenios internacionales ratificados por nuestro país, así como en la legislación nacional.

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