La pareja recién salida del avión, de inmigración, de aduanas y del último pasillo se avecina a la parada de taxis del aeropuerto Las Américas entonces, aproximándose, ella indaga:
-La tarifa para Gazcue-
– 1,300 responde el hombre aburrido y prosigue manoseando una carpeta con papeles.
¿Puedo verla? Dice ella arrimándose a la carpeta.
El hombre, ahora de mala gana pasa una que otra página y se detiene al encontrar el nombre que, bajo la insistente mirada de ella, ha buscado.
-Son 1,200- rectifica.
-Ya sabía yo- afirma ella rotunda y prosigue dirigiéndose a los demás sin importarle el disgusto que pueda ocasionarles- siempre dan un número mayor, pero, si la tarifa es 1,200 ¿por qué? –exclama- tienen que alterar la cifra.
El taxista de turno, que conduce una yipeta ya había procedido a montar el equipaje en la parte trasera. Se vuelve despacio hacia ella y la interroga entre sarcástico y burlón.
-Usted es de aquí señora?
¿Cómo que si de aquí?
-Quiero decir, que si es dominicana?
-Si, claro- miente ella pero como no es para nada relevante la mentirilla no intervengo.
-Cien pesos no son nada- opina el taxista de pésimo humor.
-No me gusta la actitud de este hombre- comenta ella bajito y en inglés.
-A mi tampoco- contesto en el mismo tono y empiezo a elaborar el discurso que voy a soltarle al hombre cuando lleguemos.
A mitad de camino el taxista enciende el radio. Sorprendentemente está sintonizado a una emisora con música agradable e instrumental; el volúmen está un poco alto pero uno de esos accesorios electrónicos modernos acentúa la percusión y me molesta escucharla.
-La música es muy agradable pero agradecería que le baje el volumen o le suprima el tum tum que me rebota en los oidos.
El taxista, siempre de mal humor, no discute ni obedece; apaga el radio y continua en silencio.
A este no lo libra nadie del discurso cuando llleguemos y siento que lo tengo ya estructurado.
-Usted señor, tiene derecho a considerar que cien pesos ya no es dinero, es su derecho y su prerrogativa, pero déjeme decirle algo: usted también tiene la obligación de respetar la opinión de ella que si considera que es dinero. Ahora, dicho eso, déjeme aclararle allgo más. Nosotros acabamos de regresr de viaje y hubo cosas que no compramos o dulces que no comimos porque costaban tres dólares y nosotros encontrábamos que eso estba caro. Si usted no lo encuentra así es su derecho, le repito, pero es el nosotros también. Usted, argumentando a favor de la insignificancia de los 100 pesos dijo que este vehículo le gastaba 600 pesos de gasolina. No es culpa nuestra que usted opere un vehículo que puede ser inapropiado para este tipo de servicio. En cualquier caso, los dominicanos parecen haberle perdido el respeto al dinero. Nosotros no. Cien pesos es dinero y no se trata solamente de eso, sino de que ella resiente que, habiendo una tarifa oficial siempre que ella pide el precio de este viaje, siempre, invariablemente, le dan una cifra mayor. Para que existe la tarifa entonces?
Cuando finalmente llegamos a Gazcue, ayudé a desmontar el equipaje. La perra ladró reconociendo nuestra lleagada. Un imprudente se llevó el letrero de pare sin consecuencias. Repasé mentalmente mi discurso. Miré la hora. Eran ya la cinco de la tarde y no habíamos comido. Me pregunté de que serviría todo y decidí en consecuencia.
No le dije nada al hombre.
No valía la pena.
¿ O sí ?