Héme de nuevo aquí/ sobre la vida/ desde este lago que mi ser rescata. / De nuevo emerjo de la sombra, / surjo/ otra vez en la luz, / al pie del agua.
María Esther Osses, Fragmento de “Que vivo, que otra vez”, 1966, en Poesía en Limpio (1986). [1]
Al intentar escribir estas ideas, inicialmente reflexiono que, al parecer nunca dejamos de ser náufragos en el tiempo, y que ciertamente nos encontramos de frente con vidas inconclusas; vidas inconclusas al igual que un manuscrito guardado sin corregir que se pierde o se queda dentro de un libro de manera anónima, y que luego formará parte de un opúsculo póstumo. Es obvio, que hacer literatura para muchos significa abandonarse a la voluntad de los hechos, y literalmente, a ese incesante ir y venir de las cosas o aprehender en solitario a ser un transeúnte de la existencia.
De ahí, que abandonarse a la voluntad de los hechos, resulte para algunos, encontrarse con un paisaje de melancolía, y la tranquilidad absoluta que traen las fechas, las tristes fechas que agobian.
No niego que cada día compruebo con certeza que Ciro Alegría no erró al dar título a una de sus novelas con el sugerente nombre “El mundo es ancho y ajeno”; es tan ancho que en la tierra podemos ser unos desterrados sin historia, y es tan ajeno que nadie conserva la autonomía de su vida después de la muerte; es por esto que la transcendencia queda, entonces, como una ficción, como una pasividad que se vuelca en un extraño ser. Entonces, me pregunto ¿qué hacer con la trascendencia: soñarla o vencerla, llevarla tras las espaldas como un relato pulcro o un compromiso secreto?

La trascendencia, entiendo, es un paradigma, una exaltación como accesorio de todo aquello que las minorías selectas vigilan para evocar, estimular y legitimar en las mayorías –que bajo la “orientación” de esas mismas minorías selectas- “asumen” como heredad. Es por esto, que pasado el tiempo de ser náufragos, las mayorías hacen suya esa heredad que les ofrecen, inducidas por los de “arriba”, por los propagandistas de los detentadores del poder, que la difunden hecha celebridad con la intención de atraer sus obediencias hacia el mito: esa heredad que se “honra” en hacerla sentimiento.
Las heredades traen coerción; los poderes culturales del sistema las renuevan como un intercambio activo de sincretismo, y de manera “fidelísima” las difunden, las proyectan como creencia, como un “valor” de identidad, y las hacen ideologías. Las heredades son unas criaturas que las masas -con vocación de dejarse llevar por las corrientes de un río- levantan como figuras históricas.
“El mundo es ancho y ajeno”. Es ajeno, y sin embargo “pertenece” a los sagaces, a los que rotulan las cronologías de los pueblos, y con tintas negras escriben “eficazmente” los juicios valorativos de cada hecho que hacen suyo con una urdimbre sutil de manipulación para sedimentar ese modelo de dominio que son las heredades.
…Qué curioso es comprobar que solo las flores no tienen heredades, porque se marchitan luego de llorar la helada muerte en silencio, ya que nos respiran más ni se alborotan lozanas ante la luz.
[1] Esther María Osses (1914-1990) es una escritora panameña olvidada en las conmemoraciones de Centenarios de Nacimiento en la Feria del Libro de Santo Domingo 2014; olvidada por los suyos y por los de aquí. El Che Guevara, Gabriel García Márquez, entre otros, fueron de sus más connotados amigos. Ella, una mujer extremadamente sencilla, es conocida como la poeta solidaria. Forjó generaciones de jóvenes, y no hubo en su trabajo de combatiente cultural un alto en las décadas del 40, 50, 60, 70 y 80, cuando su compromiso fue hacer posible la libertad de los pueblos de Centroamérica. En un inesperado accidente de tránsito en Venezuela perdió la vida.