Los legisladores dominicanos, con algunas excepciones, parecieran padecer de “déficit de atención política”. Alejados de las circunscripciones y de las provincias que le otorgaron sus curules, sin la intención de que fueran eternas y heredadas, han convertido el ámbito cameral en circo de malabaristas distraídos más que en ágora viva donde de crean leyes para exigir un régimen de derecho y garantizar una gobernanza democrática.
Sus discursos y sus convulsionadas sesiones de trabajo, que nos llegan a través de la televisión y de notas de prensa destempladas, reflejan un triste imaginario político más propio de Sancho que de Don Quijote.
Con voces de tenores jubilados parecen disfrutar sus propias peroratas, o simplemente reiteran su déficit de atención, convirtiéndose en caricaturas irreverentes que además sufren del padecimiento del “phubbing” durante las sesiones de trabajo (no poner atención a las personas que hablan por estar usando el celular).
Sus habituales balbuceos políticos tienen mucho de sermones apocalípticos y no pasan de ser defensas apasionadas y desbordadas de sus facciones o de sectores que les hablan al oído a aquellos legisladores cuyo trabajo legislativo se limita a “levantar la mano”, sostenida por la arrogancia alimentada por el “síndrome de la mayoría”, olvidando que por su papel de representantes de los votantes tienen como encomienda principal el velar por los intereses y reivindicaciones de los mismos más allá de los intereses de sus propias bancadas. Necesariamente habrán de aprender a deliberar con sentido de “ágora”, donde los ciudadanos se suman al debate.
La deliberación no es un combate bajo banderas políticas hostiles, sino la búsqueda de unidad desde la diversidad, en donde la diferencia de opinión y los choques (civilizados y no–ofensivos) de los partidos, aunque puedan obstruir planes saludables para la ciudadanía sirven para frenar los excesos de la mayoría.
Lo que favorece la deliberación política en la “asamblea” no es solamente la diversidad de opiniones, sino también los choques y las confrontaciones entre partidos para tomar mejores decisiones, aunque las consecuencias no siempre son beneficiosas y puede generar el fracaso de buenas iniciativas y leyes.
De lo que se trata con la deliberación es de conciliar y combinar los extremos dentro de los límites de la sensatez y de la razón y en donde todos los partidos son elementos necesarios para una vida política saludable en combinación de la imagen del equilibrio que surge como resultado de las fuerzas políticas en conflicto capaces de presentar argumentos persuasivos en la discusión en el grupo sin denostar o regañar a los que piensan diferente o disienten haciendo uso de su libertad.
El valor de la deliberación reglamentada o discusión pública debe ser incorporado a la reflexión acerca de la democracia. “La perspectiva de la democracia en términos de deliberación o debate público civilizado, como “gobierno a través de la discusión forma parte de las raíces de la democracia” (Amartya Sen, 2009, p.51).
El la deliberación o el debate público que involucra a los ciudadanos no sólo puede remediar las deficiencias del trabajo y del discurso de los legisladores, sino que también es la forma en que la democracia bajo el estilo de discusión pública debe funcionar. El “secretismo, los amarres y acuerdos de aposento” como prácticas cotidianas de los legisladores son enemigos de la democracia como debate público y desdice de la transparencia de la labor legislativa independiente y soberana que proclama la democracia misma.
Ante la urgente necesidad de poner un rostro democrático a las cámaras legislativas, los legisladores dominicanos, en nombre de la misma democracia, deben otorgar un lugar importante a la discusión libre y a la interacción surgida de la deliberación, tanto en el pensamiento como en la práctica política – y no sólo gracias a las elecciones o durante las elecciones.
De lo que se trata al exigir el cambio de estilo, del comportamiento y del discurso de los legisladores es, como expresara Rawls, “una manera de salvaguardar la diversidad de doctrinas y el pluralismo político que es vital para la cultura pública de las democracias robustas”. Y agrego, “para devolver la honorabilidad que debe exhibir un Poder (democrático) Legislativo.
La visión de la democracia en términos de deliberación o debate público hace posible entender que los fundamentos de la democracia van más allá de los estrechos límites de ciertos discursos y más si éstos están alejados de las necesidades, sufrimientos y esperanzas y demandas del pueblo.
Exigirle a los legisladores el devolver la honorabilidad reverente a las Cámaras Legislativas y al trabajo de cada uno de los legisladores mediante la deliberación democrática es invitarlos a colocarse del lado de la verdad, de la crítica que conduce a la decencia y a la transparencia de su papel, que no necesariamente debe ser una herencia prolongada, poco trascendente y escasamente comprometida con los ciudadanos y sus comunidades representadas.
De lo que se trata es de “ser, pensar y actuar” como verdaderos legisladores al servicio de los intereses del pueblo. Lamentablemente muchos legisladores tienen esta asignatura pendiente. ¡El tiempo democrático que vive el país demanda de un Poder Legislativo que sea más ágora y menos circo!