(Venir a la vida para anhelar la muerte)
Decía San Agustín al dar su perturbada visión del mundo: “El cielo es la ‘insaciable saciedad’. Antes de la resurrección no poseemos esta felicidad plenamente, sino sólo una "consolación de la tardanza".
Como muchos otros, y por estas razones del santo, con apenas 7 años, henchido de códigos vitales y sana alegría fui llevado ante la presencia de algunos cristos enjutos y santos pesarosos y sangrantes a quienes debía tomar por modelo de vida…colgados en la catedral y tiesos en el yeso, ellos también habían renunciado a la vida, fieles al mandato de “Vitae Interruptus” que les infundía el cristianismo.
Y allí, en el mismo inicio de la vida, unos lóbregos señores clericales irrumpieron en mi tierna mente hablándome de fe, del infierno y de la muerte. Allí me supe pecador y lo más terrible, malvado de nacimiento y, apenado por haber ofendido a Dios, apuré un incomprensible “catecismo redentor” para confesar mis inocentes pecados…perdonado fui, por ingerir la carne y la sangre de un Dios misterioso… Era un inocente niño más, iniciado en aquel singular culto antropofágico de pedofilia espiritual que practicaban aquellos pescadores de hombres (acechadores de niños), tempranamente ofrendado a la tristeza, a la sangre, al dolor y a la muerte. Desde entonces me confesaba católico, apostólico y romano, como un impenitente “esperador” de la muerte.
Hasta entonces había vivido feliz, paradisíacamente, ignorándome culpable de aquel remoto pecado original, enfocado en la alegría de la vida, pleno de vitalidad terrena, esperanzado, inmerso en inocentes correrías infantiles por las calles de mi pueblo, flanqueado de niños compañeros que hasta entonces, como yo, no habían sido corrompidos por estas aberrantes concepciones mortecinas de la vida y la existencia…nos percibíamos libres, puros e inocentes.
Pero llegó la desdicha…se me dijo que esta vida era falsa y estéril, se me explicó que para conseguir la “verdadera vida” y la felicidad debía negar mi vitalidad y poner mis ojos en la muerte: la puerta a la verdadera vida.
Sin embargo, con el tiempo comprendí aquellas crueles paradojas y tormentos, la terrible incertidumbre del cristiano que ha de “venir a la vida para negar la vida”, para poner sus ojos en la vagina infecunda de la muerte.
Muchos, como el pez que no siente el agua donde surca, ignoramos los mandatos ocultos de la cultura en que habitamos, la cristiana:
Castrar nuestros impulsos vitales para vivir en un “coitus interruptus”: guardar nuestras alegrías vitales, cuidarlas del ardor de esta “vagina terrenal” para conservarlas intactas y derramarlas luego en aquella otra vulva, “la vulva prometida” que nos espera en un paraíso incierto, inexistente, creado por nuestras ansias infinitas de inmortalidad, por el Dios genio, el que habita en nuestra lámpara de deseos y sueños infinitos de “Las mil y una noche”.
Oremus:
O Deus, servare oves dormientes dum gaudent in hoc mundo.
(Oh Dios, mantén dormido el rebaño mientras nosotros gozamos de este mundo)
Coro:
Dominus vult auferre, ut fruantur mundo.
(Quítales el deseo a ellos Señor mientras nosotros gozamos del mundo)
AMEN.