Vivamos la vida estirando las cuerdas de los años, disfrutando lo que se nos ofrece, al final se romperá, pero eso sí, viviendo.
En un intento de arrancarle al destino alguna significación de la vida, nos hemos inventado muchos constructos con los cuales buscamos robarle “algo” a lo inevitable. Venimos a la vida desde el interior mismo de ella, desde ese mundo intrauterino que nos dio por varios meses todo lo necesario e imprescindible para que nuestros genes se constituyeran en lo que somos al nacer.
A través de miles de años nuestra especie se fue constituyendo con unas características muy particulares que nos “convirtieron en amos y señores de toda la vida en sus múltiples manifestaciones”. Aparecen nuevas maneras de pensar y comunicarnos, lo que para algunos se constituyó en una “revolución cognitiva”. En un momento de esa larga trayectoria inventamos el mito para darle sentido a lo que somos y a la propia vida. Construimos historias en el presente, e intentamos en ese mismo presente, proyectarlas hacia el futuro. Aunque reconocemos la finitud de nuestra vida y existencia, nos resistimos a ella, como una manera de “permanencia eterna”.
Dos puntos de vista distantes, en el tiempo, pero interesantes, en su propósito: la teoría psicosocial del desarrollo de la personalidad de Erik Erikson y las reflexiones filosóficas de Arthur Schopenhauer en su libro “El arte de envejecer”.

Erik Erikson (1902-1994) desarrolló su teoría que el mismo denominó “Teoría psicosocial del desarrollo de la personalidad”, en la cual organiza en ocho etapas o estadios psicosociales el ciclo de la vida. Parte de la presunción de que la persona en cada una de esas etapas enfrenta una crisis o conflicto, la cual tendrá que enfrentar irremediablemente, con consecuencias para la conformación de su personalidad. Estas etapas son: confianza básica vs desconfianza (desde el nacimiento hasta aproximadamente el primer año y medio); autonomía vs vergüenza y duda (desde los 18 meses hasta los 3 años, más o menos); iniciativa vs culpa (de los 3 a los 5 años); laboriosidad vs inferioridad (de los 5 a los 13 años); búsqueda de identidad vs confusión de roles (de los 13 a los 21 años, en el cual, según él, se centra en la búsqueda de la identidad); intimidad frente a aislamiento (de los 21 a los 40 años); generatividad frente a estancamiento (de los 40 a los 60 años); integridad vs desesperación (de los 60 años hasta la muerte).
Por razones lógicas subrayo este periodo de la vida, por ser la razón de esta reflexión. En síntesis, según Erikson, nos encontramos en la disyuntiva de alcanzar la integridad con un mínimo de desesperanza, la cual es inevitable, se trata del tránsito hacia el fin de la vida. Aunque hay culturas que tradicionalmente protegen y hasta cierto punto veneran a los “viejos o ancianos” y, por tanto, son muy bien cuidados y respetados por su comunidad, en la mayoría de las sociedades ocurre todo lo contrario; la persona que llega a ese ciclo de la vida se enfrenta a un conjunto de situaciones que amargan y no hacen más que desear el final de sus vidas. Se producen distanciamiento social, sentimientos de inutilidad que, junto con la muerte de amigos y parientes cercanos generacionalmente, unida a las limitaciones propias que se van desarrollando, da paso a un profundo sentimiento de desesperanza.
La sociedad “nos jubila”, no con las perspectivas de disfrutar la vida más plenamente una vez cumplida “la función social desempeñada”, como tampoco, con las seguridades necesarias para la alimentación y la salud, sino que se nos aísla y destierra al submundo de la soledad.

En la introducción al libro “El arte de envejecer” de Arthur Schopenhauer, Franco Volpi ofrece una serie de ideas en que el autor del libro contrapone juventud y vejez. Estas son: “Si el carácter de la primera mitad de la vida viene determinado por el anhelo insatisfecho de la felicidad, de igual modo el carácter de la segunda mitad viene determinado por la preocupación ante la infelicidad. En la primera prevalecen ilusiones, sueños y quimeras; en la segunda, el desencanto, en el cual “se destaca la vanidad de todo”. “En la juventud predomina la opinión, en la vejez el pensamiento: de ahí que aquélla sea el tiempo de la poesía y ésta más bien de la filosofía”. En la primera hay “más concepción”, en la segunda “más juicio, penetración y conocimiento”. Y mientras en la juventud prevalecen alegría y sociabilidad, la experiencia acumulada en la segunda mitad de la vida deja paso a una inclinación hacia la misantropía.[1] Mientras en la primera la energía de la vida brota a borbotones, en la segunda se va extinguiendo inexorablemente, como el aceite de una vela que pronto se apagará. Así, la vida puede compararse igualmente “con un tejido de punto”, el cual uno ve, en la primera mitad de su existencia del derecho, y en la segunda, sin embargo, del revés: éste no resulta tan bonito, aunque sí instructivo, porque permite reconocer el entretejido de los hilos. Para decirlo brevemente: “Sólo quien alcanza la vejez recibe una representación completa y comedida de la vida, pues él la abarca de una ojeada en su plenitud y en su transcurso natural, de una forma especial y no meramente como hacen otros, sólo desde el comienzo, sino también desde su final, a través del cual reconoce perfectamente la vanidad de la misma”. Y finalmente: “En otro sentido se puede decir asimismo que: los primeros cuarenta años de nuestra vida suministran el texto; los treinta siguientes el comentario del mismo, el cual nos instruye en la comprensión de su verdadero sentido y cohesión, así como también de su moral y todas sus sutilizas”.
Concluye Volpi en ese aspecto: “No es verdad, por tanto, que la “juventud constituya el tiempo feliz de la vida”, y que “la vejez sea la enfermedad y el aburrimiento”. Por el contrario, “La juventud va despedazada de un lado para otro debido a las pasiones, con poca alegría y muchas penalidades. A la atemperada vejez le dejan las pasiones en calma y, seguidamente, adquiere una apariencia contemplativa: pues el conocimiento se libera y se sitúa en lo más alto”. Podemos decir, entonces: “La juventud es el periodo de la intranquilidad; la vejez el del sosiego”. “La vejez conlleva la alegría de quien ha soportado los grilletes durante mucho tiempo y se mueve ahora libremente”. El anciano dispone, pues, de aquella especial tranquilidad de espíritu que le permite contemplar seducción, exaltación y dolor desde la distancia. “Esta tranquilidad constituye una parte considerable de la felicidad; es más, constituye, incluso, la condición y lo esencial de ella”. Aún desde su perspectiva pesimista, Schopenhauer, nos proporciona oportunidades para el goce desde la madurez y la vejez, de permitirnos incluso recuperar la vida en su plenitud y con el sentido de que lo vivido, vivido está. Pero, además, en su obra se reconoce que para ser feliz hay que olvidarse de la felicidad, simplemente, vivir la vida en su punto medio.
¿Cómo te sitúas tú en el umbral del fin de tu existencia? ¿Qué has hecho de tu vida y en tu vida para construir una vejez plena de sentidos y significados?
No te detengas a sufrir los embates del desgaste físico y mental, son cosas parte del proceso mismo. Asume los dolores de espalda y de caderas, como signos de que aún estas vivo y alégrate de ello. Da gracias a quien quieras al acostarte y, mucho más, cuando despiertas en la mañana, sigues ahí. Ríete más de ti y de los demás, al final de cuentas dirán, “son cosas de viejos”, mientras tú no haces más que disfrutarlas. Sal a caminar para disfrutar el paseo en todas sus manifestaciones, sin la tensión y, mucho menos, la pretensión de ganar ninguna carrera de velocidad, ya con tu edad, la ganaste viejo. No te encierres en los libros de papel, son buenos, pero también disfruta aquellos que te ofrecen las nuevas tecnologías, al final de cuentas, son libros por igual. No prestes tanta atención a lo que dirán, pues siempre lo hacen, sí, efectivamente, siguen siendo “cosas de viejos”. Júntate con los amigos, los panas -dirían los hijos y los nietos- ellos, más que nadie, saben lo que sientes, pues posiblemente sienten lo mismo.
En fin, se trata de descubrir “lo nuevo” que me ofrece la vida en este momento, en el cual no me siento ni con la agonía del vivir de la juventud, como tampoco el desasosiego del final. Vivamos la vida estirando las cuerdas de los años, disfrutando lo que se nos ofrece, al final se romperá, pero eso sí, viviendo.
[1] Aversión hacia las demás personas.