Deshojando paradigmas

La reputación social y los niveles de tolerancia

Por Cándido Mercedes

“Hay en el mundo dos clases de seres que se estremecen profundamente: la madre que encuentra su hijo perdido, y el tigre que encuentra su presa”.

(Víctor Hugo, Los Miserables)

Al escribir sobre la reputación es pertinente adentrarnos primero, en la problemática de anomia social. Para Emilio Durkheim, estableció que ésta era un resultado de la sensación de falta de rumbo, de miedo y la desesperación que se genera cuando las personas ya no saben cómo seguir adelante. Para Anthony Giddens, la anomia “es la sensación de intensa ansiedad y temor que genera la experiencia de la ausencia de normas sociales y eficaces”.

El shock que producen los cambios sociales, políticos y económicos, suelen alterar, en una formación social determinada, toda la dinámica de la vida cotidiana, como los valores, las tradiciones, costumbres, estilos de vida. El corolario más expedito de la anomia es “cuando no hay estándares claros que guíen el comportamiento en un área determinada de la vida social, lo que puede dejar a la gente desorientada, ansiosa e incapaz de actuar”.

Robert Merton, amplió el concepto de Emilio Durkheim, vinculándolo con la problemática del delito y el comportamiento. Refiere este eminente sociólogo que el fenómeno social de la anomia se produce “cuando las personas experimentan una tensión social entre los objetivos culturales de la sociedad y las capacidades del individuo para cumplirlas”.

En la sociedad dominicana los niveles de tolerancia frente a los comportamientos desviados y a la anomia han ido creciendo significativamente. Mientras más elevamos la tolerancia, en este caso, la indiferencia, el silencio, el miedo y el olvido, más sistemáticamente y asombroso son los escándalos. Los niveles altos de tolerancia social van diezmando la cohesión social y el sentido de proyecto colectivo. El Capital Social, se atrofia y se desdibuja en un acontecer de que todo vale. La búsqueda del individualismo se exacerba en una dimensión que la innovación, primera conducta desviada según los cuatro tipos de Robert Merton, ha crecido en nuestro cuerpo social. La Innovación aparece, según Bruce y Cohen “cuando la gente acepta las metas culturales, pero rechaza los medios culturalmente aceptados para su obtención”.

Es parte de la naturaleza forjar más su espíritu individual que el social, allí donde no hay límite. Por eso aquella famosa frase de Nietzsche “nos las arreglamos mejor con nuestra mala conciencia que con nuestra mala reputación”. La visibilidad permite acogotar, disminuir, las malas acciones de los seres humanos. La justicia, con su castigo social, permite que la gente no se vaya más allá de los límites establecidos. Lo invisible, que es la impunidad, acelera la anomia, en una sociedad. La justicia es la fuerza que conserva la convivencia social, la paz social, de manera más armónica.

La Reputación social está amilanada en nuestro tejido social, porque la injustica y con ello la impunidad, se han sobredimensionado en la sociedad dominicana. Cuando el comportamiento desviado va acompañado de injusticia e impunidad constituye un plus ventajoso para seguir cometiendo atrocidades. El descredito, el desprestigio, la mediocridad, no importan, lo fundamental es conseguir las metas, los objetivos; con buenos abogados arreglamos todo, en caso de que llegue a los tribunales.

La Reputación, que es el prestigio, la honra, la notoriedad, el crédito, la meritocracia, hoy, en nuestra sociedad, está disminuida, aminorada, baldada. El tener es la patente de corso en la dinámica de la vida política y social. El mito de auriga se desliza por la pendiente oscura y no busca el equilibrio, para que la sociedad pueda prosperar. La conciencia social no encuentra eco y todo el aparato institucional se ruptura en una crisis de confianza, que no nos permite augurar en perspectiva, un armazón de esperanza más llevadero.

Tenemos una anomia institucional, que al decir de Messner y Rosenfeld, es “una situación en la que existe un énfasis excesivo en una ética del mercado que tiende a anular y debilitar las normas sociales que regulan el comportamiento”. La “ética” del mercado se circunscribe aquí al tener, a la construcción de asumir las expectativas culturales que publicita la sociedad, sin mirar ni comprender los límites. En otras palabras, no existe en la sociedad dominicana la desaprobación social.

Todo el proceso de socialización, como mecanismo de control social, tanto formal como informal, se han ido resquebrajando en el cuerpo social dominicano: La familia, los vecinos, las iglesias, el aparato escolar; se desconfiguraron y no han encontrado las respuestas para una sociedad que cambió en los últimos veinte años. Como nos dice Patricia S. Churchland, en su libro El Cerebro Moral “los seres humanos son especialmente hábiles para ajustar la conducta según el contexto… los seres humanos son imitadores consumados, tal vez mucho más que cualquier otro mamífero. La capacidad para imitar una habilidad aprendida…”

Al no tener fuerza el peso de la justicia, la anomia es la constelación que recrea a la sociedad a través de la impunidad, otros imitan la conducta desviada. Es por eso que el delito de cuello blanco y la delincuencia política crecen, conjuntamente con la delincuencia común, en sus diversas manifestaciones: robo, asalto, atraco, fraude, estafa. Los encontrados culpables no reciben ninguna sanción, ni institucional ni social. No pierden el peso de la reputación social. La crisis social, la crisis del respeto a las normas, a determinados valores, a la singularidad de una determinada creencia nos ha igualado a todos. Ya un Profesor de escuela primaria no es el ejemplo, el ser referencial de admiración. El sacerdote, otrora figura estelar de la comunidad, no constituye el paradigma emblemático para buscar respuestas a los problemas de la comunidad y resarcir los daños espirituales. El Catedrático universitario no ejemplifica el status, la simbología de la nostalgia del saber y con ello el respeto que se le atribuía, aun en medio de la sociedad del conocimiento.

¡Los elevados niveles de la tolerancia frente a comportamientos desviados han menguado la reputación, el prestigio y la honra y ha acelerado a través del paradigma mediático la horizontalidad del ser! Como nos diría esa hermosa novela de Víctor Hugo, Los Miserables, que aborda la naturaleza humana en toda su magnitud “A los que ignoran, enseñadles todo lo que podáis, la sociedad es culpable de no dar enseñanza gratis: es responsable de la noche que produce. Esta alma está llena de sombras, y allí se comete el pecado. El culpable no es quien ha cometido el pecado, sino aquel que ha hecho la sombra”. ¡Al final, las sociedades encuentran lo mejor de sí mismas, porque la reputación no ha sido el dinero, el puesto o el poder per se, sino la legitimidad de las acciones que tienen como espectro en el horizonte a todos los demás!

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