Ya se sabe dentro y fuera del país, somos un país teñido de corrupción. El país tiene rostro de corrupto. Un gran número de oportunistas se ha enriquecido ilícitamente utilizando perversamente el poder, valiéndose del soborno, de la extorsión, el fraude, la compra de votos y de partidos políticos, las contribuciones políticas ilícitas y la malversación de fondos públicos.

El 45% de la población dominicana, según la reciente Encuesta Gallup-HOY, considera que en este gobierno existe más corrupción que antes. Y no sólo esto. Según mediciones internacionales, el país figura con “bajas notas” en combate a la corrupción: 35 de 100; ocupando el lugar 103 de una lista de 168 países. Queda bien claro que una parte significativa de la población dominicana ha identificado a los corruptos y a los corruptores. Sólo falta enfrentarlos. Sólo falta iniciar una efectiva rebelión nacional contra unos y otros. 

Y allí donde la “publicidad amañada”, financiada con los mismos dineros de los corruptos impida el paso a la voz de las víctimas de la corrupción, que es la gran mayoría del pueblo dominicano; entonces, allí, habremos de escribirlo en las paredes de los campos y ciudades cual grafitis libertarios y panfletos alertantes y desafiantes para crear conciencia de los daños y perversidades que genera la corrupción.

La conciencia nace con la rebelión. El hombre rebelde, la mujer rebelde, es el/la que tiene la valentía de decir NO a una situación intolerable. Decir no a la corrupción equivale a rebelarse con ella. El rebelde demuestra que hay algo en él que vale la pena y que exige vigilancia. Se compromete a rechazar la humillación, y no hay nada más humillante que la dádiva populista entregada por manos corruptas.

El/la rebelde se niega a que se le arrebate lo que le pertenece y lo defiende con vehemencia, valentía y arrojo. Lucha por la integridad de una parte de su ser, pero no trata de conquistar sino de imponer. El rebelde desafía más que niega”. No se trata de un diálogo amistoso, se trata de una polémica animada por el deseo de vencer. La rebelión contra la corrupción no admite pactos, procura derrotarla, sustituyendo la paciencia por la impaciencia y por la lucha contra la embriaguez de tiranía y servidumbre de los corruptos. 

En países como Guatemala, Honduras, Chile, Brasil y otros comienzan a surgir movimientos para poner freno a la corrupción. Los efectos se han dejado sentir, algunos expresidentes y altos funcionarios han ido a parar a la cárcel. Una rebelión aglutinante contra la corrupción siempre deja ser sus frutos.

No importa que las “finanzas corruptas” otorguen al gobierno y a los partidos políticos que han hecho de la corrupción su principal bandera (¡todo se compra!) un aparente poder sobre aquellos que enarbolan la bandera de la honestidad y la transparencia. La lección es clara: “enarbolar juntos la bandera del decoro”.

La rebelión es el acto del hombre informado que tiene conciencia de sus derechos. Por tanto, no resultará estéril ni imposible aquí en nuestro país el iniciar una “alfabetización nacional para rebelarse contra corrupción”. 

Esperemos que, de cara a las próximas elecciones, los partidos de oposición tengan la visión estratégica para acoger la idea y ojalá que lo hicieran suya como un “solo cuerpo”. El terreno y el tiempo son propicios para organizar esta rebelión. Y ojalá que también la sociedad civil haga suya una “pedagogía de la rebelión contra la corrupción”.

El reto consiste en “concienciar profundamente” al pueblo dominicano sobre los graves daños sociales, políticos y económicos que causa la corrupción. Y hacerlo ahora. Ya hay instituciones, métodos y programas para ayudar al logro de esta rebelión. Existe la Academia Internacional Anticorrupción, IACA, con sede en Viena, así como la Academia Regional Anticorrupción para Centroamérica y el Caribe, ARAC, con sede en Panamá, que tienen sus puertas abiertas a todos aquellos que estén involucrados en el combate contra esta amenaza y otros delitos asociados. Toquemos estas puertas.

Sólo la rebelión contra la “corrupción dominicana”, sin excluir la internacional con la que tiene morboso maridaje, conducirá a la verdadera revolución moral, que debe ser realizada por el pueblo y no por el candidato presidencial del partido de gobierno, como lo ha prometido.

Un gobierno poco virtuoso como el que tenemos queda descalificado para proponer, y mucho menos para llevar cabo, una revolución moral para contrarrestar la corrupción y falta de transparencia que hoy arropa y destruye al país.  Es precisamente contra la corrupción de este gobierno que debemos enfocar la rebelión que habrá de conducir a una revolución moral en democracia.