“No me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los sin ética; lo que más me preocupa es el silencio de los buenos” (Martin Luther King).

Después de andar y desandar, pensar y repensar, aprender, desaprender y reaprender, uno llega a la conclusión que ser funcionario público es una Odisea. No cualquier Odisea griega, sino una Odisea con ritmo de merengue o bachata. La primera lección de la travesía, te la dan los amigos, que ven “la gran oportunidad” tuya y la de ellos para las bellaquerías y el tráfico de influencia, a cualquier costo. Luego, vienen las ofertas desde fuera y la insistencia de nuevo de los amigos para no dejar pasar el chance, traducido en confabulaciones. Según su parecer, la suerte es “misionera” y no pasa dos veces predicando por el mismo sitio, y para los más osados la suerte es calva y hay que agarrarla una sola vez. Entonces, me sorprendo aún más, cuando los amigos hacen cruzadas al lado de los perversos porque no han logrado corromperte, y piden tu cabeza. Uno termina cayendo en la cuenta que los primeros abrazos de la corrupción vienen por la vía de los amigos.

Esta actitud debe convencernos aún más, de que alguien que se respeta y es coherente consigo mismo y con sus principios, no debe estar al servicio de los corruptos, que es la especie que más abunda alrededor nuestro, aunque en apariencia parezca lo contrario. Demos llegar a entender, evitar las andanzas en el compinche de quienes se degeneran detrás de las fortunas, y no compartir la mesa con los bandidos y bellacos, porque la mesa tiene un ritual sagrado, permitido sólo para “familiares” y “amigos”: "Es preferible el bien de muchos a la opulencia de pocos", refería con certeza Martí.

A partir de mi corta experiencia, aconsejo a mis amigos dotarse de una buena dosis de terquedad y templanza porque hacen bien; y ponerse además, sobre las espaldas, imitando al animalito que llamamos “mackey” o ermitaño, los principios que tenemos, para andar con ellos a todos los lados, de modo que podamos evadir las ofertas indecentes y resistir las tentaciones de los perversos y macabros, siguiendo los consejos de Martín Lutero, que al reflexionar aconseja: “No podemos evitar que las aves vuelen sobre nuestras cabezas, pero sí podemos evitar que hagan nidos en ellas  o nos caguen”.

En los avatares propios de la vida, debemos tener la certeza de saber elegir a los amigos; separarnos a tiempo de los que traicionan la amistad o nos quieren corromper con las propuestas sutiles pero indecorosas. Jesús nos lo dijo de manera puntual y echó por tierra nuestro falso cristianismo, reconoció que tendremos enemigos inevitablemente; debemos tener el cuidado de amarlos sin olvidar sus nombre y sus mañas, sabiendo que los enemigos serán siempre aquellos que se mortifican y sufren nuestra manera de actuar y de vivir apegados a la verdad y la integridad, no los enemigos que surgen por los pleitos naturales de quienes al estilo de “Alí Babá” reparten el botín robado con sus aliados.

Muchos que tenemos responsabilidades públicas, hemos aprendido a no preocuparnos ni a perder el sueño por parecerles simpáticos o agradables, hasta la ansiedad, o en caerles bien o mal a tal o cual personaje o algún sector económico o social o algún politicucho con malas costumbres. Nos ocupa el que la sociedad sea beneficiaria de nuestros actos, pues “ejercemos una función pública para todos”, y nunca entraremos en acuerdos de ninguna naturaleza para favorecer intereses mercantiles que pongan en apuros el bienestar colectivo. Tanto es así, que el cantautor cubano y de todos Silvio Rodríguez, insiste en esto, que debe ser importante en el servidor público: “He procurado ser un gran mortificado, para si mortifico no vayan a acusarme”.

Es una opción ser del montón o ser diferente: “Desde los años que se llevó el pasado en su pesada carrera, algunos somos ocupantes conscientes y orgullosos de una trinchera, que hemos escogido levantarnos por algo antes que caer por nada (René González, uno de los cinco cubanos presos políticos en EEUU por acciones antiterroristas).

Se hace necesario, agradecer a los amigos que tenemos, sino pueden respetarnos como seres humanos o como responsables de alguna función pública, que se vayan al lado de los que tienen fortunas sin poder explicarlas o se mantengan distantes de nuestras responsabilidades públicas. De no ser así, también agradeceríamos infinitamente cerrar  para siempre, las puertas que nos comunican, y que no nos llevan a ningún lado que valga la pena. “Al final, no nos acordaremos tanto de las palabras de nuestros enemigos, sino de los silencios de nuestros amigos” (Martin Luther King, Jr.).