Conocido como El Gran Ciudadano de las América, este educador, filósofo, intelectual, abogado, sociólogo y férreo defensor de la independencia de Puerto Rico sigue vigente a 175 años de su nacimiento en el barrio Río Cañas de Mayagüez, el 11 de enero de 1839. Falleció en Santo Domingo el 11 de agosto de 1903 y sus restos reposan en el Panteón Nacional de la capital dominicana.
Sus padres fueron don Eugenio María de Hostos y Rodríguezy doña María Hilaria de Bonilla y Cintrón, de la región española de Castilla. La familia original Ostos, sin hache, emigró primero a Camagüey, Cuba, donde don Eugenio de Ostos y del Valle se casó en 1736 con la cubana doña María Josefa del Castillo y Aranda, y cuyo hijo procreado don Juan José de Hostos y del Castillo se radicó en Mayagüez, Puerto Rico.
Eugenio María de Hostos se asentó en Santo Domingo donde llegó junto a su esposa Belinda Otilia Ayala Quintana, de origen cubano y con quien contrajo nupcias en 1877 en Caracas, Venezuela. La pareja procreó cinco hijos: Carlos Eugenio, nacido en la capital dominicana en 1879, Luisa Amelia, 1801, Bayoan Lautaro, 1885, Filipo Luis Duarte de Hostos, 1890, y María Angelina Filipo, ambos nacidos en Chile, el primero en 1890 y la segunda 1892.
La fecunda vida y obra de Hostos no es posible resumirla en varios párrafos, dada su extensa labor por el ideal que lo consumía en el momento histórico que le guardó la vida: la Confederación Antillana, integrada por República Dominicana, Puerto Rico y Cuba, idea a la que su sumaron Ramón Emeterio Betances, Segundo Ruiz Belvis, Román Baldorioty de Castro, Gregorio Luperón. Francisco Enríquez y Carvajal, entre otros antillanos ilustres de la época y líderes de la corriente autonomista, abolicionista e independentista en las colonias españolas del Caribe, en aras de la libertad individual necesaria para el desarrollo integral de dichas sociedades.
Por esa razón viajó a numerosos países para promoverla, entre ellos Estados Unidos, Francia, Colombia, Perú, Chile, Argentina, Brasil, Venezuela, República Dominicana, Cuba y la antigua colonia holandesa de St. Thomas, en la actualidad parte de las Islas Vírgenes Estadounidenses.
Entre sus múltiples contribuciones al quehacer político, social y literario, este insigne puertorriqueño y ciudadano emérito de las Américas nos legó varios precedentes. Entre ellos los cimientos de la educación dominicana al crear la Escuela Normal en Santo Domingo y Santiago en 1875, donde defendió el derecho inalienable de la mujer a la educación y al voto. Sus técnicas de enseñanzas fueron criticadas y rechazadas por la iglesia Católica, a las que respondió con calma en numerosos artículos.
Luego de una breve participación en la Guerra Hispanoamericana y la independencia de Cuba, Hostos retornó a Santo Domingo donde contribuyó en la creación de un sistema de transporte ferroviario, y escribió ensayos sociológicos de su sistema educativo considerado uno de los primeros en América Latina, así como su papel relevante en apoyo del derecho de la mujer.
Entre sus obras sobresale Sociología y Moral Social, donde hace énfasis en la necesidad de que los remedios que propone para la solución de los problemas humanos no son los de las teorías socialistas corrientes, tampoco una revolución –”barrido extemporáneo de basura”—sino el reconocimiento exacto de las leyes naturales del mundo y de la sociedad.
Al fallecer a los 64 años de edad, Eugenio María de Hostos pidió por voluntad expresa que sus restos mortales sean repatriados a su natal Puerto Rico cuando la isla sea del todo soberana e independiente. Y en su epitafio, que retumba como un rayo con la misma fuerza del primer día, quedó grabado su última voluntad en el Panteón Nacional de los Héroes:
“"Yo deseo que ellos puedan decir: En esta isla (Puerto Rico) nació un hombre que amó la verdad, deseó la justicia y trabajó por el bien del hombre”.