espacio de reflexión

La fuerza de la compasión

Ser compasivos jamás será una señal de debilidad sino, más bien, un ejemplo de templanza ante las adversidades.

Por Julio Leonardo Valeirón Ureña

Vivimos un mundo centrado en el “yo” y no, precisamente, como principio de realidad freudiano, es decir, mediador entre las bases instintivas y la estructura moral. Es una época en que la felicidad y la libertad, según Béjar[1], se limita a la esfera del mundo privado, por supuesto, lo más lejos posible de los “sinsabores y tumultos” que la vida pública, con todas sus contradicciones sociales, desigualdades y exclusión, conlleva en sí misma.  De ahí que el individualismo, como forma de vida y aspiración, excluye toda posibilidad de responsabilidad social.

Las calles y los espacios públicos se han convertido en un escenario desquiciante, en que solo priman los intereses y necesidades de cada uno y, por supuesto, el “otro” no hace más que “perturbar” en nuestros afanes y necesidades. No solo que nos hacemos de la “vista gorda” de toda regla de cortesía, sino que incluso la obediencia a la ley (sobre todo a la Ley de Tránsito) no parece ser un tema que importe a nadie: ni a los ciudadanos, como tampoco, a las propias autoridades que deben velar por su cumplimiento. Impera el caos y la “ley de la selva”, y que cada uno resuelva a como dé lugar.

Se puede hablar de un intimismo patológico, que roe el alma, pues nos hace olvidar que la vida social y pública entraña principios fundamentales de civilidad, que permitieron construir la sociedad en que aún vivimos. La pandemia provocada por el coronavirus no hace más que acrecentar una predisposición creciente que al mismo tiempo que niega al otro, nos encierra en un intimismo personal y/o familiar. ¿Cómo impactará esta realidad a las nuevas generaciones?, es un tema que no debe ser desechado.

En ese contexto de agigantamiento del yo, ¿es posible promover la actitud compasiva?

Como emoción, la compasión permite comprender y compartir el sufrimiento de los demás. No se trata de cogerle pena y mucho menos lástima o colocarse en el lugar del otro, pues como veremos es una emoción y una actitud que entraña una responsabilidad frente al otro.

Como tal se desencadena y aflora ante el sufrimiento de los demás e impulsa al intento de contribuir con la superación de la causa de dicho sufrimiento, generando comportamientos compasivos como la piedad, la caridad y la clemencia, el altruismo y la solidaridad, la conmiseración y la humanidad, cuestiones estas que conllevan significados profundos y complejos, como ha de imaginarse, y que pueden ser la base de la justicia social y la lucha frente a la desigualdad y la exclusión.

Desde este punto de vista, la compasión es una cualidad virtuosa y mucho más que deseable, pues entraña la superación del individualismo y el compromiso con el otro, sobre todo, del más desvalido socialmente.

Su práctica genera grandes beneficios tanto para el que es objeto de ella, como para quienes la asumen como forma de vida:

  • Una sociedad como una persona compasiva es más humana, pues busca el bienestar de todos, sobre todo de aquellos que más lo necesitan.
  • Una sociedad como una persona compasiva es menos egoísta e individualista, pues asume el bienestar de todo como principio de vida.
  • Una sociedad como una persona compasiva ve incrementado los sentimientos más positivos como la bondad, la amabilidad, el afecto, el amor y la satisfacción, desarrollando felicidad y bienestar para todos.
  • Una sociedad como una persona compasiva se hace más humilde en el sentido de reconocerse limitada pero compromisaria con los demás, con la superación de las limitaciones tanto personales como sociales que impiden el desarrollo de todos.
  • Una sociedad como una persona compasiva ensancha su conciencia social y de justicia, pues reclama el cese de las desigualdades que atentan contra el decoro y la propia vida de las personas.
  • Una sociedad como una persona compasiva ensancha su conciencia cósmica, pues se siente parte de un todo y que, como tal, procura ser parte de la energía que es el principio de toda la vida.

Sin embargo, hacen faltas políticas sociales que hagan de la compasión su norte a través del voluntariado y los grupos comprometidos por la construcción de una sociedad donde primen los intereses y el bienestar de todos los ciudadanos, y que, además, se desarrolle una cultura de la solidaridad entre la ciudadanía.

La escuela es un espacio privilegiado para desarrollar actitudes compasivas desde la educación prescolar y a lo largo de todo el sistema. Aprender a ser compasivo consigo mismo y con los demás. Ser compasivos con toda manifestación de vida en general: los animales, las plantas, los ríos, el mar, los cielos, y todo lo que en ello habite.

La compasión vista y asumida desde esa perspectiva, nos proporciona una herramienta de transformación social y personal poderosa, pues detona una energía interior generadora de solidaridad, responsabilidad y compromiso. Lejos de evadir nos enfrenta a aquello que genera dolor, tanto en el plano de lo personal como de lo social.

Desde la perspectiva del Dalay Lama[2] la compasión no puede ni debe quedarse en ese estereotipo de una “amabilidad benigna”, sino que debe constituirse en una acción vigorosa para enderezar injusticias de todo tipo; de esa manera, habla de una “compasión en la acción”, sustentándola en tres principios fundamentales: Justicia (todo el mundo debe ser tratado de la misma manera), “transparencia” (ser honesto y abierto) y “responsabilidad” (pagar por lo delitos). La compasión fornida, como bien la denomina el Dalay Lama, “es una acción vigorosa a fin de denunciar y responsabilizar a las fuerzas sociales tóxicas como la corrupción, connivencias y los prejuicios”.

Debemos vencer el enemigo que vive dentro de nosotros mismos y en la sociedad, ese individualismo, que solo activa emociones negativas y destructivas como son el egoísmo, rencor, desigualdad, exclusión social, entre otras.

La compasión es una declaración de fortaleza y coraje, contagiosa y poderosa, capaz de producir grandes transformaciones sociales y personales. Hagamos de la compasión activa un estilo de vida, generadora de transformaciones que nacen desde lo profundo del corazón.

Nelson Mandela aun sufriendo la injusticia de la cárcel por razones políticas por 27 años del gobierno blanco de África del Sur, nos planteó: “nuestra compasión humana nos une el uno al otro no en piedad o condescendencia, sino como seres humanos que han aprendido a convertir nuestro sufrimiento común en esperanza para el futuro”.

Ser compasivos jamás será una señal de debilidad, sino más bien, un ejemplo de templanza ante las adversidades y, sobre todo, una actitud de que es posible construir una sociedad basada en la felicidad y el bienestar de todos.

[1] Béjar, Helena (1993). La cultura del yo. Alianza editorial. Madrid.

[2] Goleman, D. (2015). La Fuerza de la Compasión. La enseñanza del Dalai Lama para nuestro mundo. Editorial Kairós. Barcelona

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