En un texto breve y urgente, sin escatimar reflexiones, tiempo ni preguntas, el destacado sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos, director emérito del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra, en Portugal; en su ensayo sociológico “La cruel pedagogía del Virus”, publicado en el 2020, presenta una perspectiva retadora y provocadora acerca de todo aquello que no vemos y que debemos descubrir de la pandemia de COVID-19.

Advierte que el impacto de la pandemia nos convierte en ciudadanos de una sociedad enferma y desigual. Dependerá de nuestra capacidad para pensar y vivir como comunidad el encontrar las verdaderas preguntas y las verdaderas respuestas para afrontar la pandemia a tiempo y con efectividad. “Por eso, hoy más que nunca, es imprescindible pensar y  pensarnos para entender lo que pasa”.

Resulta urgente para los gobiernos nacionales y  locales asumir la pandemia más allá de la “simple gobernanza de emergencias”, que se torna estéril cuando no logra incorporar plenamente las dimensiones de justicia social y de igualdad. Obviar esta condición sólo provocará el aumento de víctimas que actúan al margen de la letal enseñanza del coronavirus. Que es un gran pedagogo. Pero un pedagogo cruel. “La  única manera que tiene de enseñarnos es matando".

Hay que poner la mirada desde dos polos. Primero, el impacto de la pandemia sobre el tejido social, principalmente en los sectores más vulnerables y esto supone un cambio en la narrativa de la pandemia en los medios de comunicación, para combatir la creencia socorrida por muchos sectores de que la propagación del contagio del coronavirus es "culpa” de los ciudadanos que no obedecen las medidas restrictivas y que de ellos depende principalmente la prevención y el control  de la pandemia.

El otro polo lo constituye el cuestionamiento de las medidas métodos utilizados para el control de la pandemia en un país democrático. Los autoritarismos, desaciertos y excesos en el encaramiento de la pandemia no sólo desdicen de la calidad de su democracia, sino que también son prueba de que se ignoran los principios de ciudadanía y derechos humanos.

Tal como lo mostró The Economist el año pasado, las epidemias tienden a ser menos letales en los países democráticos. Esto debido a la libre divulgación de la información veraz y a la justa atención de la salud, la educación, la alimentación, el agua potable, la electricidad, la seguridad social  y otros derechos democráticos que garantizan la calidad de vida de los ciudadanos en tiempos normales y excepcionales.

El texto considera que “el significado literal de coronavirus es el miedo caótico generalizado y la muerte sin fronteras causados por un enemigo invisible”. Sin embargo, lo que expresa es mucho más que eso. Existen dos paisajes principales  que lo hacen más visible y cruel: la concentración escandalosa de riqueza/igualdad social extrema y la destrucción de la vida en el planeta/la inminente catástrofe ecológica”.

Cualquier pandemia -dirá el autor- es siempre discriminatoria. Resulta más difícil para algunos grupos sociales que para otros. Existen grupos para los cuales la pandemia es profundamente más difícil. “Estos son los que tienen en común una vulnerabilidad especial que precede a la pandemia y se agrava con ella”.

Así, resulta extremadamente difícil para las mujeres y los trabajadores precarizados, informales y autónomos. Para los vendedores ambulantes, las personas sin hogar o que viven en la calle, los que viven en barrios marginados, los inmigrantes indocumentados, los campesinos, los discapacitados y los ancianos. “La pandemia no sólo hace más visibles, sino que también refuerza la injusticia, la discriminación, la exclusión social y el sufrimiento inmerecido que provocan”.

La pandemia representa también una dificultad mayor para el personal sanitario de primera línea y para los “cuidadores” que tienen la responsabilidad de velar por la salud de todos. En otro rango, existen las personas “uberizadas” de la economía informal que entregan alimentos y paquetes a domicilio. Ellos son los que garantizan la cuarentena de muchos, pero no pueden protegerse. Su “negocio” aumenta al mismo ritmo que el riesgo al que se exponen.

La crueldad del coronavirus impone obligadas lecciones. Entre ellas, “cómo el poder político y mediático, así  como la sociedad contemporánea perciben los riesgos de lo que ocurre”. Este camino puede resultar fatal, siendo que las crisis graves y agudas, cuya letalidad es amplia y rápida, movilizan a los medios de comunicación y poderes políticos, que muchas veces toman medidas superficiales que sólo resuelven las consecuencias inmediatas de la crisis, olvidando mirar sus verdaderas causas.

Frente a la crueldad de la pandemia, que deja muchas huellas dolorosas en su paso por nuestro país, ha de esperarse que no haya “burbujas” ni paraísos particulares, ni privilegios solapados, ni promesas mágicas, ni indiferencias egoístas que atentan contra la esperanza colectiva de reparar la vida después de escapar a la muerte. Se hace necesario crear comunidades vivas en todo el país para analizar y afrontar la pandemia. Igual de cruel resulta el “sálvese quien  pueda”.

Hay que entablar diálogos ciudadanos sobre la pandemia de COVID-19. ¡Qué hablen los intelectuales! El autor lo alienta cuando expresa: “Los intelectuales deben aceptarse como intelectuales de retaguardia, deben estar atentos a las necesidades y aspiraciones de los ciudadanos comunes y teorizar a partir de ellas. De lo contrario los ciudadanos estarán indefensos ante los únicos que saben (gratuitamente) hablar su idioma y entienden sus preocupaciones”.

El libro plantea muchas temáticas que no he podido contar aquí. Deseo que otros se animen a leerlo, analizarlo y compartirlo. Con optimismo el autor nos deja este mensaje al terminar: “Estoy seguro de que en el futuro cercano esta pandemia nos dará más lecciones y que siempre lo hará de manera cruel. Si seremos capaces de aprender es una pregunta por ahora abierta”.

¡El futuro puede comenzar hoy!