Hay una pregunta que creo no puede tener respuesta alguna: ¿Qué la realidad?, o ¿qué es realidad? En este artículo trato sobre una posible arquitectura de tal imposibilidad.

No puede recibir respuesta esta cuestión porque el término “realidad” no se refiere a una cosa ni a un conjunto de cosas. En sentido lato, “la realidad” expresa una modalidad prominente de estar vinculado, de ser en relación. Es decir, designa una forma específica en que articulan sistemas de relación de acontecimientos, y como tal, de ésta sólo podríamos decir que ha de entenderse o decodificarse como posibilidad de constituir conjuntos sistemáticos de múltiples narraciones.

Queda definido que para decir o reconocer un sentido al término “realidad”, debemos limitarnos a señalar cuanto puede ser objeto, o constituirse como relato, o como una posible modalidad del ser narrado.

En esta visión sigo al destacado pensador norteamericano de la historia, Hayden White, quien observa en un ensayo titulado: "The value of narrativity in the representation of reality", [en: W. Mitchell (comp.), On Narrative, The University of Chicago Press, Chicago, 198 1, pp. 23 y 13]. que el significado de lo real viene a ser captado a través de estructuras narrativas. 

Qué quiere decir esto? Podría afirmarse que desde esta perspectiva la “realidad' de un acontecimiento reside en su posibilidad de ser narrado.

Desde esta perspectiva nada que no pueda ser expresado, contado, computado, descrito, detallado o explicado mediante algún tipo de narración o relación, puede adquirir algún sentido de realidad.

Por ejemplo, un dios, o Ser Supremo no puede adjudicársele realidad sino en cuanto puede ser descrito, delineado o detallado en un determinado relato, que en la historia de la cultura podría revelar la forma del mito o de una teología. Este sería el saber de la realidad del Dios y como tal este alcanzaría realidad en el universo de una determinada cultura que relata su ser.

Pero de aceptar esta tesis, que, repito, me parece ineludible, en cuando el universo humano –hablar de universo humano es pleonasmo, ya que la idea de universo es humana, no realidad, es posibildad de constituirse como realidad en el ser de un relato–, pues toda realidad es humana en cuanto su ser se constituye siempre, ineludiblemente, como cultura, y el ámbito en que esta se constituye es lo simbólico, un lenguaje, una narración. O mejor dicho, una narración circunstanciada, una historia determinada según parámetros simbólicos enmarcados en una determinada dimensión espacio-temporal.

La cultura siempre es histórica, pues sus elementos constitutivos son el sentido o la dirección a que apunta el relato, y la dimensión espacio-temporal, que es el ámbito en que se constituye el sentido como referencia al acontecimiento y lo otro concreto, que es lo implícito y lo que hace posible toda situación identitaria. Esta emerge desde la apertura donde se revela lo uno al situarlo en lo otro, la concreta relación de acontecimiento y situación es la estructura relacional basal que hace posible lo real como posibilidad.

Es decir que la cultura es ante todo como una “segunda” naturaleza –en sentido figurado, narrativo, en el interior de un relato–, que se constituye por medio de signos, señales, imágenes, proposiciones; símbolos articulados en un sistema dominado por significados que derivan de dimensiones semánticas, connotaciones, meta-lenguajes y meta-sistemas de signos que encuentran sus claves en decisiones humanas asumidas desde la sustancia que nos conforma como humanos, a partir de superficies de sentidos espacio-temporales, es decir, desde criterios narrativos históricos, y como tal correspondientes a un ethos, es decir, a una costumbre, a un carácter, a un modo de hacer y ser, a una conducta. En tal sentido, toda narración elabora en sí una ética que le incumbe, la recompensa, la armoniza la compagina y organiza.


Aquí podría hacer referencia a una importante idea-fuerza de Nietzsche. Estimo que si descodificada adecuadamente se refiere a la única posibilidad de que disponemos como humanos, como seres enredados y estructurados a partir de una arquitectura semiótica, entendida esta como una construcción a partir de una teoría general de los sistemas de signos, al entender por signo un evento presente que está en lugar de otro evento ausente, con capacidad de mostrar cierto sentido, código o relación.

Desde esta óptica todo lenguaje es un sistema o configuración correlativa o relacional de signos, mas es también un objeto o evento presente que está en lugar de otro objeto o evento ausente, en virtud de un cierto código o forma de relación. La lengua se entiende como un vasto sistema de signos, señales, gestos, medios de intercambios, imágenes, etc.

Expresa Nietzsche, en el libro Más allá del bien y el mal, en el aforismo 188, que titula significativamente, La tiranía de unas leyes caprichosas: «En contraposición al laiser aller, toda moral es una tiranía contra la “naturaleza”, también contra la “razón”. Esto no constituye aún, sin embargo, una objeción contra ella, pues para esto habría que decretar, sobre la base de alguna moral, que no está permitida ninguna especie de tiranía o sinrazón. Lo esencial e inestimable en toda moral consiste en que es una coacción prolongada…¡Cuántos esfuerzos han realizado en cada pueblo los poetas y los oradores!…-por amor a una tontería”, como dicen los cretinos utilitaristas, que así se imaginan ser inteligentes, – “por sumisión a leyes arbitrarias”, como dicen los anarquistas, que así se creen ser “libres”. Todo artista sabe que su estado “más natural”, esto es, su libertad para ordenar, establecer, disponer, configurar en los instantes de “inspiración”, está muy lejos del sentimiento de dejarse-ir, –y que justo en tales instantes él obedece de modo riguroso y sutil a mil leyes diferentes…»

Resumo aquí la tesis que avanzo en este escrito diciendo que, si fuera apropiada la visión que aquí brevemente he tratado de exponer –con mucha constricción para no extender el tema más allá de un límite razonable para este medio en que lo encuentra el lector poniendo quizás en peligro su plena intelección–, estimo que sería necesario recordar al lector, que si lo real se define y revela en narraciones históricas, debe siempre tenerse en cuenta que todo relato o historia comporta a su vez que se tome en cuenta al considerarla toda una serie de posibilidades y opciones de valor.

Es necesario decir que toda descripción de alguna realidad comporta y presupone la operatividad continua de una conciencia moral que actúa al asumir o rechazar diversos tópicos históricos que tratan sobre el sentido de la ley, la legalidad, la legitimidad, los sujetos de derechos, la justicia, la idea de una plenitud vital, y en sentido más general, consideraciones en torno a la atribuciones y los probables excesos en que pueda incurrir la autoridad.

Además, habría que tener en cuenta, la lección respecto a este asunto que subraya la destacada pensadora argentina, Beatriz Sarlo, Premio Internacional Pedro Henríquez Ureña 2015, en relación con las ideas de White.

Ella juzga, con razón, y subraya además con claridad, que en el plano de toda narración: «se percibe no sólo el orden de la serie cronológica, sino un orden que afecta al discurso, que pertenece a la dimensión de lo figurado, y donde se realizan las transacciones de valor presentes en los textos que organizan lo real histórico.»

Si esta prspectiva tiene validez tenemos que tener en cuenta que la realidad tal como se puede decir, esto es, los relatos que pueblan y animan nuestras vidas, nuestro tiempo, no tienen nada de objetivo, como era común decir antes, hace algunos decenios. Hoy no hay posibilidad de plantear mundos objetivos o subjetivos.

Hay solo espacios narrativos cuya vigencia en el tiempo puede ser instantánea o milenaria, según sea la arquitectura del espacio interior que anteriormente no divisábamos ni concebíamos. Nos quedábamos en los extremos y no percibíamos la pulpa de lo vital, que es el espacio único y resplandeciente del ser, del fenómeno de la existencia, que no es cosa, sino relación, acontecimiento, evento, que como tal solo puede ser único e irrepetible.