La vida es un relato convencional lleno de acciones que se yuxtaponen; otras veces, es una mecánica estéril o una reñida mediocridad en medio de mezquinas intrigas. Pero, tal vez, pocos sujetos conocen la solemnidad de hacerse a las ánforas del espacio donde se descosen los extremos y la ficción es una sonámbula parálisis de los sentidos o la evocación intraducible de que el equilibrio es la manera de evitar la disolución de lo inmutable.
El origen mismo de la vida está paralelamente, y en forma abstracta, ligado a la evidencia de que el pensamiento se apegó al vacío para poder abrir los ojos del mundo, cuando la angustia fue el refugio para sentir el alma resquebrajarse como signo temporal de nuestra viva existencia, cuando lo impetuoso eclipsó la validez de su universo concordante con el absoluto racional de los valores.
La angustia sólo pertenece a aquellos que, siendo líricos discursivos, reconstruyen con una meditación sostenida el destino central de sí mismos, aún cuando su destino representa incertidumbre.
