(“Del polvo hemos venido y en polvo nos convertiremos”)
A muchos se nos hace difícil evitar imaginar a un papa (u obispo) haciendo el amor, con mujer u hombre, dependiendo de su “gusto culinario”, o quizás imaginarlo como “casto virtual” saciando su insoportable castidad con sus diestras y callosas manos, las mismas santas que han de convertir el pan en el Cuerpo de Cristo para darlo a sus creyentes en cualquier Semana Santa.
Saramago narró aquel temprano encuentro de María y José en su “Evangelio según Jesucristo” y en su lectura creímos encontrar el origen de toda esta hipocresía y del engaño.
Leámoslo:
“Como si se moviese en el interior de la vertiginosa columna de aire, José entró en la casa, cerró la puerta tras él, y durante un minuto se quedó apoyado en la pared, aguardando a que los ojos se acostumbrasen a la penumbra(había salido a orinar). A su lado, el candil brillaba mortecino, casi sin luz, inútil. María, acostada boca arriba, estaba despierta y atenta, miraba fijamente un punto ante ella y parecía esperar. Sin pronunciar palabra José se acercó y apartó lentamente la sábana que la cubría .Ella desvió los ojos, alzó un poco la parte inferior de la túnica , pero solo acabó de alzarla hacia arriba, a la altura del vientre, cuando él ya se inclinaba y procedía del mismo modo con su propia túnica y María, a su vez, abría las piernas, o las habría abierto durante el sueño y de este modo las mantuvo, por inusitada indolencia matinal o por presentimientos de mujer casada que conoce sus deberes.
Dios, que está en todas partes, estaba allí, pero, siendo lo que es, un espíritu puro, no podía ver cómo la piel de uno tocaba la piel del otro, cómo la carne de él penetró en la de ella, creadas una y otra para eso mismo y, probablemente, no se encontraría allí cuando la simiente sagrada de José se derramó en el sagrado interior de María, sagrados ambos por la fuente y copa de la vida, en verdad hay cosas que el mismo Dios no entiende, aunque las haya creado.
Habiendo pues salido al patio, Dios no pudo oír el sonido agónico, como un estertor, que salió de la boca del varón en el instante de la crisis, y menos aún el levísimo gemido de la mujer que no fue capaz de reprimir. Solo un minuto, o quizás no tanto, reposó José sobre el cuerpo de María. Mientras ella se bajaba la túnica y se cubría con la sábana, tapándose después la cara con el antebrazo, él, de pie en medio de la casa, con las manos levantadas, mirando al techo, pronunció aquella oración, terrible sobre todas, a los hombres reservada, Albado seas tú ,Señor, nuestro Dios, rey del universo, por no haberme hecho mujer.
Pero a estas alturas ya ni en patio debía estar Dios, pues no se estremecieron las paredes de la casa, no se derrumbaron ni se abrió la tierra. Y entonces por primera vez, se oyó a María, humildemente decía, como de mujer se espera que sea siempre la voz , alabados seas tú , Señor, que me hiciste conforme a tu voluntada, ahora bien, entre estas palabras y las otras, conocidas y aclamadas, no hay diferencia alguna, reparad, He aquí la esclava del señor, hágase en mi según tú palabra, queda claro que quien dijo esto pudo haber dicho aquello, Luego la mujer del carpintero José se levantó de la estera, la enrolló junto a la de su marido y dobló la sábana común.”
Quizás, si se hubiesen dicho estas verdades sexuales íntimas acaecidas entre José y María en los Evangelios, hoy no hubiese tantos homosexuales pederastas y curas mujeriegos en nuestra amada Iglesia encubridora.
La vida de muchos santos, lejos de ser como la pintan, era muy humana…vivían como cualquiera. Levantarse, orinar, comer, defecar, amar, odiar y todas esas cosas que hacemos los mortales humanos que no ambicionamos la inmortalidad. Sin embargo, en su afán por sublimar su religión, cada cual exagera.
Por lo visto, el “Jesús Humano” es más probable que el “Jesús Dios” que nos presentan. Sus enredos con María Magdalena debemos darlo por un hecho cierto, por lo menos más cierto que su resurrección, cosa que entra en el campo de lo insólito, de lo imposible.
En cuanto a José y María…le creo más a los polvos del difunto Saramago que a los del Espíritu Santo.
Oremus
¡OH Dios! perdona nuestros pícaros pecados y recuérdanos siempre que, como María y José, del polvo hemos venido y en polvo nos convertiremos…Amén.