La violencia desatada en sectores del mundo islámico, a raíz de la divulgación de un panfleto cinematográfico y de una caricatura provocadora y ofensiva al islamismo, determina, como es frecuente, que toda intolerancia y violencia religiosa sea injustamente asociada sólo al mundo árabe.

Esa injusta asociación no puede desligarse de una visión eurocéntrica y etnocéntrica del mundo y, naturalmente, de la pasión e ignorancia con  que se suelen analizar cuestiones de suma complejidades, como lo es el tema de la religión. Tampoco debe olvidarse la perversa manipulación del sentimiento religioso que hacen los poderes políticos y fácticos, no sólo del occidente cristiano, sino también del mismo mundo islámico.

Cierto es que en nombre del Islam se han erigido gobiernos intolerantes, con gobernante corruptos y disolutos que han mantenido sus pueblos en condiciones de marginalidad y pobreza extremas. También, que en nombre de esa religión se cometen los más atroces atropellos contra el diversamente pensante y que se declaran guerra santa contra los llamados infieles, a través de las cuales se quieren justificar los más execrables actos de terrorismo.

Pero eso no es justificado, ni practicado por todos los islamitas ni por todos los árabes, muchos son opuestos a semejantes actos y actitudes. Tampoco debe pensarse, ni afirmarse, que el islamismo es consustancial a la intolerancia y a la violencia, los hechos nos dicen que en mundo islámico de una época se practicaba una intolerancia cero a la intolerancia religiosa.

Eso ocurrió a la caída del imperio romano, alcanzando su máxima expresión en Al-Andalus (sur de España) con califatos y reinos de gran esplendor y de desarrollo de la ciencia, la literatura y la música. Algo que no sucedía en el mundo cristiano de la misma época, donde campeaban la ignorancia, la superstición, las permanentes persecuciones, la inquisición y  las matanzas promovidas en nombre de la pureza religiosa y étnica.

Diversos factores históricos y económicos, permitieron que mundo cristiano avanzara hacia posiciones más abiertas y que el islámico evolucionara hacia  una generalizada intolerancia religiosa. Sin embargo, esa asimétrica evolución de ambos mundos no quiere decir que en el uno hayan desaparecido las tendencias intolerantes o que el otro no pudiese algún día enrumbarse por otro camino.

Muchas expresiones de violencia de los feligreses islámicos ante determinadas provocaciones a sus creencias, constituyen mezclas de intolerancia religiosa, expresión de fe y de sentimiento de exclusión social, instrumentalizadas por estados religiosos anacrónicos y  opresores, algunos autoproclamados  antioccidentales y antinorteamericanos.

La actual violencia religiosa en el mundo árabe no puede desligarse las desastrosas condiciones de vida de su población, del despojo de sus riquezas de parte de los imperios europeos y norteamericano, con la complicidad de gobernantes árabes, además del menosprecio y la arrogancia con que el mundo occidental cristiano los trata, en el cual también se asiste a un incremento de diversas forma de intolerancia: religiosa, cultural, a las diferencias étnicas, etc.

En todo el mundo se incrementa  una suerte de búsqueda de sentido a la vida a través de diversas experiencias religiosas, las cuales se asumen con un fervor o sentido de la urgencia, no exento de un fanatismo que lleva a la intolerancia y/o la tendencia a tratar de difundir o imponer sus puntos de vistas de manera abierta o sutilmente violenta. Se propaga la costumbre de las invocaciones u oraciones para iniciar actos públicos o familiares, sin que se tenga en cuenta la presencia o no de quienes tienen credos diferentes al ritual religioso empleado en la ocasión o de quienes simplemente no profesan ningún credo.

De manera que, la violencia religiosa tiene muchas expresiones y la explicación de este fenómeno debe encontrarse en los contextos en que discurre la vida de toda sociedad. En el caso del mundo árabe, sólo de un establecimiento de un contexto político y social sin la explotación, el anacronismo y los privilegios de sus castas dirigentes, puede esperarse que allí siga profundizándose ese clima de intolerancia religiosa y política que una vez le fue ajeno a esa parte del mundo.

De igual modo, se creará un mundo de tolerancia política, social y religiosa en día en que se terminen las exclusiones y las injusticias sociales, los prejuicios de todo tipo y cuando definidamente se asuma que la religión es un asunto privado y que nadie tiene derecho a imponerle a nadie sus creencias y valores de matrices confesionales. Incluyendo las políticas.