Saramago decía que el individualismo nos lleva a rozar constantemente al otro, pero no sentirlo, imaginarnos que tenemos solamente el sentido de nuestra vida y que no hay absolutamente alguna liga que nos vincule con el otro, esto para este hombre es una transformación terrible del ser persona

(Jesús Silva-Herzog Márquez, ensayista y académico mexicano).

El individualismo no sólo es una doctrina, plantada en nuestra sociedad. También ha pasado a ser un modus vivendi, un modus operandi que ha hecho metástasis en los entramados más sagrados y caritativos de nuestra constitución social. Tiene sus defensores y sus celestinas que fielmente cumplen sus propósitos.

En nuestro medio circundante, aparece vestido de mil formas. Ante la deficiencia de agua, construimos cisternas o compramos tinacos para nuestras familias, conectada a unas bombas ladronas que manejan la escasez del fluido. Nos convencieron que la contaminación del agua  no tenía remedio y la potabilización era una quimera, y nadie nos hace beber agua de las que nos suministran por el sistema de alcantarillado y optamos por las aguas de botellones. Ante la deficiencia de energía, pasamos de comprar las plantas eléctricas hasta la instalación de inversores.

El deterioro que padecimos del sistema de salud pública, desarrolló en progresión geométrica los centros de servicios de salud privados o clínicas y las aseguradoras de salud. El deterioro de la seguridad pública, multiplicó el porte personal de armas para el resguardo, la colocación de verjas perimetrales y también en puertas y ventanas, la instalación de cámaras en viviendas y negocios y la contratación de compañías para garantizar la integridad de bienes y familia. El aumento de los ludópatas o jugadores compulsivos o adictos que algunos entendidos dicen supera las 250 mil personas, es parte de la ensoñación por buscar salidas particulares a nuestras frustraciones colectivas de bienestar, que escaparon de nuestras posibilidades cotidianas y del sacrificio sobrehumano. La diseminación de los colegios privados, fue una garantía para los mejores dotados económicamente, cuando en un momento la escuela pública se convirtió en una pordiosera.

De todo esto, de forma imperceptible, se van generando sectores económicos que trabajan y negocian con nuestras necesidades básicas y nuestras insatisfacciones, y mercadean las soluciones individuales a nuestros problemas colectivos. Lo colectivo, la vinculación al grupo no es parte de nuestras preocupaciones y prioridades actuales. Eso era locura de otros tiempos, que sacrificó sus propios locos y soñadores. Entonces, jartos ya, uno constata el retrato que hace María Lourdes Souza de esta terrible realidad ”En la postrimería del siglo XX, de la llamada tercera fase del capitalismo o de la segunda revolución industrial, se vive de forma intensa la desestructuración de toda idea de comunidad», de toda capacidad de autorepresentación social, de todo intento de determinación de los contenidos y de las identidades que definan vinculaciones sociales y opciones alternativas de la vida colectiva. La sociedad no es ya una comunidad de metas y fines colectivamente compartidos, sino uno agregado de individuos atomizados y narcisísticamente orientados hacia una infinita gratificación de los propios deseos e intereses. Un gran imperativo, indica BARCELLONA, parece dominar: "soy porque consumo", "consumo porque todo está ahora al alcance de la mano de mis ilimitados deseos de poseer" (1994:153). Es la época del individualismo económico, del individualismo posesivo, del individualismo masa, del individualismo del consumidor… »

Con todo y esto de lograr que muchas cosas no funcionen, el sistema social, económico, cultural, religioso y político es feliz. Se garantiza el statu quo, la indiferencia frente a lo que es común y la alienación de una sociedad, que hasta llega a justificar los sectores que hacen negocios con sus dificultades y deficiencias. La atomización de la sociedad está generando buenos dividendos a quienes sustentan y promueven esta manera de pensar y actuar. Nada es casual. Nada es fortuito. Todo desorden tiene un orden conocido por quienes controlan las piezas del juego. El desorden también es una forma de negocio.

No nos quepa la menor duda, el individualismo es una mercancía para el negocio. Es un estadio superior de este capitalismo cruel y salvaje que nos lleva a la deriva a alta velocidad. Ante él, hemos sacrificado todo el bienestar que la naturaleza nos provee para satisfacer el bienestar del ego de unos cuantos. Nos hemos olvidado que “En colectivo es mejor que individual. No puedo explicarles científicamente por qué, y tienen todo el derecho de acusarme de esotérico, o algo igualmente horrible. Lo que hemos visto en nuestro limitado y arcaico horizonte es que el colectivo puede sacar a relucir lo mejor de cada individualidad. No es que el colectivo te haga mejor y la individualidad te haga peor, no. Cada quien es quien es, un complejo manojo de virtudes y defectos (lo que sea que signifiquen unas y otros), pero en determinadas situaciones afloran las unas o los otros (…) les recomiendo que trabajen en colectivo. El asunto es que la tormenta viene. Lo que se ve ahora no es ni remotamente el punto más álgido. Lo peor está por venir. Las individualidades, por muy brillantes y capaces que se sientan, no podrán sobrevivir si no es con otros, otras, otroas”. Palabras del subcomandante insurgente Galeano el 14 de abril en el seminario “Los muros del capital, las grietas de la izquierda”, citado por Polo Castellano”.