He sudado gotas de delirio por este hombre. Lo mío con Radhamés Camacho es platónico. Cada día, sin proponérselo, el diputado agrega motivos a esa fantasía. Sí, lo admiro tal como él es:  huraño, arrogantemente tosco, rebosado de testosterona, estrafalario y de opacas urbanidades. Ahora Camacho revela otra condición no menos provocadora: ¡es rico! 

Camacho me ha evitado necias teorías sobre la cultura política dominicana. Él es su retrato más rústico. A veces, cuando alguien inquiere sobre mi interés por la política, me basta evocarlo para espantar cualquier intención. Y es que Camacho es la cara más fiel del barato oficio político; un emblema de su folklor.  Es llano, bufón y habla sin acomodos. Su vida es tan desenfadada como su panza: siempre delante y de cara al sol. Lo único que le abochorna es decir los bienes que tiene. Es más, si en la sociología política dominicana se buscara algún concepto clave para estereotipar al activismo de baratija y servil propondría un solo vocablo: el “camachismo”. Camacho condensa esa historia tragicómica que arropa en su relato a tanta gente que saltó de la lentejuela a la joyería sin más quilates que la militancia. Gente que ayer era un cocido de fundillos zurcidos, correas corroídas, suelas remendadas, labios cenizos, rostros grasos, anatomías macilentas que apenas encajaban en pantalones de gabardina; hoy son gente de colección social y no precisamente por el arrojo de sus luchas.

Cuando se supo de los millones declarados por el diputado en el pasado, no muy pocas personas prorrumpieron en distintos tonos: “pero si eso es Camacho, (dijeron) ¿qué serán los grandes?”. Pudiera dar eco textual a expresiones parecidas aún más gráficas, pero el sofoco me contiene; es más, le tomo prestado al propio Camacho su macho brío para repetirlas. Escuché decir: “si todos esos millones son de un ratoncito, ¿qué no tendrán las viejas ratas?”.

Ahí está el valor de Camacho: poner en perspectiva el daño sufrido por el patrimonio público en estos tiempos de “progreso y crecimiento”. Quizás su riqueza se pierda entre las grandes fortunas peledeístas, pero pone sobre la mesa una nueva carta: la proporción. Los haberes de Camacho abren la imaginación a las comparaciones; nos fuerzan a inferir la magnitud de la espoliación peledeísta. En esa lógica nos preguntamos: Si Camacho nunca ha ocupado un ministerio de grandes presupuestos ni ha sido un contratista connotado del Estado (hasta prueba en contrario), siendo su más alta posición la que actualmente ocupa, y aún le avergüenza revelar lo que ha crecido su fortuna, entonces ¿qué no pensar de los poderosos? No quisiéramos saber la respuesta, sobre todo si multiplicamos sus negocios por los casi veinte años del PLD en el poder y con un PIB cuatro veces superior al que encontraron los ¨hijos de Bosch¨. Los chelitos de Camacho en ese escenario pierden escala conservando un valor simplemente pedagógico, con la virtud de hablar por las grandes fortunas, de atar presunciones y poner en real contexto el tamaño ya inabordable de la corrupción pública. Con la declaración patrimonial de Camacho se pudiera empezar a cuantificar el PIB per cápita de los funcionarios del PLD. Insisto: si eso es Camacho… ¿qué no pensar de los big bussiness: de las sobrevaluaciones, de las comisiones de reverso, de las importaciones de rubros agrícolas, del mercado de los hidrocarburos, de las mafias de la generación eléctrica, de las coimas por los permisos, concesiones y licencias, de las contratas amañadas? Aquí hay fortunas originarias made in PLD que ya rebasan por muchos ceros las construidas en tres generaciones; algunas aparecen en Forbes con apellidos ordinarios.

Los que piensan que el partido del Estado se va a fraccionar o que sus conflictos de ambiciones van a menguar su competitividad electoral son ilusos. Lo que está en juego no son cándidas simpatías ni afectos: son negocios. Para el funcionario, el poder es oxígeno, sangre y sueño; salir de la Administración pública es destierro y locura; algo así como perder la identidad y los sentidos. En la estructura síquica del burócrata, la sumisión partidaria es religión porque el partido lo llevó al poder y el poder lo hizo gente. Así, cuando un periodista interrumpió la entrevista de pasillo a Camacho con una pregunta tan impertinente como la que le hizo (sobre su declaración jurada de bienes) Radhamés le contestó desfachatadamente con un ¨deja esa vaina¨. Dejen tranquilo a Camacho…