“Mira, no pido mucho,
solamente tu mano, tenerla
como un sapito que duerme así contento.”

J.C.

Eran tan importante su  cumpleaños. Pasaba el año completo esperando ese mágico día, conmemoraba con una energía devastadora su primer aliento en este mundo.

En esa cabeza redonda y dura, habitaba la creencia de que era una fecha que todos debían conocer. Ese solo día, el más hermoso día, como decía junto a su gran sonrisa, era el día de la esperanza.  Durante esa jornada existía  posibilidad de celebrar en pleno verano, aquello que todos los demás humanos celebran el 31 de diciembre.

Se preparaba con antelación. Recordaba a los amigos que faltaba poco ya. Celebraba durante toda una semana su aniversario, exaltando el placer que le provocaba estar viva… Llamaba a los amigos que no lo habían recordado, para pedirles que la felicitaran.

Hoy no es lo mismo. Aunque quisiera sentirse igual, con respecto a su fecha, no puede. Ha permitido que un manto oscuro tape el sol de su alegría. El gusanillo de la amargura ha devorado el portal donde se alojaba la esperanza. Ese día, lo utiliza para redescubrir que está completamente sola dentro del tumulto. En ese particular día, que solía ser de fiesta inagotable, borra de una larga lista, algún nombre, con el propósito de sentir menos dolor el próximo año.

Esa algarabía en torno a su fecha,  era lo único que permanecía original y puro dentro de su pecho. Ella, con su permisividad, inocentemente ha permitido que sucumban las carcajadas, ha muerto el derecho de sentirnos tan tontos y tan vivos. Todo es serio y estricto, organizado y pesado.

Tampoco espero con ansias su cumpleaños, el cual, no puede llamársele más de esa manera, es solo que no sé qué otro nombre darle. Aun así, siempre estoy junto a ella en su natalicio, ayudándola a borrar nombres de la lista, para no tener que recordarlos, para no tener que esperarlos más. Aprendimos con el tiempo a no esperar, porque todo lo que se espera con ansias, muy posiblemente termina en decepción.

A pesar de todo y aunque somos ya tan pocos, no dejamos de celebrar, no está permitido. Generalmente nos reunimos en algún lugar silencioso, o donde la música es tan mala que el silencio de nuestras mentes la elimina del círculo a tomar unas copas. Aunque estamos juntos en su nombre, descubres en su rostro una pequeña lejanía. Lo ves en sus ojos, cuando se detiene a observar a través del microscopio de su mente algún estúpido comentario sobre la mesa y es ahí, cuando lo recuerdas, cuando haces conciencia de nuevo, un año más,  que definitivamente conmemoramos en su día, la soledad.