Psicología y pandemia

Grandes aprendizajes para el 2018

Por Héctor Rodríguez Cruz

En el año que comienza, todos, sin excepción, habremos de emprender grandes aprendizajes guiados por un sincerizado “temario social” elaborado con el sentir de todos.

Y si alguien se resistiera a hacerlo, que por lo menos que haga suya la advertencia de Richard Bach, el mismo que habló del “Juan Salvador Gaviota” que aprendió a volar hacia la libertad: "No aprendas nada, y el próximo mundo será igual que éste, con las mismas limitaciones y pesos de plomo que superar".

Ojalá que cada quien se atreva a hacer su lista de aprendizajes para este año. Comparto la mía.

Debemos aprender a tener los ojos bien abiertos para que nadie ponga límites a nuestros sueños y a nuestros proyectos individuales y colectivos.

Debemos aprender a otorgarle voz a nuestras rebeldías murmuradas en silencios compartidos.

Debemos aprender que los caminos de la libertad deben ser recorridos por cada uno de nosotros. “Nadie puede recorrer este camino por ti, debes transitarlo por ti mismo”-dirá Whitman-.

Debemos aprender a gritar nuestras propias angustias y a hacer nuestras las de los que también gritan las suyas.

Debemos aprender que la suma de voluntades de los más débiles crea fuerzas vigorosas imparables por los más fuertes.

Debemos aprender que las “cadenas” sociales y económicas a que es sometido el pueblo dominicano se asemejan mucho a los nudos gordianos, que sólo pueden cortarse nunca soltarse, pero que el mismo pueblo descubrirá las herramientas para cortarlas.

Debemos aprender a someter a la mirada pública de los ciudadanos todo cuanto los gobernantes y políticos esconden y tergiversan.

Debemos aprender que ninguna sociedad puede funcionar si sus miembros no mantienen una actitud ética y esto obliga a someter un permanente debate ético los temas que afectan a los ciudadanos.

Debemos aprender que ningún país puede salir de la crisis si las conductas inmorales de sus gobernantes y políticos siguen proliferando con toda impunidad.

Debemos aprender que es urgente incorporar la discusión de la ética en la agenda pública, particularmente en las políticas económicas, tanto para erradicar la corrupción como para motivar actitudes positivas.

Debemos aprender que hay que recuperar una agenda ética para la economía que supone responsabilidad ética de las políticas públicas al servicio de los ciudadanos, con la educación y salud en primer orden, incluyendo también la responsabilidad social de la empresa privada.

Debemos aprender a reclamar a las empresas lo que se denomina “ciudadanía corporativa”, que implica honestidad con el consumidor, buen trato al personal, pago de salario justo, preservación del medio ambiente e integración a las acciones sociales, más allá de la simple filantropía.

Debemos aprender que hay que combatir las condiciones que refuerzan la difusión de estereotipos tradicionales sobre los roles de la mujer en la sociedad, cuya incorporación a la fuerza de trabajo refleja una tendencia a ocupar posiciones inferiores.

Debemos aprender que la eficiencia de las metas de crecimiento económico, productividad y competitividad del país debe medirse en función de si eliminan la pobreza y producen bienestar a todos los ciudadanos.

Debemos aprender que las universidades y los intelectuales sólo tienen sentido si son capaces de formar comunidades críticas que asumen compromisos sociales.

Debemos aprender a exigirle al Estado que el compromiso del país con los Objetivos de Desarrollo Sostenible debe ser algo más que un señuelo para pescar préstamos internacionales de los que no se rinden cuenta.

Debemos aprender a juzgar en la “plaza pública” a los que devaluaron la democracia y se burlaron de la justicia con acrobacias legales y maniobras inmorales.

Debemos aprender el valor de la solidaridad y del poder de protesta unificador y socialmente integrador contra el impacto de programas políticos populistas, socialmente desintegradores, causantes de divisiones o manifiestamente ineficaces.

Finalmente, debemos “aprender que lo aprendido” debe convertirse en un “grito del corazón” (cri du coeur) contra el muro de la exclusión social, la indiferencia moral, la falta de compromiso político, el miedo y el silencio.

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