Existen pasiones nocturnas como leyes diurnas que nos conducen a entender en qué consiste la excelencia existencial. El ser humano ha creado símbolos y mitos para conjugar el espíritu del mundo, para extender sobre la materialidad visible la individualidad del alma, la dualidad en el reino de la naturaleza, lo absoluto y lo eterno.

En el transcurso de los siglos, desde el desencantamiento de la cultura, hemos tenido la visión profunda de reflexionar, de pensar en consecuencia sobre nuestro misterioso destino para descubrir el valor ontológico de la vida y de modo paradigmático interpretar la creación fecundando al universo y desencarnando el sueño de la contemplación pura.

En esa dialéctica, entre la semivigilia o el delirio onírico, conocemos los estragos que las disonancias ponen al desnudo hasta estallar las zonas más profundas del drama humano.

Luchamos con la angustiosa convicción de la finitud, con la presencia obsesiva de la soledad y la catarsis suprema de ser la fe el único  atributo posible de asombro para agrietar la extraña precariedad de la vida.

Hace miles de años que inauguramos la hora de  levantar tempestades de pasión, de guiar el conocimiento con nuestras percepciones y encerrando en los párpados historias que nos pertenecen.

Pensamos y sentimos en relación con las circunstancias, en medio del  antagonismo irracional, porque necesitamos construir valores vitales, esencias abstractas y concretas.

Creo, no obstante, que nuestra presencia (existir) en este estado de curioso y paradójico proceso recobrará para el paisaje de la tierra un irrefutable testimonio: la tesis del bien absoluto como una hermosa proclama.