La edad de la razón

Examen de conciencia (1)

Por Fidel Munnigh

Estás a punto de tomar una decisión importante en tu vida. Hace días, semanas, te vienes sintiendo igual: irritado, indignado, burlado. Hace días, semanas te vienes repitiendo lo mismo: se tienen que ir. Los hechos te han tomado de sorpresa, y luego se han precipitado. No esperabas esa reacción. Has reconocido tu deber. Le has cantado a la patria. Has alzado la bandera. Te has sumado a la plaza.

Todavía conservas algo de integridad, una joya en estos tiempos de compra y venta de conciencias. Tienes escrúpulos. No has tomado parte en la historia de tu nación, no has sido protagonista de ninguno de sus “grandes” acontecimientos, ni siquiera eres una figura pública activa. Y, sin embargo, esa historia no deja de importarte. En los signos del presentetratas de leer el porvenir.

Por fuera, luces correcto y sereno. Por dentro, vomitas fuego y lava. Hay en ti demasiada rabia contenida. Estás harto de todo, de los políticos canallas y corruptos, de este presente insular, de esta torpe democracia que se ha convertido en una ronda de sepultureros de anhelos y esperanzas. Si pudieras condenarlos a todos, lo harías sin remordimientos.

Pero no te engañas: te conoces bien y sabes que eres demasiado vehemente y apasionado. Te cuesta trabajo ser impasible. Con los años te has vuelto incrédulo. Tu incredulidad viene de un proceso doloroso y se alimenta de amargos desengaños. Eres un desencantado. Quisieras estar a la vuelta de todo. No has vivido en vano: has viajado y visto otros mundos. Has contemplado el derrumbe de las utopías que en vano pretendieron transformar tu siglo. Después de aquel año de 1989, ¿aún queda algo en que creer y por lo que luchar? ¿En qué puedes creer? ¿En los hombres? Miserables y ruines, no son de fiar. ¿En principios o ideales superiores? Se han degradado y perdido todo valor. Es cierto, parece que ya no queda nada, ninguna utopía por enarbolar, ni siquiera una última esperanza armada, nada, salvo buscar el beneficio personal y acomodarse al tráfico inmundo de los valores y los principios.

Mírate: eres un privilegiado. En un país de escasa gente instruida, tú has podido estudiar. Eres una conciencia, y una conciencia tiene ante todo que pensar. Has leído una novela que te perturba y en la que crees descubrir la conciencia culpable de tus compatriotas. Por eso desapruebas la impostura de los intelectuales, su doblez, su silencio cómplice frente al poder, su adhesión servil a los restos de autoritarismo. Odias, odias mucho, odias este tiempo que te ha tocado en suerte, odias este pasado-presente envilecido, y sabes que el odio es una fuerza tan necesaria y tan creadora como el amor, que preserva del olvido el largo inventario de agravios y oprobios que guardan los pueblos. La moral es la gran ausente en la fiesta de la historia.

Vives en el país del Eterno Retorno. Si vivieran hoy, los antiguos griegos palidecerían ante nosotros, isleños patéticos. El eterno retorno tiene lugar aquí, de forma ridícula y truculenta, el retorno de todos los tiempos en un tiempo único, el retorno de lo mismo, pues todo es idéntico y lo nuevo es lo mismo que lo viejo y lo viejo siempre retorna y nunca acaba de desaparecer.

Intentas verlo todo claro. Hace tiempo que nos imponen elecciones mediocres. Nunca podemos escoger entre buenos, sino entre malos y menos malos. Tener que elegir el mal menor como si fuese lo mejor es una señal de mediocridad. No hemos mejorado en nada la oferta electoral, sólo hemos venido resignándonos a cualquier cosa. Nuestra oferta está hecha a la medida de lo que somos, no de lo que queremos ser, ni de lo que podríamos ser.

Sientes que somos culpables de este presente degradado. Tenemos las manos sucias hasta los codos, hasta las heces. No se puede gobernar inocentemente. Ningún gobierno está libre de culpa, pues aún en el remoto caso de que no apele al recurso del crimen, es imposible que pueda sostenerse sin cometer injusticias. Recuerda a Sartre: somos a medias víctimas y a medias cómplices, como todo el mundo. Recuerda al stárets Zosima, de Dostoyevski, señalando a Aliosha la culpabilidad universal de los hombres: todos somos culpables de todo ante todos. No obstante, no olvides a los que nada han hecho sino sufrir y son inocentes de todo, los olvidados de la tierra.

Y ahora debes estar lúcido. Vas a tomar una decisión importante, vas a elegir a alguien y eso ya te compromete. Tómate tu tiempo, no cedas a presiones ni atiendas a obligaciones. No escuches a nadie, salvo a ti mismo. Refúgiate en la soledad de tu habitación. Nunca es más íntegro ni más fuerte el hombre que cuando está completamente solo. Por una vez, decidas lo que decidas hacer, considera tomar una buena decisión. Sé honesto contigo mismo. 

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