Un viejo refrán popular refiere que “cada pueblo tiene la policía que merece”.

O considerado desde otro punto de vista, “dime qué policía tienes, y te diré qué democracia has alcanzado”. No ha de extrañar, por tanto, que en una democracia débil y maleada como la que hay el país, tengamos una policía nacional poco virtuosa.

La policía nacional es la institución menos confiable entre las medidas en el país. El Latinobarómetro 2014-2015, registra que la policía dominicana tiene un nivel de confianza de un 27%, siendo que su punto más bajo lo alcanzó en el 2010 con sólo un 17%. Esta institución está lejos de la confianza que exhibe la policía chilena que alcanza un 63% o la ecuatoriana que alcanza un 56%.

Frente a esta lamentable y peligrosa situación, la dimensión ética adquiere un carácter especial en el ámbito policial y en la opinión pública. La prensa nacional da cuenta de los frecuentes abusos de ciertos sectores policiales que se dejan corromper, que echan mano a la tortura, que usan arbitrariamente las armas de fuego, que no respetan los derechos humanos y que no protegen a la ciudadanía.

Desde hace unos años, tanto el Ministerio de Interior y Policía y la misma Policía Nacional, conscientes del estado deterioro de esta última, y de los reclamos de los ciudadanos por su saneamiento y mejoramiento, han comenzado a refugiar su ineficiencia y su urgente necesidad de cambio bajo la sombrilla de la Ética Policial, asumida como el desarrollo de una conciencia moral en todos sus miembros.

Es así como en la Ley 96-04 institucional de la Policía Nacional No. 96-04, en su artículo 27 se incluye una serie de “principios de actuación” que deben regir el comportamiento de los miembros de esa institución. Simples y superficiales. Y de la nueva ley poco habrá de esperarse. Luce “sancochada y boicoteada”.

También en el 2013 el Ministerio de Interior y Policía impartió un curso de “Liderazgo Ético Ejecutivo y Don de Mando”, dirigido a 40 oficiales subalternos de la Policía Nacional, con una duración de 20 horas presenciales. La limitada cobertura y la exclusión de otros rangos en esta actividad formativa dejan entrever claramente que en el proyecto ético renovador “no están todos los que son”.

En el 2015 la Policía Nacional puso en vigor el Código de Ética de la institución, aprobado mediante Decreto del Poder Ejecutivo 358-13, y que no pasó de ser una iniciativa natimuerta que no trascendió  más allá del figureo mediático.

Más recientemente, y tal como lo reseña el Periódico Hoy (julio 07, 2016), “el gobierno dominicano contrató los servicios de un experto español en Seguridad Policial, de España, para que forme a los oficiales de la Policía Nacional en ‹‹temas de ética›› y que éstos a su vez, impartan los conocimientos a los demás agentes bajo su cargo”.

Como puede apreciarse, todas estas acciones no pasan de ser letra muerta o “remiendos éticos de poco impacto”, que en la práctica han resultado irrelevantes para servir de referente a un verdadero cambio y un mejoramiento radical de la Policía Nacional. Ha sido  como  “poner remiendo de tela nueva en vestido viejo”.

¿Es que acaso no se sabe o no se quiere hacer lo que realmente se requiere para realizar una profunda profilaxis de la institución policial? Soy de los que cree que ambas cosas.

Una verdadera Ética Policial debe conducir a la dignificación de la función policial, que incluye la dignificación del salario y de la calidad de vida. Debe incluir también la profesionalización y el desarrollo de virtudes cívicas como la integridad, la responsabilidad, el diálogo, la transparencia institucional e individual y cumplimiento de los derechos establecidos en la Constitución y las Leyes y en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Una Ética Policial debe impulsar y orientar la redefinición de la función y la responsabilidad de la policía frente a la sociedad. Debe hacer avanzar hacia un modelo de servicio que garantice la seguridad ciudadana tomando en cuenta los derechos humanos.

Una Ética Policial debe lograr un profundo compromiso individual e institucional con la protección de las personas conforme a los preceptos del Estado social y democrático de derecho, evitando los excesos y abusos; las acciones y los métodos represivos por parte de todos los miembros y rangos de la policía nacional.

Los dominicanos nos merecemos una mejor policía y una mejor democracia que las que tenemos. Es la misma Ética la que nos dice en voz alta que ningunas de las dos van por buen camino.