A Carmen Imbert-Brugal, una sagaz e inteligente lectora crítica de las grandes exclusiones femeninas y de la mujer, más aún  cuando re-leer la historia oficial y las mentiras construidas desde las esferas del poder patriarcal, es  también un desafío  al sistema opresivo, a las falsas  hegemonías intelectuales impuestas como "lo representativo" de una época; a ella, a Carmen, porque re-leer la  "historia"  literaria del presente, mostrada desde distintas capillas y altares literarios como "buena y válida"  no podemos  hacerlo  como un ejercicio de simple desenfado, sino como una postura ética ante las odiosas simplificaciones canónicas. En fin, a Carmen, una de mis primeras lectoras sobre  la obra de Tatá Saviñón.

La literatura dominicana tiene una poeta de escritura melancólica, una autora modernista,  de quien se dice  sufría de la psicosis de falta de afecto; pero para las otros  era su estado de temporadas de  alienación o descontrol de la cordura una locura total, sin causa aparente en momentos de crisis que no fuera la tristeza; tristeza que deja entrever como una patología,  en torno a la oscuridad o la dejadez por el aliento de la vida, en sus poemas "Mírame desde lejos" (1913)   y "Mi vaso Verde" (1903).

Altagracia Saviñón (1882-1942) no pudo curarse, acaso del desamor a una edad temprana, o de sentimientos ocultos a los cuales no se dio permiso para vivirlos en una época donde el pecado de amar lo prohibido se veía como un estigma, locura o atentado a la moral de  las llamadas familias acomodadas.

Tatá gustaba de interpretar al piano en las mañanas la Serenta de Schubert. Fue maestra en una escuela de párvulos en San Carlos. Sin embargo, luego de leer su obra dispersa en periódicos y revistas, me inclino, a afirmar que no era una escritora depresiva suicida, ni una demente que hiciera convulsiones. Estuvo ingresaba en distintas ocasiones en los pabellones de aislamiento del manicomio del Padre Billini,  en aquel lugar de rigidez cadavérica,  como paciente habitual, donde huía o le imponían huir de la culpa de su  presente que,  a ratos,  le atormentaba, por semanas o largos meses. ¿Qué culpa llevaba por dentro esta mujer de mirada triste y de sentimientos lúdicos encontrados con la tierna fiereza del amor no correspondido?

Allí, aislada de la familia, continuaba escribiendo poemas que entregaba a los amigos que frecuentemente la visitaban. Le acompañaba lápiz y papel en su celda del manicomio.

Su último texto poético lo desconocemos. No tenemos fecha del mismo; se habrá perdido entre las brumas y las piedras antiquísimas de ese amurallado espacio frío de su celda de "loca"… ¿loca de qué?  De la hipocresía de la humanidad; loca de vivir en un siglo de simulaciones, de valores impuestos, de posturas absurdas de aquellos que dicen querernos; ¿loca de qué? De qué estuvo loca Altagracia sino de la dejadez de los otros de comprender su angustiosa existencia, su diferencia de sentir y ver el mundo con la enfermedad sublime de la tristeza como equipaje solidario con su vida. Porque el siglo XX le negó a Tata su fe en la belleza del amor  como un oleaje para mecer sus sueños de mujer diferente a las demás?

El estigma de su "enfermedad"  la hizo desaparecer de la vida pública y de la vida familiar. Su última apuesta fue morir en la locura  y lejos de la halagadora vanidad de la vida material, así como lejos de los sortilegios del deslumbramiento de las pompas que concelebran los egos emplumados de las mujeres banales.

Saviñón aislada de los suyos, llevaba consigo en la vida  como única compañía la nostalgia, la nostalgia inaudita de escribir sobre papel  en la celda del manicomio las añoranzas de un pasado que se iba construyendo.

Para los otros,  Altagracia anduvo loca por la vida, perdiéndose en lo desconocido primero, y, luego en el olvido y en el silencio de los otros y de sí misma. No se conserva un solo vestigio de ella, un solo objeto que la represente, una joya, un vestido, un pañuelo,  un repertorio de esquelas fúnebres, o de cantos elevados en plegaria por su alma. Solo queda, allende el tiempo,  su obra poética como sobreviviente marchita del entusiasmo de una vida vibrante de ensueños. La gracia de su vida es el olvido, continuar languideciendo al través del tiempo en páginas amarillas guardadas en el cajón ordinario de un archivo público.

Tatá fue tratada como una depresiva más en el manicomio; sometida a la tortura de los tratamientos convulsivos de los electrochoques. No queda ningún rastro de su  expediente clínico, ni una hoja suelta, perdida o sustraída del mismo para la posteridad; ni aún se conoce la primera fecha de su ingreso; tampoco se conoce un récord de entrevistas psiquiátricas.   Menos aún conocemos la cronología de sus ingresos al manicomio, a aquel pabellón de rigidez, donde se pretendía dar salud a una mujer entregada a la poesía. Los suyos la hicieron paciente habitual de unos muros lúgubres donde pasaba semanas, mesas, años, y finalmente, donde vivió las últimas escenas de su vida en un espacio que insinuaba muerte, muerte, como una danza  despiadada para los desprotegidos de amor.

Allí vivió la iniciadora del modernismo en la República Dominicana, en el manicomio Padre Billini, vistiendo el "mono", el uniforme o traje manicomial; vestida para su posterior silencio sepulcral, como huésped de una cárcel aceptada socialmente llamada "sanatorio".

La leyenda de entonces cuenta que el poeta Osvaldo Bazil (1844-1946) estuvo entre los visitantes asiduos que conversaba con ella; también dice la leyenda que a él entregaba los poemas que escribía en su aislamiento y que le mostraba sus escritos por la estrecha amistad que les unía.

En el fichero de enfermos de ese lugar de claustro,  la enferma Tatá puedo haber sido una más de las tantas almas lastimadas por la soledad, el abandono y la incomprensión de los otros. No se muere de locura porque sí, ni siquiera se muere de llantos o de tristeza porque sí; se muere porque se pierde la ilusión de todo y por todo, la ilusión de respirar, de ver, de amar, de vivir… y porque nuestras huellas no encuentran camino. Al ocurrir la muerte de Tatá el modernismo perdió a su luz infinita de   versos creados en la quietud del trino de la contemplación absoluta. El modernismo recuerda a esta "poeta"  loca, a la poeta que se volvió "loca" en breves menciones antológicas,  olvidando que fue una poeta que enloquecieron los suyos.

Vivió Tatá en una época del siglo XX en la cual ser enfermo mental, además de ser una realidad cruda, era símbolo de rechazo  y repulsión. Entre muchas familias tradicionales de la llamada rancia aristocracia criolla de la época, era prohibido hablar de sus locos, y todos a unos pactaban borrar todo vestigio de ese loco familiar.

Pero, ¿podría contagiarse la locura o la esquizofrenia acaso? Tatá, nuestra Tatá, no quemo las distintas etapas de la vida de una mujer; tuvo su "cuarto de hora" cuando se publica su poema "Mi Vaso Verde" en 1903  en la revista La Cuna de América, bajo el pseudónimo de Violeta de la Fronda, para luego –según la leyenda- dar síntomas transitorios de trastornos mentales y de conducta de desequilibrio  de corta duración  al principio, hasta llegar a perder la conciencia del mundo por completo. Unos dicen que pudo padecer de "locura crepuscular" o de una "psicosis crepuscular del afecto". No en vano ella eligió  como seudónimo llamarse "Violeta", color de una de las degradaciones de los rayos taciturnos del sol en las tardes que miran hacia el sur.

Violeta, "Violeta de la Fronda",   nombre ficticio  para un intelecto  femenino que busca ocultarse de algo o de alguien, en las tenues luces de los vitrales vespertinos de una ciudad que la echa a un lado, y que marchita su intelecto por un estigma que a secas le impide ser ella.

Por ello, Tatá, nuestra Tatá, se entrega al lamento sosegado y escribe "Mi Vaso Verde", porque es ella, realmente, el huésped habitual de ese "vaso", las marchitas flores secas, la desventurada paciente de un manicomio, herida en un sí-no de la vida.

¿Cómo fue el deterioro intelectual de Tatá? Tal vez progresivo, y quizás no inmediata. A Tatá le tocó un momento de la vida en el cual no existían aún los medicamentos apropiados para tratar la depresión. Los antidepresivos  eran desconocidos. Si estuvieran en el presente, Tatá fuera tratada y llevada de vuelta a  la vida "normal". ¿Pero cuál es la vida normal para una mujer escritora? ¿Ser considerada una mujer  "rara", neurótica,  o vivir la soledad de la melancolía y de la depresión,  literalmente,  como un estado especial en las manos de un especialista que puede escucharla por largas horas sin comprender el alma femenina a profundidad, solo viéndola con el especulo?

¿Fue acaso  la literatura y entregarse a escribir una forma de escaparse de su "mal", de su oscuridad, de las tinieblas que trae la "locura"? ¿Hizo Tatá consciencia de su "enfermedad'?

¿Padecía la ilustre poeta de delirios, de asechanza y de fantasmas nocturnos que la llevaban a aislarse en la tristeza, en sentirse huérfana del mundo, lanzada al desamparo y al vacío  o su alma era un alma rota, resquebrajada  que buscaba lanzar al olvido algunas vivencias familiares que no deseaba recordar?

¿Cuál es la verdad o el acertijo que está detrás de la vida de esta poeta amada y querida por mí  que aún después de muerta  vive en la incomprensión del mundo: "Y cuando sola, pensativa, herida/ por la eterna nostalgia, /siento un perfume triste, moribundo, / que llega hasta mi alma…".

Tatá, nuestra Tatá, descansa desde un triste 23 de diciembre en el Cementerio Metropolitano de la Avenida Independencia, pero ¿qué es este cementerio? sino la mansión de los muertos!,  donde las tumbas silenciosas, abandonadas, hendidas en las sombras del olvido por sus familiares, viven el calvario de los sacrilegios humanos y los saqueos  de sus objetos representativos de la muerte triste!

Cada vez que frecuente este cementerio, siento mi visita  como un instante en que debemos avergonzarnos del rechazo a  la muerte, a la parca con su perfume de letargo junto a las azucenas.

Allí está Tatá, en una tumba fría, en un sarcófago de nichos horizontales donde no sabemos si existe un osario para sus huesos o para el descanso eterno de sus cenizas marchitadas por el olvido.

Allí está muerta mi Tatá  querida, sin una ofrenda votiva, sin una cruz cristiana o melancólica,  sin unas flores marchitas cinceladas en un metal con llamas de eternidad que nos recuerden lo duro de bajar a la tumba sin el ceremonial del olor a incienso.

Sobre la vida de Tatá quedan muchas interrogantes. Trágica vida, trágico destino, trágica juventud perdida de una mujer talentosa, distinta, atrevida, única, dolorosamente ida de esta tierra sin realizarse a plenitud; tratada en vida como una enajenada mental,  perdida para los suyos cual alondra que fallece  en la levedad de la soledad impuesta; una mujer que puedo descubrir el concepto del amor en las miradas de las  almas gemelas. ¿Podrá el mundo algún día recuperarse de su miopía y entender a las almas distintas que vienen a habitar con nosotros?

Sobre Tatá, nuestra Altagracia Saviñón,  permanece  escrito en la historia  oficial, la historia  que hoy se sigue contando: "sufrió de demencia precoz en su pubertad"; padecía de "disgregación del yo".

Descansó en paz, alcanzó a la muerte, alcanzó a los muertos, y se fue junto a la parca en 1942. Se fue triste, al lado y junto a la lejanía del invierno, sin mirar hacia atrás, sin mirar al pasado y a su pasado;  tal vez, quizás, posiblemente,   huyendo a un incómodo presente de angustia. Recemos por ella.