Letras Libres

Esa cosa llamada “funcionario”

Por José Luis Taveras

Para el profesor Robert Kliergaard, doctor en Economía de la Universidad de Harvard, la corrupción supone una ecuación sencilla: Corrupción es igual a monopolio más discrecionalidad menos transparencia (C=M+D-T). Cuanto más monopolio o poder concentre el Estado y más discrecionalidad en su accionar detenten sus funcionarios y menos transparencia tengan sus actividades, mayores posibilidades habrá de corrupción.

La realidad dominicana de hoy confirma sistemáticamente la lógica de ese razonamiento. Cada factor de la ecuación concurre en su definición. El poder del Estado no solo es inconmensurable, sino que, en un arrollado proceso de enajenación, el mismo Estado perdió identidad porque el partido oficial la ha absorbido. Así, es un logro titánico reconocer dónde termina uno y comienza el otro.

El Comité Político del PLD encarna y centraliza despóticamente el poder real; los órganos del Estado apenas son recipientes de sus altas directrices políticas. La reciente reforma constitucional fue una muestra axiomática de ese absolutismo: su decisión fue más crucial y vinculante que el simple trámite legislativo para aprobarla. Se trata de una concentración colegiada, monopolista, vertical y autocrática, diseñada según la filosofía leninista del Estado y el delineamiento burocrático del viejo Partido Comunista Soviético, con la gran diferencia de que mientras en el socialismo soviético el partido estatal tenía como misión ser la “fuerza dirigente y orientadora de la sociedad soviética y el núcleo de su sistema político…” (Constitución URSS, 1923) el PLD, vacío de contenido, mística e identidad ideológica, no “educa ni orienta”. Su primera y última razón es el poder. La ideología del PLD es “el poder por el poder” como medio y fin, de ahí la ilustre declaración de su pasado líder, Leonel Fernández, de pretenderlo hasta el bicentenario de la República. Cuando el poder justifica al poder, se hace quimérica toda institucionalidad y los funcionarios se convierten burócratas cuya ley es la discrecionalidad y el capricho paternalista.

Los gobiernos del PLD han operado con base en la autonomía funcional de sus cuadros. Se trata de núcleos de autoridad cerrados e inconexos como los feudos medievales. Los ministerios han devenido en pequeños gobiernos donde la voluntad del funcionario perdió límites. En ese esquema, la inamovilidad es regla, por eso no es casual que sus dirigentes hayan “echado panzas y canas” en sus haciendas. Sería espantoso imaginar que en los próximos cuatro años nos condenen a ver a los mismos funcionarios hoscos, ajados, prepotentes, repulsivos e ineptos al frente de la cosa pública, acreditados únicamente por la edad partidaria. Casi todos han perdido creatividad, eficiencia y motivación. Están en sus cargos como medio de vida y vigencia pública; algunos morirán en ellos, porque les pertenecen como sus casas y corbatas, como lo declaró elocuentemente el alcalde de San Francisco de Macorís: “esta alcaldía le pertenece a Leonel y le seré leal hasta la muerte”. El sedentarismo de algunos los ha vuelto flácidos, pesados y gordiflones; otros, en cambio, han rescatado la autoestima viril estimulada por los mimos de sus amantes adolescentes. Así, mientras en el primer gobierno peledeísta se hicieron pandémicos los divorcios y las gafas de oro, el nuevo símbolo del éxito político tiene marca Rolex, convertida en el sello de la nueva cultura plástica del poder, acicalada con cirugías bariáticas, tintes de pelo, escuadrones de guardaespaldas, yipetas, armas automáticas, adicciones enólogas y refinamientos de vida.

Los miembros del Comité Político han acumulado fortunas obscenas. Uno de ellos me confesó, hace casi dos años, que existe un núcleo que rivaliza veladamente con sus riquezas. Hoy las ostentan sin tapujos refugiados en la complicidad del pecado de todos, como el pacto de silencio que se da entre amantes casados. Todos tienen casas de veraneo, inversiones financieras en banca privada internacional y negocios propios. Los viejos sueños de “liberación nacional” quedaron así ahogados entre bebidas espumantes, hartazgos, bohemias, lujos, fugas furtivas y caprichos costosos. A pesar de sus disimuladas porfías se impone entre ellos una siniestra solidaridad de logia; actúan por el instinto de las manadas o según los cánones de sumisión de las mafias más honorables.

La descomposición moral del PLD se precipitó por una elección personal de su presidente. Leonel Fernández no fue un referente de autoridad ética. Cuando los padres no son moralmente respetados, los hijos no se sienten obligados a la honradez. Leonel Fernández no solo fue el corrupto más exitoso sino el corruptor más inmenso de nuestra historia. Relajó la poca ética de la gestión e instituyó un sistema de poder basado en los grandes negocios con un círculo estrecho de contratistas privados y una red de testaferros. Esa misma fórmula la replicaron los funcionarios en sus haciendas, así las cifras perdieron respeto y hoy Danilo Medina, que no es una hechura distinta a esa generación política, dejó intacto el modelo en procura de idénticos resultados: acumular el poder económico para ganar fuerza competitiva dentro de la corporación política; para eso necesitaba tiempo y lo logró imponiéndose al sector leonelista. En estas elecciones lucharán mano a mano a favor del estatus quo porque al final el interés vale más que el desamor.

Somos súbditos de una verdadera cleptocracia (del griego kleptes,que se traduce como “ladrón” y cratos,como“poder”) de un estatus sistémico de corrupción estatal; en otros términos, de un Estado delincuente. Para el sociólogo polaco-británico Stanislav Andreski, la cleptocracia supone la explotación sistemática de las oportunidades de enriquecimiento personal que ofrece el gobierno, moderada por el amiguismo y exacerbada por el gansterismo. Y no es que aspiramos a un estado ideal de “fundamentalismo ético”, sino a un mínimo de racionalidad moral. La diferencia entre las naciones desarrolladas y las que no, desde la perspectiva ética-institucional, es que en las primeras se dan actos de corrupción, mientras que las segundas padecen de un estado de corrupción donde se da por sentada la impunidad. En estas la corrupción se plantea como variable proporcional a las brechas de permisividad que tenga el sistema público de justicia, las leyes y la propia cultura moral de la población.

El PLD ha encarecido la vida política. Nadie puede competir con sus candidatos. Donde no hay funcionarios a cargos electivos, entonces las plazas son otorgadas a empresarios de las bancas de apuestas o a los negociantes del Estado. Ha comprado la oposición y le ha puesto precio a toda la burocracia gubernamental. En sus negocios políticos tiene tasado todos los rincones del gobierno, el cual ha descuartizado como becerro en el matadero para comerciar hasta con sus vísceras. Eso convierte la participación política en una decisión financiera y no ciudadana. Llega el que tiene y no el más capaz. El pacto político entre las dos cabezas del PLD no es más que un reparto en ese pastel. De manera que Danilo no encarna otro arquetipo: se trata de un cambio de apariencias y estilos con camuflajes populistas; en el fondo se valida y fortalece el mismo estado hasta su autodestrucción por las contracciones internas o por la dinámica dialéctica de los procesos

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