Más que de un debate se trató de una sucesión de exposiciones, por un lado, y de un espectáculo sui géneris, con notas mini humorísticas, por otro lado, la comparecencia televisual auspiciada por jóvenes empresarios de Luis Abinader, Pelegrín Castillo, Guillermo Moreno, Minou Tavárez Mirabal, Hatuey De Camps y Soraya Aquino. Valga decir que, salvo uno que otro, se presentaron rabisas de la política carentes de votos de sustentación como para haber sido tomados en cuenta.
Razón, y de a mucha, tuvo el presidente candidato Danilo Medina al negarse a participar de un tiri jala que para él hubiera sido de alto riesgo y de mal gusto con una que otra candidatura caricaturesca, y Abinader se colocó en zona de riesgo de principio a fin, aunque a la larga salió bien librado.
En principio el candidato Medina fue el mini perdedor por su ausencia de la jornada y los mejor librados fueron Abinader y Pelegrín Castillo, y en menor medida Moreno y la Tavárez Mirabal, y en el extremo de la minimización Hatuey De Camps y Soraya Aquino. Lo de esta última se inscribe en lo que no debió haber sido… pero fue; y lo del amigo Hatuey en el hecho cierto de que ha disminuido su pasado fuego conceptual y que su afectación en la garganta bloqueó su muy conocida capacidad de comunicación.
Desafortunadamente las nuevas generaciones y las inmediatamente anteriores nunca han presenciado uno que otro debate entre figuras públicas de valía, como cuando el profesor Juan Bosch y el sacerdote Láutico García se enfrentaron en diciembre de 1963, y como cuando el entonces muy lúcido y bien librado Hatuey De Camps y Vincho Castillo se confrontaron en 1978
Abinader tuvo la oportunidad y gran ventaja de explicitar sus propuestas y de ese modo desprestigiar la imputación de que sólo ataca y no propone sus metas de gobierno a modo de soluciones a las problemáticas; y al presentarse relativamente informal dio la nota de tener un perfil de estilo juvenil, espontáneo y de comedimiento en el vestir.
Pelegrín Castillo fue casi una revelación para decenas de miles televidentes que pudieron percibir su dominio de los asuntos públicos y sus conocimientos sólidos envueltos en un perfil de equilibrio y madurez envidiables. El tipo se la trae.
De su parte Moreno se manejó correctamente, pero no como para inflarlo cual han hecho los comentaristas oficialistas dentro del esquema de abombarlo a fin de impedir mínimamente –él no da para más- el crecimiento de Abinader y, más que de este, de Pelegrín.
Minou, a quien también han querido abombar, se condujo bien en aprovechamiento de una oportunidad de mostrarse ante el gran público de probables votantes, pero no más de ahí.
Este y otros debates o exposiciones de aspirantes presidenciales constituyeron un gran aporte y una democratización de la proyección ante el gran público, reservada hasta ese momento a sólo dos candidatos principales.
Desafortunadamente las nuevas generaciones y las inmediatamente anteriores nunca han presenciado uno que otro debate entre figuras públicas de valía, como cuando el profesor Juan Bosch y el sacerdote Láutico García se enfrentaron en diciembre de 1963, y como cuando el entonces muy lúcido y bien librado Hatuey De Camps y Vincho Castillo se confrontaron en 1978.