Letras Libres

El tardío lamento de Leonel

Por José Luis Taveras

El 21 de diciembre de 2015, el presidente del PLD, Leonel Fernández, declaró que el desafío fundamental del partido “consiste en promover la calidad de sus miembros”. Tal confesión se produce como respuesta a los actos de violencia que afectaron las recientes primarias de esa organización. Esta admisión por parte de Fernández es inusual si se considera que el líder ha sido muy cauto para reconocer errores. Obviamente, dos muertes son muy difíciles de apañar, más en circunstancias tan absurdas.

Es singularmente llamativa la forma en que Fernández se plantea el reto: apela a una expresión muy fría cuando se refiere a “la calidad de sus miembros”, como si se tratara de mercancías. Me resulta inevitable imaginar una cadena de “miembros” corriendo por los rieles de la producción industrial con defectos de fábrica rumbo al desecho o al reciclaje. Y creo que en el subconsciente del político esa imagen estaba de alguna manera prefigurada si se considera el contexto tan masificado al que alude: una organización donde el miembro se confunde con un número serial en un padrón.

Pero tampoco el PLD tiene muchas esperanzas de cambio en las generaciones emergentes porque estas se han fraguado al amparo de los antivalores que recibieron: el materialismo, la vanidad, el dispendio, el festín, el hedonismo del poder y la indulgencia ética.

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Es bueno que sea el presidente del partido y no otro dirigente el que haya aceptado esta verdad porque el propio Fernández contribuyó por acción u omisión a que el perfil orgánico y moral del miembro del PLD se diluyera como consecuencia de dos realidades avasallantes: la libre apertura de la organización por imperativos electorales y el mal ejemplo de la dirigencia.

En el primer caso, es forzoso repetir lo que otros tantos han advertido: que el PLD era un partido de cuadros sujeto a una disciplina centralizada y vertical. Esa realidad se mantuvo así hasta llegar al segundo gobierno. El ejercicio del poder no solo destempló la disciplina de la organización, sino que les permitió a actores sin ascendencia partidaria entrar a ella por sus contribuciones económicas o vínculos de negocios con la alta dirigencia. A partir de su segunda gestión (2004-2008), el PLD, infundido por apetitos inmoderados de poder, les acreditó candidaturas a los “nuevos ricos” de las provincias, quienes rápidamente desplazaron a dirigentes históricos sin aval económico. Ya al final de su segundo gobierno el PLD era un partido de gente rica. Los altos salarios y la corrupción burocrática constituyeron una ralea partidaria dueña de fortunas obscenas. Una nueva plutocracia conformada por contratistas, empresarios del poder y políticos se instalaba así en la República Dominicana con capacidad para desafiar las fortunas generacionales más dilatadas. El partido se convirtió en una franquicia opulenta y sin rival. Hoy, las candidaturas y las posiciones se debaten competitivamente en el terreno financiero; la emergencia del danilismo, una fuerza marginal y excluida, se fortalece con los recursos del gobierno y la deslealtad de viejos cuadros del leonelismo. Dinero y poder son elementos inflamables y cuando se juntan en un escenario de contradicciones la combustión resulta inevitable. Este es el momento que vive y le espera al PLD: un ambiente de hostilidad potencialmente autodestructivo.

Con respecto al segundo tópico del análisis, es preciso indicar que la mala calidad de la membresía se debe en gran medida al mal ejemplo de la dirigencia. Si hay un factor que inspira respeto y convoca a la admiración, es la autoridad moral; cuando un líder pierde esa condición se expone a dos riesgos: en primer lugar, sufrir el irrespeto o la insubordinación de sus leales y, en segundo, reproducir en ellos sus vicios. El problema ético del PLD es grave porque nace en su dirigencia. Existen malos miembros porque hay malos dirigentes. Siempre he dicho que “cuando los padres son promiscuos los hijos celebran orgías”. Así, cuando el presidente de un partido, como gobernante, no solo “fomenta” la corrupción como cultura de poder sino que pervierte el sistema judicial para redimir la impunidad de sus colaboradores, pierde toda vergüenza para reclamarle calidad a sus seguidores. En ese contexto, creo que, si es sincera su declaración, Leonel debiera empezar la esterilización en su propio despacho y luego en el Comité Político donde se anidan las bacterias más depredadoras. Sencillo: el PLD está cosechando lo que sembró, ni más ni menos; con la agravante de que existen condiciones ya irreversibles.

Pero tampoco el PLD tiene muchas esperanzas de cambio en las generaciones emergentes porque estas se han fraguado al amparo de los antivalores que recibieron: el materialismo, la vanidad, el dispendio, el festín, el hedonismo del poder y la indulgencia ética. No es precisamente aquella juventud que espera, estudia o “conceptualiza”, sino la que se formó bajo la torcida expectativa de que el activismo político constituye una oportunidad rápida y cómoda para escalar al éxito y a la buena vida. Parece muy tarde para empezar y aún más lejos para volver a las raíces; la descomposición del PLD ha hecho metástasis. Hay momentos en los que solo la fuerza consumidora del fuego puede purificar. Me parece que en el PLD se necesita con cierta urgencia un buen pirómano moral.

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