Vivimos, ¿vivimos?, la vida como si todo acabara mañana. O de inmediato. Andamos tan de prisa, que no nos damos cuenta de muchas cosas que ocurren a nuestro alrededor. O peor, que incluso acontecen dentro de nosotros mismos. Nos hemos acostumbrado al correcorre diario como una forma de vida. No se repara en nada y quizás es por eso, precisamente, que muy pocas cosas importan, sobre todo “si no son de mi incumbencia”. Y de esa manera, va transcurriendo nuestra vida y nuestra existencia. Por esa razón, quizás hablar de simpleza y, mucho más, de la quietud, nos suena como algo exotérico. Espero que les pueda ser útil.

A los que estamos en esta parte del mundo, quizás es por eso, además, que nos cuesta tanto entender que una persona se pase más allá de su vida y, a veces, de otras vidas que les antecedieron o le sucederán, cultivando un bonsai. Como precisamente en esta parte del mundo nos hemos acostumbrado a la máxima, de que todo se vende y todo se compra, preferimos pagar su costo a la “chinita” de la esquina aquella, que asumir el costo personal de pasarse la vida en eso, sembrándolo, podando algunas de sus hojas y ramas, como algunas de sus raíces, alambrando e ir dándole giros a algunas ramas, manteniendo determinada humedad en la tierra, etcétera, para lograr esa pequeña magia que es un bonsai.  Al final, generalmente termina secándose y, por supuesto, al zafacón. 

De esa manera, nuestra vida cae atrapada en la lógica del mercado, si algo te interesa, aunque el interés fuera momentáneo, cómpralo, y ya está. Su valor entonces no procura satisfacer una necesidad interna de realización, sino más bien, la necesidad de mostrar su capacidad de compra. 

Por otra parte, en la vida personal, como incluso en la vida social y máxime si esta tiene que ver con cuestiones de políticas públicas, la realidad la hemos complejizado de tal manera que, por supuesto, siempre diremos que sus soluciones son complejas y complicadas, y con ello quizás ocultar lo verdadero, la interposición de intereses, sobradas veces, ajenos a la realidad, tal y como ella es. (En el caso de las cuestiones públicas, esos intereses obedecen más a razones particulares de quien tiene la responsabilidad de la política y, corporativo, pues responden a los intereses de los “grupos de pertenencia o de referencia social”. Mientras, quienes son el objeto de la política pública en cuestión, tendrán que ver pospuestas las soluciones a sus necesidades). Excusen el entre paréntesis.

Esa actitud de ver su realidad personal como una realidad compleja, es lo que algunos llaman “el síndrome de la complejidad innecesaria”. Las consecuencias son obvias, la situación nos detiene, nos traba, se nos va el tiempo en polémicas muchas veces improductivas, nos proponemos incluso cosas que son casi imposibles de realizar, y terminamos exhaustos y la mar de veces, paralizados. ¿Qué es lo que nos impide mantener las cosas simples? ¿Por qué no asumir la máxima de “mantenlo simple y soso”? ¿A caso perderá valor o sabor el problema que enfrentamos? ¿Será que nuestro ego no nos permite el lujo de entender que las cosas son más simples de lo que pensamos? ¿Será que lo soso carece de gracia e interés?

Lo cierto es que generalmente, como una manera de darle relevancia a la situación sentida o vivida, necesitamos hacerlas sentir como compleja y, de esa manera, justificarnos frente a los demás. Por ello es tan importante, muchas veces, colocarnos en el lugar del otro, sobre todo cuando la realidad del otro sí es más compleja que la nuestra, y él o ella, la enfrentaron con éxito. La autovictimización, cada vez más frecuente en el momento actual, nos corroe el alma, la autoestima y la confianza personal, dándonos la sensación de una situación cómoda y agradable, colocándonos en una dimensión imaginaria de la persona que necesita del consuelo y la comprensión de los demás.

Debemos aprender a despojarnos de las barreras de las complejidades innecesarias, superando los prejuicios, no necesariamente sociales, que distorsionan nuestra percepción de la realidad, transparentándola y haciéndola más fácil para enfrentar.

Por otro lado, esa misma vida que “todo parece llevarse por delante”, nos impide apreciar el valor de la quietud. Aunque parezca irrisorio y, por supuesto, “incomparable con la vida de los seres humanos”, un árbol puede llegar a durar miles de años, con movimientos imperceptibles a la vista humana. ¡Claro que sí, que no somos árboles! Como diría alguien: ¡Obvio!

Wang Xiang Zhai (1), quien nació en el 1885 y murió en el 1963, encontró respuestas importantes, luego de un largo recorrido por toda la China, buscando las raíces más antiguas de las artes marciales internas, redefiniendo la relación entre quietud y movimiento, y que el llamó la “práctica del Pilar”, convirtiéndola en el centro del entrenamiento marcial. Tuvo que despojar la práctica del Taijiquan o Taichichuan en su pronunciación fonética, del sentido de lucha marcial por el de salud y tratamiento, debido a las presiones de las autoridades del gobierno chino. 

Inició su práctica en el llamado Hospital del Ferrocarril, donde empezó a recibir muchos enfermos de “todo tipo de afecciones” que se recuperaban muy rápidamente “permaneciendo solo de pie, sin moverse, como una estatua”.  Se planteó el reto de “entender el origen de la fuerza interna”, lo que él llamó “la vía de cultivo doble: entrenamiento físico y mental”. Dicha práctica fue conocida como Zhan Zhuang o desarrollo de la fuerza interna, abriendo la comunicación consciente entre la mente-corazón y el sistema nervioso central. 

La práctica del Taijiquian o taichichuan, por otra parte, a través de sus ejercicios suaves y lentos, de formas redondeadas, activan el sistema circulatorio fortaleciéndolo y mejorando la vida, en sentido general. Pero incluso, ejercitar el interior en la inmovilidad externa, experimentando la fuerza de la energía como su movimiento al interior del cuerpo, conjuntamente con la energía global integrada a todo cuanto te rodea, produce importantes resultados respecto al bienestar y la salud.

De esta manera, la “quietud activa”, me atrevería a decir, acompañada del sosiego, el reposo y descanso necesario, son reparadores del cuerpo y del espíritu. Permiten que hagamos mayor conciencia de la densidad y el peso con que se desenvuelve nuestra vida. La quietud da la posibilidad de hacer mayor conciencia del ser corporal y emocional, encontrando nuevas maneras de sentir y ser.

Date la oportunidad de vivir tu vida con mayor simpleza y quietud, con ello te darás cuenta de que tú y tu entorno se hace más calmo y llevadero. ¡Anímate! Con el tiempo verás que tu cuerpo y tu mente experimentan cambios muy significativos.

Nota:

  1.  Yu Yongnian (2012). El arte de nutrir la vida. Zhan Zhuang, el poder de la quietud. Discovery Publisher, Nueva York.