(A mi tía Chea, valiente, audaz, comprometida. Mi referente)

Con dolorosa frecuencia, cuando pasa la historia de los hechos vivos a la letra muerta, se extravía la verdad, a veces se dislocan los hechos, a menudo se alteran las fechas y las intenciones, pero es frecuente obviar la presencia de la mujer como parte fundamental de la historia.

Hay entonces que detenerse en la crónica de los hechos, para escudriñar esa presencia de la mujer, casi siempre relegada o simplemente ignorada.

Es mi intención desempolvar la historia de mujeres a cuya indispensable colaboración también debemos importantes conquistas. El tiempo ha transcurrido, pero la verdad, esa verdad demoledora que resiste a la muerte y a la mentira, nos inspira a   ubicarlas en su tiempo, contar sus luchas y sus afanes, y, justamente reconocerlas como las primeras mujeres constitucionalistas de la historia contemporánea.

El 27 de febrero de 1963 se instaló el gobierno del PRD presidido por el profesor Juan Bosch; la gran mayoría de los dominicanos esperaba que la nación se encaminara por senderos democráticos.

Muchos militares y sus familias no fuimos indiferentes a los cambios que se producían en la sociedad dominicana.

Entendimos el nuevo rol que los militares estaban obligados a jugar en una sociedad que anhelaba vivir bajo un estado de derecho, que permitiría el desarrollo y la paz de la nación.

La vida nos colocó al lado de un grupo de oficiales que honraban a la institución por su ejemplar conducta, por sus conocimientos y por tener una hoja de servicio limpia.

De ahí que se mantuvieran vigilantes ante cualquier intento de derrocar al gobierno constitucional elegido en unos sufragios cuya limpieza nadie puso en tela de juicio.

Consustanciados con el juramento que toma el soldado, para aquellos jóvenes militares, violar la Constitución y las Leyes,   cuestionar a su Comandante en Jefe, el Presidente de la República, violentar la voluntad del pueblo dominicano e interrumpir el trabajo de modernización de las instituciones armadas, era decididamente inaceptable. Y no lo aceptaron.

Esos oficiales entendieron que a las Fuerzas Armadas Dominicanas, también les había llegado su tiempo.

Y en esa lucha estuvimos involucradas las esposas de esos militares.

Éramos mujeres muy jóvenes y en plena crianza de nuestros hijos, pero comprendimos que la razón de la lucha de nuestros compañeros era tan justa, tan legal y tan contundentemente moral, que nos obligó desde el primer momento, a tener conciencia de cual era nuestro papel.

Y lo jugamos.

Estas bregas y afanes comenzaron tiempo después de la toma de posesión del Presidente Juan Bosch, quien, ante las intenciones de derrocar su gobierno, autorizó a ese grupo de oficiales a evitarlo; estaban orientados y dirigidos por el teniente coronel de la Fuerza Aérea Dominicana, Rafael Tomás Fernández Domínguez, líder de la joven oficialidad.

Esos oficiales rompieron esquemas establecidos por años y dieron los primeros pasos tendentes a que las Fuerzas Armadas Dominicanas ejercieran su verdadera función: ser guardianas de las instituciones democráticas.

Entendimos la magnitud de esta tarea, pero no nos detuvo el miedo a un futuro que presagiábamos incierto y algunas nos convertimos en piezas claves para la consecución de sus propósitos.

Participamos de trascendentes decisiones.

Se nos encomendaron delicadas tareas y cumplimos importantes misiones. De manera que fuimos parte del proceso de formación del Movimiento Constitucionalista. Esto es, entendimos y en muchos casos seguimos, las directrices y la táctica y estrategia implantadas por su liderazgo. ¿Por qué, entonces, no decir que también somos fundadoras de ese movimiento, que estimuló y señaló el camino para posteriormente concretar gloriosas luchas por la Constitución, la libertad y la soberanía nacional?

A más de medio siglo de estos acontecimientos, nos vemos precisados a recalcar estos hechos, reafirmar la cronología de su desarrollo y proclamar con incansable insistencia, que la luz de la constitucionalidad surgió en los cuarteles.

Entre el saludo militar, el taconeo de las botas y las charreteras, se enredó, como nunca antes, el amor, la pasión y la admiración de estas mujeres por sus compañeros.   Y cuando ellos asumieron como decisión indeclinable reponer el gobierno constitucional, bajo la noble consigna de que “las Fuerzas Armadas deben devolverle al Pueblo lo que las Fuerzas Armadas le quitaron”, nosotras también lo asumimos.

Nunca vacilamos porque nuestra decisión estuvo siempre fundamentada en la certeza de que teníamos razón

Junto a estos militares, pioneros de la lucha democrática en los cuarteles, hubo mujeres que los apoyaron, en cualquier escenario y circunstancias. Lo hicieron con entereza y responsabilidad.

De ahí, la importancia de rescatarlas para conocer y reconocer el trabajo que hicieron, desde el origen mismo de la lucha constitucionalista.

Con el paso de los años y los acontecimientos, apreciamos el resultado más que positivo del trabajo que hicimos. Entendimos que había que seguir; que nunca se termina cuando lo que hacemos es con el propósito de construir. Y eso es lo que siempre hemos hecho: construir en la idea de la libertad, de la paz y la reconciliación nacional.

Esta actitud adquiere mayor   relevancia si recordamos que en aquellos tiempos la mujer estaba excluida de los roles de la sociedad y se enmarcaba en una desigualdad con caracteres opresores; pero a pesar de tantos obstáculos, no sólo   desafiamos los rígidos parámetros culturales e ideológicos de la época, los rompimos.

Posterior a estas luchas, no nos hemos limitado a las labores cotidianas del hogar. Con el mismo espíritu de generosa entrega hemos formado a nuestros hijos en la idea de que tienen que ser hombres y mujeres de bien, dispuestos a servir con determinación a los mejores intereses del pueblo; también nos insertamos en los diversos sectores de la sociedad y participamos activamente en el desarrollo social, cultural y político del país.

Y con esta conducta, las primeras   mujeres constitucionalistas dejamos al futuro una invaluable lección: la necesidad   de hacer lo correcto cuando nos lo exige el momento, sin importarnos el precio a pagar y sin esperar nada a cambio, porque, queridos y queridas mías, el tiempo pasa y apenas somos un instante en la historia, en la larga historia de lucha de los pueblos por su libertad.

Hicimos lo que debíamos y lo hicimos de la mejor manera posible. No nos arrepentimos de nuestras luchas, a pesar de tantas dificultades y sacrificios. Pero estamos aquí, satisfechas y en paz, con mas fuerzas que nunca antes, recreando el pasado, para construir el futuro.

Y nos enorgullece decir, que aunque no se conozca y reconozca nuestro aporte, sabemos que, junto a nuestros compañeros, tenemos ganada una pequeñita cuota de lo que, únicamente aspiramos tener: el respeto del pueblo y de la historia.

Mientras, seguiremos construyendo.