Si observamos el mundo en el cual existimos, hallaríamos un cielo repleto de pájaros de acero, y la burda ilusión de cambiar los rostros ambiguos.

Hace tiempo que la humanidad perdió la cordura y que no resplandece con nuevos matices, que no acudimos a nuevos destinos. Es posible pensar que hemos existido particularmente dando riendas sueltas a pasiones diversas, donde los otros se transmutan sin entrañas o mesura.

La permanencia en soledad y la tempestad de antinomias del mundo, jamás serán resueltas en esta dolorosa tensión, sino cuando se llegue a conciliar la trascendencia gnoseológica que dio inicio a la vida con lo real-no-racional que es la entrañable vinculación con el universo de los mitos.

Cuando la sensación de desamparo no sea una debilidad para aglutinar yoes en fuga, la memoria dará orden junto al demiurgo a las premoniciones que entre la carne y el espíritu el alma atesora como virtud de lo divino.

Entonces el ser humano, escindido en el espacio, deberá rescatar la unidad primigenia para dar testimonio de la plenitud de sus facultades, de esa paralela y enorme intensidad de rebeldía que abrió al porvenir las pautas de la perplejidad sin temor a la muerte.

Esta suprema verdad está unida a la condición misteriosa y total del ser, al punto de origen donde se problematizó el devenir como forma del subconsciente, y que a juzgar  por su actividad es trascendente y valedera.

Esta suprema verdad es la vuelta del ser  a la pura idea, a la fantasía delirante, al revés del mundo: la nada.

El mundo necesita de las fuerzas que ha guardado bajo los arcos que la noche llenó con misteriosa belleza, en esa metrópolis iluminada de colaterales residencias, asomándose al lenguaje de la inmanencia.

La anciana humanidad no va a mitigar sus angustias hasta tanto se reivindiquen los símbolos que proclamó el Uno Concreto, el Uno Abstracto, que haciéndose a sí mismo eterno se levantó para arrullar la utopía hasta llegar a la síntesis sin fatuidad posterior, sólo con la fértil atmósfera que el Creador vistió de paisajes y paradojas oportunas.

Si me preguntan qué hago yo aquí, me atrevería a decir que es, para reafirmar ese reino total que nos pertenece y que es, sin dudas, nuestro  gran desafío.