El inodoro es un pequeño trono que me empuja a una devoción fetichista. Es butaca, confesionario y recipiente. Uno de los pocos muebles que nos coloca en la justa posición de lo que somos. En él descargamos no solo lo que nos sobra sino el disimulo de lo que presumimos. Más que un asiento hueco de porcelana es conciencia mortal. El único espacio de nuestro mundo donde no hay fingimientos, dobleces, ostentaciones ni tramoyas. El inodoro es el proscenio del gran drama fecal: un espectáculo de la miseria tragicómica de la vida. Ese altar donde expiamos soberbias, abandonamos poses y rendimos altiveces; donde actuamos ineludiblemente como somos: con pujos, jadeos, cólicos y gritos de alivio. ¿Quién puede esconder frente a él sus malditas miserias?   

A las piedras angulares de la filosofía medieval (tierra, agua, aire y fuego) hay que agregar el inodoro como santuario de la verdad inútilmente revelada. Y es que en su pozuelo quieto y sumiso se recibe y desecha la última razón, esa que como acertijo no ha podido ser desentrañada por los espíritus más preclaros: la mortalidad. Sí, la mierda es un desecho virtuoso: nos tasa, rasa e iguala en existencia y deja en cuclillas los rangos, las jerarquías, los abolengos y los títulos como necias construcciones de los espejismos humanos.

¿Acaso hay algún poder en el universo que pueda desechar el uso del inodoro? ¿O alguna virtud, condición o estado que nos iguale tan imperativa y universalmente? El inodoro es totalitario e inclusivo. Es el poder del Estado en un comunismo fecal. No hay autoridad ni tiranía que lo sobrepuje en imposición recaudatoria ni déspota que logre rendir a sus pies tantos apuros. Nos doblega, nos rinde, nos humilla, nos inculpa. Ante su estrado, el homus erectus es pretensión fallida, las diferencias pierden sentido y los rangos alturas. 

Defecar es una insubordinación indomable. Desafía las costumbres y disciplinas más austeras. Cuando sus ganas llegan no hay disuasión que desvíe sus designios ni protocolo que excuse sus urgencias. Nos recuerda soberanamente que el dominio es de la naturaleza y que el inodoro es un retablo de su culto.  Defecar es de humanos. ¿Acaso excreta el Papa oro? ¿O Beyoncé esmeralda? Pensar que soy uno más de los 7,300 millones de defecadores en el mundo me hace sentir pequeñamente grande. ¿Qué apremio nos regresa a la mortalidad tan cotidianamente como una deposición fecal en el inodoro? Un altar a las miserias humanas. Jesús dijo: “¿También vosotros sois aún sin entendimiento? ¿No entendéis que todo lo que entra en la boca va al vientre, y es echado en la letrina? Pero lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre”. ¡Qué vanos somos!