En días pasados la Oficina Nacional de Estadísticas anunció el nacimiento del dominicano número 10 millones. Al menos así lo interpretó la gente, como que ahora somos diez millones de dominicanos; en realidad, no es eso lo que indica el dato, sino que en este país vivimos 10 millones de personas. La población de un país no se mide en función de nacionalidad, sino de cuántos viven ahí. Seguramente los dominicanos somos más, entendiendo que son más los nuestros en el exterior que los extranjeros aquí.

Muchos se sorprendieron de que fuéramos tantos, mientras otros nos sorprendimos de tan pocos que somos. Tres decenios atrás, cuando la población nacional crecía mucho, las proyecciones indicaban que el país alcanzaría las 10 millones de personas hace mucho tiempo ya. Obsérvese que si hubiera seguido creciendo al ritmo que lo hizo entre 1960 y 1980 hoy el país tendría 15.5 millones de habitantes. Pero casi dejó de crecer. Es más, todavía los organismos internacionales manejan cifras de una población mayor en nuestro país y muchísimos estudios se han publicado partiendo de esa base.

Una publicación de la CEPAL (Panorama Social de América Latina) de hace apenas siete años preveía que el país tendría más de 10 millones en el año 2010 y todavía el Panorama Social del último año nos ubica en un número más alto ahora. Una revisión de la demografía mundial de las Naciones Unidas hecha este mismo año (World Population Prospects, 2015 Revision) muestra para nuestro país una población de más de diez y medio (10.53) millones al pasado primero de julio (los datos anuales de población suelen referirse a ese día por ser mitad de año).

Pero la realidad es que la población dominicana está creciendo muy poco, y eso ha sorprendido a muchos. La tasa de fecundidad de las mujeres bajó abruptamente desde hace un buen tiempo, pero sobre todo, los dominicanos siguen emigrando hacia otras partes del mundo en grandes proporciones. En cualquier país del mundo aparecen cantidades de compatriotas, y las concentraciones de dominicanos que antes se ubicaban en Nueva York, Puerto Rico y Venezuela, ahora aparecen en otros estados norteamericanos, en múltiples países de Europa, Sudamérica, en Canadá y hasta Centroamérica e islas del Caribe.

La emigración es un fenómeno que por largo tiempo vive la región del Caribe: Cuba, Puerto Rico, Guyana, Jamaica, Barbados, Trinidad-Tobago y muchísimas de las islitas vecinas no tienen mucha más población hoy que la que tenían hace 30 o 40 años. Ahora bien, esto puede resultar conveniente, pues deberíamos entender que hace medio siglo el Caribe era una zona muy amenazada por la presión demográfica sobre su limitada superficie y recursos naturales.

En la parte continental de América Latina, Bolivia era menor que nosotros y nos superó, Guatemala y Ecuador eran ligeramente mayores pero ahora son mucho mayores, mientras que Honduras casi nos alcanza. Aunque tienen bastante más espacio habitable. Del Caribe, los únicos países con baja densidad demográfica son Cuba y las antiguas Guayanas. Claro está, sin contar a Venezuela.

Pero vamos a referirnos a nuestra propia isla, que es lo más importante, y está superpoblada, con más de veinte millones. La población de esta isla continuó creciendo mucho hasta los años ochenta, pero después amainó, principalmente la dominicana. Incluso hay un dato que ha de llamar la atención: en 1950 la población de Haití superaba en 40% a la dominicana, pero crecía menos; entre los años setenta y los noventa los dominicanos pasamos a ser más que ellos, pero en los últimos veinte años volvieron a superarnos.  Esto es en términos de la población que habita el territorio, pues en términos de nacionalidad no está claro cuál es mayor, aunque es también probable que haya más haitianos que dominicanos fuera de su país. Comenzando por los que están aquí mismo.

De todas maneras, por el ritmo de crecimiento reciente todo indica que Haití nos superará cada vez más en población y dado, no solo su pobreza, sino su escasa superficie aprovechable, la presión sobre nuestro territorio será cada vez mayor, a menos que aprendan a viajar hacia el oeste o hacia el sur. El problema es que hacia el este se llega a pié, incluso pasando el Masacre.

La intención es mostrar que con el escaso crecimiento demográfico dominicano la presión va a ser creciente por ocupar el espacio que dejan nuestros emigrantes, y nuestra sociedad tiene que estar preparada para los efectos.