Esto no es cosa de

haitianos o dominicanos.

Esto es cosa de Dios.

Juan Dicent

 

En tiempos donde abundan los estereotipos o fórmulas para responder al interrogante ¿qué es un buen escritor? Juan Dicent responde echando leña al fuego, atendiendo a la confusión, a la vacilación. Uno de los rasgos característicos del ejercicio de la escritura en Dominicana es la certeza, la seguridad de la voz literaria, ya sea crítica, poética o narrativa. Luego está el miedo a malhablar; nada que ver con la falta ortográfica (nuestras ediciones siguen muy descuidadas) sino con el habla cotidiana: el que escribe tiene terror a pronunciar mal porque no quiere que se note la falla, lo que traduce en una partícula defectuosa, nebulosa, producto de una psiquis clase media. Se pierde así la belleza que se da en los matices del día a día del lenguaje. En definitiva, se trata de quedar o aparentar bien, lastre que arrastramos desde la palabra encadenada del balaguerato.

Independientemente de la finalidad del texto, la literatura que cuenta, la importante, no presta atención a estas aspiraciones y pone su atención en el lenguaje: complejo andamiaje que afecta las formas en que el individuo se relaciona con el tiempo y el espacio y viceversa. Estas son las esferas de preocupación en donde se mueve Dino Bonao, quien vive con el oído alerta a la pifia, a nuestras imperfecciones… Tras una presunta ironía palpita la reflexión profunda del haiku, no la métrica sino la intensidad. Luego están las inverosímiles asociaciones de textos y sus reinterpretaciones, que siempre tienen como medio y objeto (este es un conflicto que no se resuelve) en el desorden de la mediaisla. Dicent posee un olfato que ni el tipo de El perfume… él sabe dónde huele a mierda y va, da cuenta de lo que acontece. Dino nos encuentra en el lugar donde somos menos.

Puedo entender que para un sector de nuestra ultraderecha, para los que así se piensan, para algunos covachuelistas y, como les llamaría Pastor, para los solaperos o excavadores de la identidad, la escritura de Juan Dicent pueda parecer indecente. Este lector informado, digamos, por cierta inquietud dilatada por una retórica en donde lo dominicano es algo indivisible, puro o soberano, dirá que los cuentos, las crónicas y la poesía de Dino Bonao son una broma vulgar, de pésimo gusto y que no aportan nada a la búsqueda de un ser nacional. En este sentido, Juan Dicent, alias Dino Bonao, es un gran escritor. ¿Porqué? La poesía es claridad para sí misma y a la vez, permite al lector reconocer y reconocerse en el lenguaje. No es buena la poesía porque siga patrones determinados o cumpla finalidades de lo que un sector entiende por la misión del arte, sino por lo que cuestiona o asedia, por las discusiones que propone. Como en el caso de Junot Díaz, la escritura y hasta persona de Dicent han sido agraviadas por cierto sector de la crítica dominicana. En cuanto a lo de Junot, los invito a leer el tremendo ensayo que acaba de publicar la chilena radicada en Barcelona Fernanda Bustamante E., en donde se desmonta toda esta estructura de desautorización de la obra del Pullitzer; para ilustrar a Bonao, quien es también objeto de estudio del ensayo de Fernanda, basta recordar cómo un famoso caricaturista lo calificó de seudo intelectual, haciendo énfasis en que Dino residía en NYC y no en el país.

Pero regresemos, leamos a Juan, al gran lector de Lezama Lima, al traductor de William Carlos Williams. Leamos. Podremos degustar de una escritura que refleja estas influencias no en la mimesis sino en el sentido, en la forma de dar espacio y lucidez a nuestro desorden de contenido. La escritura de Juan Dicent es más que dominicana, es caribeña y universal, y con todo reitero que no es la escritura (el acto, el blog-bitácora, las publicaciones que metamorfosean de editorial en editorial) sino el sentido, el oído y el olfato que tiene el hombre para ciertos instantes, la grandeza del gesto simple… En un poema llamado Fake, dice:

Desde mi casa

Un caracol es el mar

Dos versos. Certeza y profundidad. Una escritura que cuenta con la capacidad de atrapar la epifanía pasional del instante caribe. Es fácil molestarse con Dicent, encontrar o achacar defectos a su exilio. Los aerolitos de la literatura dominicana no saben qué hacer con él. Y hoy voy a decirles porqué: no se puede pretender estudiar el objeto con elementos que foráneos al objeto observado. No suelo hacer este tipo de traslados porque me parecen un poco arriesgados, pero leyendo la escasa crítica que se ejerce en Dominicana, por momentos presiento un desencanto pronosticado; se habla con desprecio de los textos, y ojo que cuando digo crítica me refiero a los textos que salen en revistas y periódicos, no puedo caer en el truco de creer o seguir todo lo que se dice por las redes sociales, que puede ser perturbador y masturbador. Okay lo entiendo, ya nadie lee, la feria del libro es un desastre, el horizonte editorial es triste… Pero si para todo lo demás recurrimos a ese supuesto tesón dominicano, que significa más o menos un sexto sentido que nos ayuda a avanzar entre la desgracia, ¿Porqué en la literatura no? ¿Porqué no mirarnos y reírnos sin edulcorantes, sin la comedieta fácil, enfrentando nuestra bajeza sin doble moral? Sé, que para este aciago momento, en donde nuestra constitucionalidad es patrimonio de cierta aventura política y empresarial, más que la risotada lo que necesitamos es la introspección o la contemplación a la que aspiraba Matos Paoli. Pero sostengo la hipótesis (o la metáfora) de que la burla y la risa al propio reflejo, es un idóneo punto de partida para empezar a vernos, a contarnos, entre las 20 niñas agraciadas de Dino:

 

Y somos 20 niñas

Y estamos ensayando

Y ahí viene ese camión

Ay virgen qué frenazo

Al (re)leer Poeta en Animal Planet Revisited (Ed. Cielonaranja, Berlín-Santo Domingo) uno queda envuelto en el accidente de una poesía  que se constituye en pequeños instantes, breves luminarias que atrapan los momentos de la fricción del lenguaje y el presente social. Es bueno entonces, para redondear ya la idea de porqué este muchacho es un buen escritor, hacer preguntas alrededor de las razones para leer a Dicent. ¿Cómo se le arrebata un chiste a la tradición oral? ¿Cómo se vuelve a insertar este chiste en la tradición literaria en forma de poema? Quizás en este tiempo de payasadas políticas y sociales, en una ciudad, como bien apunta él, construida por ingenieros, poblada de atracadores a la clara, de descuidistas y agitadores del verbo, la reacción del poeta debe ser prosaica. No vayan más lejos y miren el ejemplo de Roberto Bolaño, de Alejandro Zambra o del mismo Homero Pumarol. El poeta es el que registra y el registro de Dicent es la ironía, terreno harto escabroso. De más está decir que no se sale ileso de esta lectura… a las pruebas me remito.

Esta última va para los haters que, sabemos, los hay, ya que la literatura es una idea rodeada de necios. ¿Precisan de una teoría para abordar a Dino Bonao? Y fíjense que no digo entender porque ¿qué es entender un texto? No. Una teoría para que usted diga o recontradiga… para que usted también, con propiedad, diga lo que no funciona, no lo que no le gusta. Se sabe ya que la poesía está separada del mito y que éste no puede reproducir formas análogas (la relación imagen-texto ha cambiado) y entonces la poesía, armada con elementos más allá del lenguaje, pero limitada a la realidad, no busca ser el momento vertiginoso del lenguaje, sino que el poeta identifica y luego traduce esa vertiginosidad. Esta forma simbólica contiene elementos como la simplicidad, la naturalidad, el no conformismo… esta poesía no juzga, busca; no está contenida, es libre. Ahora ve y busca tu copia de Poeta en Animal Planet Revisited. Vamos, súbete y disfruta. Deja que él te explique lo que es el deleite, cómo vivir y sobrevivir en él, porque para morir están los barrios, los consulados, las aduanas y la calle. Ven, atrévete y Bayamóntate, que esto y mucho más vas a encontrar en Bonao. 

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