El poder es el objeto de estudio de diversas ramas del pensamiento científico, particularmente de la Ciencia Política. Especialistas en ese tema lo han tratado con la profundidad propia de sus oficios. Sin embargo, a pesar de los irremediables límites del saber popular o de sentido común, es evidente la precisión con que la gente corriente, basada en ese saber, percibe y describe los cambios de comportamiento de algunas personas cuando asumen determinadas formas de poder, sobre todo en el ámbito de la política. Los percibe en muchos de los incumbentes de los gobiernos que terminan y de igual manera en los que les suceden, como ocurre actualmente en nuestro país, siendo muchas las anécdotas que se cuentan sobre el particular.

Las experiencias vividas que motivan la generalidad de esas anécdotas son tan variadas como los sectores sociales y singulares personas que las cuentan. La queja más frecuente es que tal o cual funcionario, antes muy amigo o compañero de viaje en un colectivo, no devuelve llamadas o que ahora  da un trato distante. En tal sentido, son cada vez más recurrentes las preguntas: ¿Por qué la gente tiende a asumir un cambio de actitud, de lenguaje corporal y hasta de vestimenta cuando ocupa una posición de poder en la esfera de lo político o de lo económico? ¿Es que, en lo personal, el ser humano es incapaz de trascender la levedad y a veces brevedad del poder? Esas preguntas nos remiten de inmediato a la discusión sobre la naturaleza humana.

Desde sus particulares perspectivas, pensadores del talante de Fromm, Rousseau, Freud, Marx, Weber, Kelsen, entre otros, han profundizado bastante sobre ese tema,  situándolo como eje transversal en sus estudios del poder en términos político, social y personal. Los cito sólo como referencias para aquellos que quieran ahondar en el conocimiento esas transformaciones, comportamiento y actitudes de algunas personas cuando asumen algunas formas de poder. Los cambios políticos, generalmente, originan que no pocos de sus beneficiarios lo primero que hacen es cambiar de casa, de barrios, de amigos y hasta de pareja, además de sus trapos viejos. Como si de improviso despertasen los demonios que dentro de ellos aparentemente dormían.

El nuevo ambiente político se convierte en la garantía de ese poder personal recién adquirido, de esa revalorización/enajenación de su yo. Esa circunstancia, determinaría que los comportamientos individuales, producidos por la nueva situación político/social tiendan a devenir un comportamiento colectivo, que generalmente dan paso a la aparición de las más diversas y peligrosas expresiones de intolerancia hacia todo aquel que amenace ese nuevo orden que en cierta medida se convierte en garantista. En ese caso el poder político/personal manifiesta una acusada propensión hacia el irrespeto a las normas, a la inexistencia de un régimen de consecuencias. Pienso que el paso del PLD por el poder puede servir de punto de reflexión sobre la consistencia de este aserto.

En nuestra cultura política es muy recurrente la expresión: el poder es para usarlo y sólo para los “nuestros”, los ejemplos sobran. Cuando eso sucede, se crean las condiciones para que se expresen tendencias a no reconocer derechos fundamentales, sobre todo del derecho al trabajo, planteándose la cuestión sobre si los gobiernos, motu proprio, se avienen al respeto de esos derechos o si es la acción colectiva la encargada a limitar los desmanes que generalmente se cometen desde poder, como diría Kersen. En nuestro país, nunca se había generado una forma de incidencia sobre el poder tan efectiva como Marcha Verde, de la cual los impactantes momentos de Plaza de la Bandera fueron su última gran manifestación en las calles contra los desafueros del antiguo régimen.

 

Como sociedad, tenemos la suerte contar con esa experiencia de incidencia de la colectividad en el ámbito del poder para limitar las deformaciones que las acciones/ambiciones personales pueden causarle a los gobiernos. Pero, es necesario dejar claro que la dimensión y efectividad de esa experiencia, en tanto sedimento potencialmente determinante para el establecimiento de un irreversible estado de derecho, pasa necesariamente por la existencia/voluntad de una organización política que asuma y exprese lo mejor de dicho sedimento. Eso requiere la persistencia de muchas colectividades políticas, sociales e individualidades  que creen y se batieron firmantemente por la idea de un cambio que nos conduzca hacia estado de derecho realmente inclusivo

Mantener ese ideal y ese espíritu de lucha es la mejor forma de ponerle freno a los demonios que desata el poder expresados, en la cultura del dolo, del robo del erario, los egos inflados y los privilegios que muchos persisten en perpetuar en esta sociedad.