Hace poco tiempo que las cosas eran muy diferentes. 16 de agosto o 27 de febrero eran, además de muy importantes efemérides patrias, fechas en cuya víspera se generaba gran expectativa en torno a las remociones que implicarían salida o entrada de incumbentes en el tren gubernamental.

Pero todo sigue cambiando. Y muchas veces esos cambios ocurren a velocidades difíciles de medir. Desde quien los genera hasta quien tarda sobremanera para reparar en ellos, pasando por quienes sencillamente reciben los efectos de esos cambios, todos vivimos en un entorno cambiante.

Todavía ha de estar muy fresca en la memoria esa imagen del presidente saltando para cruzar un charco en la zona rural o compartiendo asiento con un humilde hombre de campo. Cuando Danilo Medina llegó a la presidencia necesitaba enviar un mensaje que marcara un antes y después.

El 10 de julio del 2020, cinco días después de las elecciones y a casi cuarenta para su toma de posesión, Luis Abinader inició una serie de publicaciones en sus redes sociales personales. Cuando todavía parecía nuevecito el término “covidianidad", “tuitdecretos" vino a renovar la lista de neologismos en nuestro argot.

Aunque todavía no se cuenta con suficientes elementos para hablar de un sello que marcará una diferencia clave en la gestión que iniciará este 16 de agosto, el hecho de que el segundo “tuitdecreto" anunciara para desempeñar una función clave de todo gobierno a una dama que se bate entre “chévere" y “nice" alimenta esa percepción.

Vivimos la tercera ola de la comunicación. Por eso Barack Obama aprovechó la fuerza de Twitter en la campaña que lo llevó a la Casa Blanca. Por eso el primer presidente millenial se impuso en el Pulgarcito de América haciendo campaña en las redes sociales virtuales. Por eso el candidato de un partido creado en el 2014, prometiendo cambio, logró imponerse a un partido con dieciséis años consecutivos en el gobierno y gran control en los poderes del Estado, además de dejar como minoritarios a dos de las organizaciones políticas más tradicionales del país.

Si bien es cierto que existen notables diferencias entre comunicación electoral y comunicación gubernamental, cada vez son más claras la señales de que se va entendiendo lo determinante de la comunicación como plataforma para la investigación, el diseño y la generación de los cambios de que se precisa en cualquier sociedad.

Aunque hay gente que sigue creyendo eso de que “comunicar es decir", y gente que aplica la lógica del “dilo, que algo queda”, por fortuna, tanto en el sector público como en el privado, es creciente y aleccionador el número de quienes van logrando entender que comunicar en las instituciones es mucho más que decir al público, que se trata de algo que implica provocar entendimiento para la unidad entre las áreas internas, pero que también incluye un seguimiento específico para alimentar las relaciones con cada sector de interés.

Es muy frecuente encontrar a quienes confunden la comunicación de campaña con la comunicación gubernamental, lo cual puede llevar a cometer  graves errores. Pues si bien es cierto que desde el gobierno ha de mantenerse cierta dosis de campaña, no menos cierto es que hay diferencias muy marcadas en una y otra etapa.

Dicho de manera muy resumida, en la campaña se vende esperanza como medio para lograr el favor de quienes votan. Pero desde el gobierno se necesita entrar en productivo contacto con quienes nos votaron, con quienes votaron en contra nuestra, y con quienes, por diversas razones, no votaron ni a favor ni en contra nuestra.

Muchos estudiosos plantean que “gobernar es comunicar". Esa razón encuentra fundamento en el hecho de que se gobierna para toda la población. Y es que, cuando se asume de manera correcta la real utilidad de la comunicación, ésta se convierte en poderosa herramienta para que quienes gobiernan expliquen, justifiquen y, en consecuencia, legitimen sus decisiones.

En tiempos de muchos comunicando para muchos, en tiempos de posverdad y hasta de posmentira, en tiempos de “tuitdecretos", cuando las grandes masas han dejado el rol pasivo de limitarse a recibir contenidos para pasar a ser emisoras de mensajes, la comunicación adquiere un rol determinante para lograr éxito en cualquier emprendimiento.