Una inquietud

Crónica del viaje de un abogado en ejercicio

Por Jorge Lora Castillo

En mi dilatado ejercicio del derecho, que no de vida, me han pasado muchas cosas, muchísimas diría  yo, pero me veo en la obligación de denunciar y quejarme por todas las circunstancias que unidas en un interregno de horas han acontecido en mi humilde humanidad en el trayecto de la capital a Puerto Plata a atender una audiencia.

Bien, como es mi costumbre partí temprano  -seis quince de la mañana- hacia la Perla del Atlántico, tanque lleno desde la noche anterior, vehículo confiable, que me acompaña a este tipo de trayectos, y que nunca se ha quejado por nada, ni me defrauda; no obstante, llegando a la Hidalga de los treinta caballeros, aconteció un deseo urgente del cuerpo hizo que me desviara un poco de mi obligado viaje; direccional cuidando el transito, ocho menos quince de la mañana; tiempo mas que suficiente para  -dar del cuerpo-  sin ningún temor ni premura, tomando en consideración que de SANTIAGO a PUERTO PLATA me he tomado cincuenta minutos sin mucho apresuramiento.

En efecto, entro a la ESTACION MONUMENTAL que queda a la izquierda, llegando a SANTIAGO, con tan buena estrella que ubico el baño  -unisex- inmediatamente, y siguiendo con mi buena suerte, mi esposa, Magnolia, había dejado servilletas en mi vehículo, las cuales usualmente brillan por su ausencia; con tales armas en mis manos me dirijo raudo a depositar aquella onerosa carga en tan buen recaudo, entrando a aquel templo de mi salvación urgentísima y necesaria; procedo a desarmarme; pantalones bajos, corbata de lado, camisa sobre el ombligo, llaves encima de la tapa del inodoro para evitar tocar ese inmundo piso y al fin me desembarazo de mis impedimentas, y realizo con éxito la urgente diligencia a la cual hago referencia; utilizo las servilletas y en fin, todo perfecto, hasta que Oh sorpresa, cuando voy a agarrar las llaves, caen precisamente en el orificio de porcelana, no tan blanco, donde había yo realizado mi necesario depósito.

Instantes después, y antes de proferir un  -……..Mieeeerrrdddddaaaaaa…………….. que se oyera en los contornos, procedí a respirar hondo, e introducir mi mano izquierda en tan inmundo ambiente para tomar la llave que me hiciera tomar camino de nuevo hacia mi audiencia y obligaciones, dejando de lado pues tan ingrato segundo; manos a la obra pues, tomé mis llaves, le di a la palanquita, y descargado de mis penas procedí a dirigirme a mi vehículo; en hora, ocho menos cinco de la mañana; todo perfecto, salvo el percance que os relato. Procedo a utilizar manitas limpias, que por aquello de la gripe h1n1 tengo en mi vehículo, y me hago una limpieza exhaustiva; introduzco luego las llaves para prender mi vehículo y OH SORPRESA, no prendió. Le di, le di y le di; pero que va.

Dios no me abandonó, y precisamente en dicha estación de combustible, hay una central de taxis, por suerte a esa hora llena de carros; raudo y veloz, ubiqué el taxi mas bonito, traté precio,  --ocho de la mañana- y le advertí a mi chofer la necesidad de estar en PUERTO PLATA antes de las nueve; me dijo   -no hay problema dotoi-.   El Taxi era muy confortable, pero las cosas empezaron a ponerse feas cuando me di cuenta que al taxista le encantaba ir detrás de los camiones; y frenar en seco a cien metros del carro mas próximo; aparte de mirar bien de verdad los semáforos antes de pasar; la cuestión es que duramos diez y siete minutos para salir de SANTIAGO, ustedes se imaginarán mi frustración, desesperación y dolor, aparte de no poderle decir TRES COÑOS al taxista que luego descubrí que era ciego el maldito.

No obstante saliendo de SANTIAGO Y subiendo la oferta, incluso ofreciéndome como chofer, el hombre se despabiló, y cogió ruta veloz hacia PUERTO PLATA, retomando el tiempo perdido, y teniendo amplias y reales posibilidades de llegar a tiempo.

Sin embargo, el destino me iba a jugar otra mala pasada, como veinte kilómetros antes de Puerto Plata, me entraron unos sudores fríos, un dolor de estómago y un escalofrío insoportable, por lo que, con oportunidad clara de llegar a tiempo, hube de decidirme, por no ensuciarle el carro a mi miope taxista, y preservar mi honra, no ensuciándome allí mismo; le exigí, luego de haberle dicho mil veces que avanzara, a que se detuviera en seco, y presuroso hube de dirigirme debajo de una mata de mango, donde expulsé aparentemente un resto no deseado por mi cuerpo que me hizo precisamente imposible la vida en ese instante, y que me parecieron horas de agonía, utilizando en esa espesura mi blanco pañuelo para fines tan ruines, dejándolo como cuerpo inerte al lado de mi criatura informe.

Perdiendo la vergüenza y la posibilidad de llegar a tiempo, por fin hice entrada triunfal en la ciudad de Puerto Plata, que contando los tapones hasta el Palacio de Justicia hube de ser testigo de excepción de la cara de satisfacción de mi contraparte al haber solicitado el defecto, y el descargo puro y simple de la instancia abierta con tantas esperanzas por este servidor.

Servido en estas condiciones, haciendo un par de diligencias necesarias, dejándome mirar por el Juez.  –pidiendo con ojos de borrego a medio morir su indulgencia-   que, no obstante,  siguió entretenido con sus audiencias, tomé cabizbajo, el motoconcho mas próximo y me dirigí a CARIBE TOURS, donde un autobús con un aire buenísimo me trajo de nuevo a mi capital querida, trayecto que hube de tirarme como tres sueñitos de los mas buenos.

Lo grande es que mi vehículo prendió según me informó el mecánico que fue a socorrerlo,  de ver la llave, cuya copia le había sido entregada en mi oficina.

Al parecer la delicadeza que no tuve yo al entrar la mano rauda a procurar la llave, la tuvo mi vehículo al introducirla con tal carga de microbios en la apertura para prenderlo, y simplemente se negó con pruritos de limpieza a prender, dejándome estancado en SANTIAGO, e iniciando esta historia verídica y tan cierta, que me veo en la obligación de compartirla con mis amigos abogados, como experiencia de un día en nuestra vida.

A pesar de todo esto, me encanta ser abogado

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