En la turbulenta situación descrita en el articulo anterior, producida por el incipiente clima negativo que crea el surgimiento de primer capitalismo en Rusia, saturado de descontento, energía tensa, vanidad inquieta, pesimismo amenazante y ardientes ilusiones, pudo Dostoievski captar la imagen primitiva del capitalista –que generan los profundos procesos de modernización, que produjeron las transformaciones profundas de las formas de vida tradicionales vigentes hasta el siglo XVII–, con mayor profundidad y precisión que los poetas e teóricos de los estados europeos donde las formas de acumulación monetaria estaban más desarrolladas y arraigadas.

Imagen del crítico de izquierdas Nikolai Dobrolyubov, 1836-1861

Sólo en Rusia, el novelista pudo captar los tipos humanos, elaborados por el pensamiento y el sentimiento de una época, que emergió de pesadas cadenas de la servidumbre y de una economía patriarcal. Incansable en fijar la fuente y el carácter de estas corrientes elementales de su época, creó todo un mundo de personajes que representaban a todas las especies intelectuales y morales, que solo una sociedad revolucionada por el capital podía generar.

La novela nos muestra viviendas atestadas, insalubres y polvorientas, ruido ensordecedor, ropa reducida a harapos, hambre, prostitución infantil, enfermedades e infecciones de diversos tipos son las características del San Petersburgo de la novela.

Los efectos terribles de la tuberculosis están presentes. Es la gran plaga del siglo XIX –además de las enfermedades venéreas–, y se muestra lastimosamente en el personaje de Katerina (Katia), la esposa de Marmeládov.

Alrededor de los años finales de la década de los cincuenta e inicios de los sesenta del siglo XIX, como consecuencia de todo el proceso histórico que vengo describiendo se produce en Rusia un cambio radical entre las diversas generaciones que coexisten en ese tiempo.

Estalla entre Padres e hijos una desgarradora confrontación que habrá de tener consecuencias determinantes en el porvenir en el orden histórico, social y político. Esta nueva situación incidirá profundamente en la definición del papel del intelectual en la sociedad y marcará intensamente la vida cultural durante los siguientes veinte años.

En ese momento, los jóvenes que se inician en el escenario público, descalifican la generación que la antecedía, la de los escritores de estampa liberal, firmes en sus convicciones occidentalistas, que buscaban transformar a Rusia en una nación moderna, democrática y capitalista, postulando como modelo de desarrollo el sistema político inglés.

La nueva generación recriminaba a la anterior, el haber actuado en su tiempo de manera indecisa y sin ideas factibles de ser traducidas a la realidad; la acusaba de haber actuado predispuesta a la renuncia y al sometimiento; la imputaba de haber desarrollado, por todo ello, una conciencia culpable, pero, sobre todo, cómplice del poder autocrático, fiel al modelo de comportamiento descrito magistralmente por el escritor Iván Turguénev en su imagen del hombre superfluo.

Ivan Goncharov, 1812-1891

Éste encarnaba en la figura de un intelectual de origen noble, de ideas románticas y talante liberal, que en el ambiente ensombrecido por la tiranía de Nicolás I, no había tenido la fuerza de establecer las condiciones apropiadas para desplegar plenamente sus energías espirituales y se había sostenido en la afirmación puramente retórica de un idealismo totalmente desfasado de la realidad.

Esta categoría humana la establece y populariza Turguénev, quien lo describe en un libro publicado en 1850 bajo el título, Diario de un hombre superfluo. Casi todos los personajes de las principales novelas del que fue considerado en el siglo XIX el más destacado escritor ruso de su tiempo, representan matices de esta especie de representante de la generación del intelectual ruso de los años cuarenta.

El hombre superfluo representa la figura de una humanidad disminuida, minimizada, empequeñecida; atrapada en su pequeño mundo provinciano, sostenida éticamente por un fuerte sentimiento de su propio valor, de su honor en cuanto miembro de una nobleza, que era moralmente fofa, sin sustancia; se consume en un estado de alienación inerte, ociosa, emocionalmente poco desarrollada e insegura.

En el ámbito intelectual carece de consistencia, dotado de una formación intelectual epidérmica, labrada casi siempre como autodidacta, donde al máximo alcanza la calificación de preocupado dilettante.

Reconcentrado en su pequeño rincón del mundo, enredado en su soberbia y vanidad, subsiste como un ser suspendido de la realidad, caracterizado por una obstinada actitud contemplativa en un universo matizado por la pereza y el aburrimiento, no tenía otra ocupación que trocar lo nimio en importante, compensando sus frustraciones con el maltrato a la servidumbre, a su mujer y a sus hijos o sucumbiendo en los vicios y en el alcoholismo.

El hombre superfluo –no podía ser de otro modo– era una copia en miniatura de la figura del autócrata, de Nicolás I.

Un personaje de una novela de Turguénev, Nido de nobles, publicada en 1858, enrostra a un hombre superfluo su abandono de la acción: … en ti no hay fe, no hay calidez de corazón; sólo raciocinio, raciocinio barato… …eras un individuo pensante y permaneces acostado, podrías hacer cualquier cosa, pero no haces nada.

[Editorial Nordica, traductora: Marta Sanchez-Nieve, España, prólogo].

Otras figuras de este tipo de humanidad lo encontramos en el Eugenio Oneguin publicado en 1833, de Aleksandr Pushkin.

Nikolái Chernichevski 1828-1889

Empero, un modelo de esta tipologia humana en la cultura rusa, fue el personaje de Oblómov, de la pluma de Iván Goncharov. Sobre esta obra, un relevante crítico de la nueva generación, Nicolás Dobroliubov hace un estudio emblemático de la obra en un famoso ensayo titulado ¿Qué es el oblomovismo?

Al analizar la novela de Goncharov, escribe que Goncharov creó una nueva y muy importante palabra para interpretar la cultura rusa del hombre superfluo, señala que el nombre apropiado para designar el liberalismo que este defiende sería aplicarle la etiqueta de oblomovismo.

¿De qué trata Oblómov? El personaje nace y crece en un fundo patriarcal cuyo padres estiman que el trabajo es un castigo, y con ello lo signan con un carácter indolente, persuadido partidario de la vigencia atávica del régimen de la servidumbre de la gleba de los campesinos. Asumida esta actitud, Oblómov el protagonista pasa los días recostado, en bata, dedicado a soñar estérilmente y de hacer planes, que en el fondo de su alma sabe que no llevará nunca a la práctica.

En Oblomov, el talento realista de Goncharov alcanza la cima del arte . El escritor logra reflejar en la novela la degradación económica, moral y cultural de la nobleza de la época del régimen de la servidumbre en el momento en que incia el auge de las relaciones capitalistas-burguesas de Rusia.

Dostoievski en una carta dirigida a un colega define a Goncharov como una persona con "el alma de un pequeño funcionario, sin una sola idea en la cabeza y con los ojos de un pescado guisado, a quien Dios, como para hacer una broma, ha dotado de un brillante talento". [Joseph Frank, Dostoievski, Los años milagrosos, 1865-1871, traductora: Mónica Utrilla, FCE, 1997, México, p. 280].

El hombre superfluo pretendió a la muerte de Nicolás I, justificar su dejadez y abandono histórico; pretendió justificarse históricamente afirmando que se había retraído amparado en una actitud ética, que recalcaba su superioridad moral sobre un medio corrupto y distorsionado que él no podía cambiar.

Sin embargo, Chernishevski, el joven crítico de la revista El contemporáneo, inspirador de Lenin en su concepción del partido bolchevique y su forma de estructurarse, en su valoración de la novela Asja, publicada por Turguéniev a inicios del 1858, llama la atención del escritor sobre un elemento que considera determinante en la constitución de los hombres superfluos: En nuestra clase culta, el defecto más común no consiste en ideas equivocadas, sino en carencia de ideas, no en sentimientos errados, sino en la debilidad de todo sentimiento intelectual y moral…, de todo interés social. Ésta era –para el crítico– la enfermedad epidémica enraizada en nuestra sociedad. [Joseph Frank, Dostoievski, Los años milagrosos, 1865-1871, traductora: Mónica Utrilla, FCE, 1997, México, p. 321].

Nota: Para quien desee conocer un resumen del relato de las novelas mencionadas en el texto, le invito a consultar los siguientes enlaces:

  • De Dobroliubov: El reino de las tinieblas. Ensayos. No hay versión en español.