Nos encontramos en un siglo en el que el cuidado de la naturaleza es una necesidad de primordial orden. Tenemos evidencias de cómo  el cambio climático afecta a la tierra de forma implacable. Mientras esto sucede, los humanos estamos profundizando el problema. En República Dominicana, la inercia de los diferentes gobiernos en el ámbito medioambiental  está apurando la muerte del planeta; y esta muerte es más rápida por la contaminación ambiental que padecemos. Es una contaminación múltiple: ruido, aguas residuales, residuos sólidos, contaminación del aire y otros. Todos estos factores degradan la naturaleza y disminuyen la calidad de vida de las personas, de los campos y de las ciudades. La situación se agrava cuando el Ministerio de Medio Ambiente, los que gestionan el vertedero de Duquesa y las instancias del Ayuntamiento responsable de la gestión de residuos sólidos, no coordinan sus acciones; y cada uno opera en dirección contraria al otro. Todas estas variables aceleran y sostienen la contaminación ambiental.

Las instituciones que hemos nombrado no son las únicas responsables. Los ciudadanos, organizados y no organizados, hemos de cooperar con más efectividad y sentido de pertenencia. Esta cooperación es deficitaria, entre otros factores, por la carencia de educación ciudadana. La carencia de esta educación bloquea el desarrollo del sentido crítico y del compromiso ciudadano. Desde ahí, la necesidad de promover educación medioambiental integral; y, sobre todo, la urgencia de una cultura de trabajo interdisciplinaria e interinstitucional como demanda la contaminación ambiental del país. Por ello es preciso alentar procesos sistemáticos de educación que le permita al ciudadano comprender la importancia que tiene su contribución al cuidado de la calidad del medio ambiente. No importa solo la toma de conciencia; interesa que en la vida cotidiana actúe en coherencia con los principios y valores propios de un ciudadano comprometido con el desarrollo y la calidad de vida en la sociedad.

La contaminación ambiental es enfermedad, es muerte. Una sociedad educada y democrática ha de optar por la vida; y no cualquier vida. Pero esto cada vez se muestra más lejano en la sociedad dominicana. Ante este deterioro progresivo, se requiere una respuesta activa de los diferentes sectores que conforman el tejido social dominicano. Las empresas deben colaborar más apoyando programas educativos articulados a la formación para una gestión medioambiental efectiva. Las iglesias pueden articular sus programas de educación de la fe con la educación ciudadana comprometida con la reducción o erradicación  de la contaminación plural que tenemos. Asimismo, el Estado Dominicano ha de reducir la publicidad para autocelebrar sus logros; e invertir más en todo lo que regule y controle la gestión desordenada de residuos líquidos, sólidos y gaseosos por el daño que producen en la salud de las personas y de las instituciones.

Reiteramos que las instituciones educativas del país han de aportar más para que la población supere la indiferencia y fortalezca su responsabilidad ante el problema de contaminación que nos afecta. El currículo dominicano ofrece referentes y procedimientos para el desarrollo de una conciencia personal y colectiva más sensible a los problemas que afectan a la naturaleza. Es preciso, por tanto, un conocimiento situado de las aportaciones del currículo para la solución de la distancia que  se va acentuando entre los humanos y el planeta que habitamos. Si los ciudadanos, las instituciones y las instancias gubernamentales unimos fuerzas para vencer la contaminación, el desarrollo del país no estaría tan amenazado. En un contexto en el que la contaminación está presente al por mayor y al detalle en espacios urbanos y rurales, la esperanza de vida se reduce. Actuemos ahora para generar y demandar condiciones medioambientales que salven el planeta, que salven  a la población  dominicana de una práctica antinatural y reductora del bienestar personal y social.