“…. Ahora bien, los políticos no siempre revelan la magnitud de su autoritarismo antes de ascender al poder. Algunos se adhieren a las normas democráticas en los albores de sus carreras y las abandonan posteriormente”.
(Steven Levitsky y Daniel Ziblatt: Como mueren las democracias).
El informe 2021 de Latinobarómetro titulado Adiós a Macondo nos señala sobre la confianza “América Latina es la región del mundo más desconfiada de la tierra, comparada con África, Asia y los países árabes”. La tabla 3, página 62 del informe nos resalta:
Estudio Mundial de Valores, Séptima Ola 2017-2020
| Confianza | Desconfianza | |
| América Latina (11 países) | 9 | 90 |
| Promedio del resto del mundo | 29 | 69 |
| Europa Central | 49 | 49 |
| Paises Nórdicos | 70 | 28 |
Para el 2020, siguiendo con Latinobarómetro, la confianza interpersonal llegó a 12% y nuestro país arribó a 14. En la democracia de la posmodernidad, la confianza es el hilo rector de los acuerdos. Es la mezcla de la subjetividad y la objetividad, es la simbología de la intangibilidad y lo tangible. Es la suma total del híbrido de la percepción y los indicadores fácticos del juego de las relaciones. Sin la confianza la incertidumbre se ahonda, la certeza se diluye y el drama y trauma de lo difuso se apodera para no concretar acciones y decisiones. ¡La voluntad y la inteligencia se atrincheran como un corcho en medio de un agua levantisca, aunque no exista!
El mayor capital que puede existir, diría Fukuyama en su libro La Confianza, es ese instrumento de dimensión humana. La confianza, expresaría otro “es la creencia, esperanza y fe persistente que alguien tiene, referente a otra persona, entidad o grupo en que será idóneo para actuar de forma apropiada en una situación o circunstancia determinada”. Sin la confianza los costos de las relaciones, de los intercambios, de los acuerdos se hacen más ostentosos y la dinámica de la vida existencial, en el plano psicológico, se hace pavoroso llevándonos a la ansiedad, la angustia, el estrés y a veces, al pánico.
En el plano sociológico-político la falta de confianza anula todo en la sostenibilidad de la democracia. Las instituciones: Iglesia, Fuerzas Armadas, Policía, Junta Central Electoral, Poder Judicial, Congreso, Partidos Políticos no logran legitimarse por sus acciones y decisiones. Las instituciones, hoy por hoy, no se validan en una democracia más abierta, más visible al paradigma mediático, donde las redes sociales no necesitan de puente ni intermediarios.
La confianza es el paradigma de la construcción social que genera más cohesión y mejor y mayor capital social. Sin ella, es como operar en el vacío. Es como hablar sin interlocutores. Esa falta de confianza se expresa psicosocialmente como el consomé que exacerba el individualismo e impide el diseño de los proyectos colectivos. En la necesidad de entender la individualidad y lo social sin yuxtaposición, sino en el compromiso y asunción de lo social, de lo colectivo como fragua y antorcha para avanzar como sociedad.
Nuestra sociedad se encuentra en un tránsito sumamente interesante desde la perspectiva sociológica. Una lucha entre lo viejo y lo nuevo. Entre una elite política que no acaba de morir y una nueva que no termina de florecer, empero, que comienza a germinar. Hay, si se quiere, un deseo inconmensurable por la decencia. Por una gestión ética, por un respeto más a las instituciones. Latinobarómetro lo recoge en materia de corrupción de las instituciones, para nuestro país muy diferente a años anteriores.
De ahí que el desafío para este tiempo, para este difícil tránsito con tormenta (pandemia, economía – inflación, combustibles, crisis en la cadena de distribución global, conmodities–, Haití) es desarrollar la confianza, no dejar esa ruta que mueve al mismo tiempo la transparencia, la rendición de cuentas y la institucionalidad que han de llevarnos a que nadie se sienta por encima de las leyes.
América Latina y el Caribe es la región con mayor desigualdad, más violencia y menos compromiso de la elite política con sus países. Somos el 8% de la población mundial, empero, frente al Covid-19 constituimos el 20% de los contagiados y el 30% de los fallecidos en el mundo. Pobreza, desigualdad y discriminación nos drenan, ahogan y nos laceran el alma en todo su crisol. Allí donde los derechos no existen para una inmensa población. En nuestra sociedad, según el Banco Mundial, el 50% es socialmente vulnerable.
Es la poca civilidad, la anomia cívica, el veneno del individualismo que conducen a nuestros países al fraude social, cuasi como una cultura. La moral fiscal en nuestra formación social está por la cuneta del fango, en un lodo putrefacto. Evadimos impuesto 38% más que los países de la región. Actualmente el ITBIS significa 45% de evasión, sin considerar la elusión y el Impuesto sobre la Renta que ronda en un 63%. No debemos seguir practicando el silencio, la indiferencia, la simulación y la hipocresía social frente a la corrupción.
Como nos diría Friedrich Nietzsche “Basta. Se avecina un tiempo en que la política tendrá un significado diferente”. La democracia, siguiendo ese razonamiento nietzschiano, tendrá que repensarse para colocar al ser humano como centro vital, en donde las desigualdades y la pobreza no sean mácula de existencia para el tiempo que transcurre. La democracia cobrará más cuerpo allí donde los ciudadanos, vía institucional y nuevos mecanismos de construcción social, anulen y sujeten a esa parte de nuestra naturaleza animal para dar más paso a la lucidez de la razón, a la inteligencia, en la loable significación de captar la verdad verdadera de la realidad.
La confianza, la validación, en todo proyecto social, es el significado y significante de la interactuación humana que recrea el agua y el fuego, el equilibrio cierto y la certeza. Nos da el aliento de la esperanza. De la fe de empezar cualquier emprendimiento. Es la válvula que cimenta la voluntad, tanto en lo individual como lo social. David Runciman en su libro Así termina la democracia, nos dice “…Pero no se trata solo de Trump. Su acceso a la Presidencia es síntoma de un clima político sobrecalentado que parece cada vez más inestable, desgarrado por la desconfianza y la intolerancia mutuas… cuando la confianza se rompe, entonces la democracia se viene abajo“.
Es lo que pasó con nuestro país: la percepción valorativa hacia la democracia, que estaba en el 2008 en 70 puntos, vio caerse a 42 en el 2018 según Latinobarómetro. En otro estudio nos deslizamos hacia abajo en 38% para febrero de 2020. La publicidad, el marketing político, podrán adormecer, neutralizar y esconder la realidad, pero ella sale a flote siempre, más tarde o más temprano. Se precisa de construir una columna de confianza que signifique repensar un nuevo paradigma de esperanza allí donde, como diría Manuel Castells en su libro De la crisis económica a la crisis política “el 10 % de la población del planeta posee el 88% de la riqueza, mientras que el 50% más pobre solo tiene un 1%…”.
¡La confianza como eje articulador ha de ser como puente de inclusión, de justicia social, de mejor y mayor igualdad de oportunidades; allí donde la horizontalidad cobre verdadera dimensión como aura resplandeciente del verdadero ser humano!