Hablando con mi hermano Rafael sobre la noticia del día, las elecciones españolas, y su desenlace a la italiana, quedamos con una sensación de vértigo: al borde del precipicio.  Si nos dejamos llevar por los titulares, estamos muy descaminados: gana el PP, se resiste el PSOE, surgen Podemos y Ciudadanos, se caen los partidos regionales.

El resumen de resultados que presenta El País en su portada del lunes 21 de diciembre nos da pie a sacar las claves de la sensación de vértigo:

Está a la vista: el sesgo del sistema en contra de los partidos pequeños y medianos -con la excusa de evitar la inestabilidad del sistema- ya que un voto no es igual a otro voto. Podemos, con casi igual número de votos que el Partido Socialista Obrero Español, tiene casi un treinta por ciento menos de escaños. Ni se diga del caso de la izquierda, Unidad Popular e Izquierda Unida, con un millón de votos solo obtiene 1 diputado. Me dirán que es efecto de la dispersión, pero todo señala a la demanda de Podemos de cambiar el sistema de la Ley de D´Hondt que impone el reparto por proporciones inequitativas.

Si vemos el total de votos, entre los cuatro grandes, hay dos bloques: la derecha con diez millones de votos (Partido Popular y Ciudadanos) y la izquierda con otros diez votos (PSOE y Podemos). Para comprender el aserto de Pedro Sánchez, secretario general del PSOE, de que España votó a la izquierda habría que sumarle el millón de votos de Unidad Popular y los votos de los partidos regionales. Lo que explica que la pretensión de construir una mayoría de izquierda conllevaría una coalición de muchos recortes, como afirma Albert Rivera, de Ciudadanos.

La formación de una mayoría está difícil, por lo que se afirma que España entra en una etapa de inestabilidad a la italiana: la fragmentación es tal que difícilmente se haga gobierno. Es la virtud del sistema parlamentario que a diferencia de nuestros sistemas presidencialistas, requiere un mandato claro de parte de los “representantes” del pueblo votante, los diputados.

Sólo permite dos votaciones para lograr esa mayoría. El mandato constitucional es que a los dos meses se vuelva a unas elecciones generales. Nosotros hemos supeditado al “ballotage” la búsqueda de este mandato “claro y distinto”. Pero, la lógica política tiene otros parámetros.

En el caso dominicano tenemos, poco más o menos, diez candidatos a la presidencia, por lo que podríamos estar en un panorama parecido al español: dos partidos que se pueden dividir el grueso de los votos pero no alcance ninguno del 50% más uno para evitar la segunda ronda.  Si estos ocho candidatos adicionales sacaran un promedio de 2% cada uno, tendríamos  16% de los votos que forzaría a una segunda vuelta. Un escenario como el que  presentó Guatemala en los comicios donde resultó electo el economista, pastor y comediante,  Jimmy Morales. Desafortunadamente, nuestros comediantes no corren para presidente. Por lo que el resultado no se podrá reproducir. 

España cierra el año para abrirlo por el posible llamado a elecciones para que en otro mes tener a todos con el corazón en la boca, como para infartarnos.