A poco menos de una semana de despedir este año, el sábado 26 de diciembre, bajo los efectos de la culpa de la intensa jornada de banquetes de Navidad, fui a correr unos kilómetros al parque Mirador Sur, la casa por excelencia de la mayoría de los corredores en Santo Domingo y escenario de las principales carreras y eventos de atletismo en esta ciudad.

El parque, es un refugio tan noble de corredores y he recorrido tantas veces esos 10 kilómetros entre la avenida Italia y la Luperón, que soy capaz de recordar casi cada tramo y su peculiaridad.

La sombrita fresca después del primer kilómetro casi llegando a la Guácara; la cuesta ligera antes del kilómetro 3; el asfalto quebrado y ligeramente a desnivel en el puente de la Núñez; la vista que va después del puente y que a discreción deja colar el azul del mar y el cielo; el olor a cebada en la escalera 3; la curva del kilómetro 4 y por supuesto ese retorno en el kilómetro 5 que sabe tanto a gloria.

Sin embargo, ese último sábado del 2015, la habitual visita al Parque pasó de ser un trote más para convertirse en una experiencia casi mágica. Pocas veces tiene uno el chance de toparse con gente de la valentía y el coraje de Arismendi Valdéz en el justo momento en que ha emprendido una hazaña de gran magnitud.

Arismendi Valdéz es un ultramaratonista dominicano, capaz de correr largas distancias, dignas de ser escritas en el Libro de Record Guinnes. Un hombre joven, de físico más flaco que estilizado, típico de un atleta consagrado; piernas perfectamente perfiladas que delatan sin esfuerzo el camino recorrido y que carga a cuestas con mucho orgullo. Con el aspecto afable de un hombre disciplinado y tan humano a la vez y con la actitud humilde que adorna a los hombres de grandeza.

Ese mismo sábado Arismendi había iniciado a las 2 de la mañana, la misión de correr la distancia equivalente a cuatro maratones, completar 170 kilómetros y superar así su propia marca personal luego de haber corrido 126 kilómetros en el año 2014.

Pasaban las 6 de la tarde y Arismendi ya llevaba 120 kilómetros a cuestas. Un grupo de corredores lo acompañaban en cada tramo de esta travesía, un equipo de apoyo apostado a la altura del kilómetro 0 asistía como un valioso soporte en aquella misión; Vi a Nadia Polanco, la esposa de Arismendi, como un baluarte de solidaridad incondicional que raya en la complicidad; a grandes amigos de asfalto, rostros que coinciden solo en el asfalto pero que ya se han hecho familia unidos por kilómetros y voluntad, todos integrados apoyando a este hombre que sin perseguir fama ni reconocimiento, en silencio pero constante estaba allí haciendo historia.

Lo vi pasar a paso trotón, a ese ritmo engañoso que a simple vista parece lento pero que con constancia y tantos kilómetros después, se vuelve inaguantable y pone a prueba las cuotas de entrenamiento del más afinado atleta.

Siete kilómetros y medio más tarde, Arismendi se retiró de la prueba. No logró completar los 170 kilómetros aquejado por la molestia de un calambre en las piernas y decidió sellar allí la hazaña como todo un digno caballero de armadura impecable.

Me emocioné de estar allí. De ser testigo de aquella lección invaluable de grandeza y de ver de cerca como corren y lucen los héroes del asfalto. Más allá de acuñar 127.5 kilómetros en un recorrido de casi 19 horas, dentro del mismo parque, Arismendi dio una lección de grandeza, de humildad y especialmente de responsabilidad y compromiso con la vida y la salud. Supo escuchar su cuerpo, hacer caso al límite del momento y como un obediente soldado acogerse al llamado de la prudencia.

La hazaña de Arismendi sobrepasa los 170 kilómetros que se propuso recorrer y se remite a la integridad, el compromiso, la voluntad, disciplina, humildad y el corazón que una persona puede poner cuando se enfoca en hacer algo grande guiado por el amor y la pasión.

El 2016 brinda el chance perfecto para emprender este desafío. Además la oportunidad invaluable de uno verle la piel a gente como Arismendi, que parece estar hecha de un material distinto. De un material que al parecer está descontinuado y que tanta falta le hace a esta sociedad cansada pero tan ávida de cosas buenas.