El pasado 27 de julio tuvo lugar en la capital dominicana un encuentro inédito: una cantidad apreciable de ex miembros de la desaparecida Línea Roja del Movimiento Revolucionario 14 de Junio nos juntamos para darnos un abrazo, rememorar andanzas, esfuerzos, sufrimientos y alegrías, riesgos y sueños, enterarnos en lo posible de “en qué tú estás”, “qué ha sido de ti”, y,  en fin, un poco recuperar  –aun sea momentáneamente— algo de nosotras y nosotros mismos.

La fecha escogida no obedeció al azar: era un día antes de cumplirse 46 años de haberse fundado aquel instrumento político.

La vida y las convicciones han llevado de cada uno de nosotros y nosotras por rumbos distintos, política y personalmente, a veces hasta a aceras francamente encontradas.  Algo sin embargo parece común: un cierto y  a veces apasionado orgullo de haber sido parte de aquella apuesta por la liberación del pueblo dominicano; una especie de espíritu de cuerpo al menos en clave pretérita.

Eso vale por lo que dice: significa algo así como que aquello valió la pena. Y valió la pena –digo ahora yo, y seguramente podrán decirlo otros y otras— por lo que pudo ser y sobre todo por lo que puede servirnos de enseñanza. Porque la experiencia de Línea Roja tiene algo importante que decirnos aún hoy y aún mañana.

Línea Roja nos dijo con su práctica que la más expedita de las vías para expandirse numéricamente y ampliar su influencia en la sociedad era la activación, promoción y organización de los distintos sectores populares para defenderse y mejorar sus condiciones de vida. Casi toda su militancia –con la excepción quizá de sus fundadores y fundadoras–  llegamos a simpatizar y luego a militar vía los denominados “frentes de masas”. No había sector activo del pueblo dominicano (trabajadores, estudiantes, campesinos, maestros y otros profesionales, clubes deportivos y culturales) en la que la mano y la mente de Línea Roja no estuviera presente, en muchos de ellos como factor francamente hegemónico.

Pese a su reconocida adscripción  en buena acrítica a un maoísmo en boga y a su porfiada defensa –también dogmática—de las líneas de pensamiento y de actuación de la República Popular China y de su partido gobernante, Línea Roja supo hacer política a la criolla. (Lo facilitaba el hecho –hay que decirlo—de que los chinos tampoco eran dados a imponer políticas a nadie). La preocupación permanente de la Dirección de LR hizo de la toma del pulso político nacional una tarea permanente. Esto le permitió adoptar políticas tan creativas e inteligentes –entre otras– como la que dio como resultado la Unión Patriótica (UPA). Lamentablemente, no tardó mucho este proyecto en convertirse en un grupo de izquierda dominicano más, con todas sus virtudes pero también con todas sus limitaciones y vicios. Perdió de esta forma razón de ser y su destino esperable fue la extinción. Responsable la propia Línea Roja. Pero ello no quita el mérito de una oportuna creatividad que pudo tener otra historia.

Línea Roja tuvo el mérito de combatir resueltamente las distintas formas de aventurerismo inconducente y las más de las veces trágico. Se une a este mérito sin embargo el saber practicar esta actitud sin por ello dejar de cultivar buenas relaciones con personas y grupos más o menos imbuidos de esos criterios que combatíamos.

Por lo demás, Línea Roja era también una escuela en muchos sentidos. Uno de ellos era el moral. Se nos decía a cada momento de la vida sencilla, de practicar la solidaridad, de asumir sacrificios y rechazar la tendencia a la comodidad que atrofia el deseo de luchar.

Todas estas son enseñanzas que personalmente he tratado de llevar conmigo como parte de mi equipaje de vida. Línea Roja es algo de lo que no puedo arrepentirme  sin negarme a mí mismo. Sé que es el caso de muchos y muchas.

De otras experiencias de grupos de la izquierda dominicana podrá decirse cosas importantes, tal vez mejores.

Es verdad que la izquierda dominicana, tal como la conocimos hace décadas –y de la que quedan reductos importantes— ha fracasado.  He asumido esta idea en varios de mis escritos. Lo que no podrá morir nunca es la necesidad misma de una izquierda dominicana vigorosa y con ganas de gobernar este país. Para esto, en la historia de la Línea Roja de 14 de Junio hay cosas vitales que aprender.