A Dalia Nieves Albert y José Carvajal, por los múltiples diarios y crónicas que han escrito en los quince años de la Feria Internacional del Libro de Puerto Rico (FIL-PR), por hacer de la libertad la premisa de todo, por  transmitir a la humanidad ante sí, entre-sí, y para-los-otros la hermandad como contra corriente de la intolerancia, por  dar al Caribe una sensibilidad cartográfica a través del libro y de la lectura, y diseminar el pensamiento independientemente de las ideologías como un bien transnacional, global, que va y vine con un itinerario de viaje eminentemente creativo para hacer de la cultura de los pueblos la única mirada abierta hacia el infinito, que es como decir hacia la eternidad.

El  Caribe es aun un archipiélago lleno de incógnitas,  desde  su pasado prehispánico y colonial. En los ríos y montañas de sus islas hubo mucho reclamo de oro y belicosas andanzas, y de su seno se entretejieron historias y crónicas no creíbles, pero no imposibles. La metáfora del Caribe es como un gigantesco arbusto debajo del cual se soñaron  hazañas, aventuras y  empresas de conquistas. Desde aquí,   la imaginación castellana cruzó los mares, trazó rutas, amplió el paisaje conocido, no dejando en sus espaldas nada para el después, y nos atrevemos a decir, nada para el azar.

Cruzar mares, embestir de frente a la naturaleza indómita, era un riesgo que sólo podían  correr aquellos que no llevaran consigo  como equipaje la cultura del miedo. Aún cuando la mitología representaba a la mar llena en sus fondos de monstruos exóticos y terribles, aquellos residentes-visitantes errantes de estas islas, estaban en medio de grandes tensiones, abriendo -sin darse cuenta- la visión global de lo que era y seguirá siendo: un mundo pluriétnico y pluricultural, independientemente, de los errores de la convivencia forzada.

Creencias, lengua, cultura es lo que somos todos.  He desde aquí, desde  este mundo simbólico del Caribe,  que las metrópolis europeas  conocieron,  cultura frente a cultura,  un escenario que no elegimos como posible, en el cual las culturas confluyeron con una mirada subjetiva, nunca antes conocida, para inaugurar el reino de lo onírico.

Fue esa cultura de la navegación el portal abierto,  la fuerza vital, para la condición humana no perecer por miedo a lo desconocido, y,  la que movilizó  al  mundo a reunirse en diálogos multiculturales.

Al igual que ayer: la cultura es movimiento, navegación; tanto es así, que las redes sociales tienen a sus cibernautas navegando, virtualmente, haciendo culturas dialécticas, ficcionales, etnológicas, sensoriales, acústicas, visuales, argumentativas… siendo el ágora de la cultura, el navegador de internet, desde megaciudades o regiones cuya cosmovisión virtual es  mínima aun.

Sin embargo, no crean que creemos posible  al mundo y, por supuesto, a la cultura solo al través del internet. No. Los pueblos y sus culturas necesitan tocarse, tener vivencias íntimas, reunirse, organizar contactos felices, tenderse las manos y besarse. El idilio de la navegación virtual no suplanta ni a los mercados ni al trabajo  cultural. Así, la cultura de la navegación, como herramienta  cultural, es ya lo propio de cada pueblo.

¿Cómo entonces la cultura puede disponer de herramientas, mecanismos o formas para incursionar en el escenario vivo del patrimonio  de los pueblos?

La cultura la entendemos como una dramaturgia, como un mundo sólo posible desde la imaginación y la creación, y sobre las tablas:  trae espectáculos, re-acciones cognoscitivas, paradigmas que se asocian, encuentros y des-encuentros, tensiones, rupturas, influencias y confluencias, compromiso, representaciones, estéticas, verosimilitud e inverosimilitudes, expectativas, desafíos, en fin, todos los ámbitos de la vida, con sus directores y compañías, para hacer una gran gira en la circunferencia del mundo.

No obstante, esa dramaturgia debe siempre estar llena de esperanzas, de largas conversaciones, de respeto a las prácticas culturales de los otros, donde la lengua es la herramienta de potencialidad mayor para concebir una relación directa.

Así, los entreactos de esa dramaturgia tendrán espectadores que fluyen desbordantes a ver  la fertilidad de cada cultura en el tiempo.

Sin embargo, nos preguntamos de ¿cuáles otras herramientas no convencionales dispone la cultura para adentrarse con fertilidad en la identidad de cada pueblo, que no sea de las  miradas? Es por esto que,  la  cultura al subir a la escena de los pueblos de la mano de sus oficiantes y promotores, su praxis debería de ser como  adentrarse en un bosque, desde el cual se pueden  captar las espirales vírgenes de cada amanecer y luego de sus crepúsculos. Recordemos que en el bosque, en cada bosque que representan nuestras almas, están  las ricas alhajas de la cultura: la señera policromía de las miradas que como estaciones hermanas  se conjuran en los ritos, creencias y  valores en torno a lo humano.

Es  así, como la fertilidad de la cultura tiene su dramaturgia, y  el aroma mediante el cual se degustan esas ceremonias de la vida, llamada cultura.

Todos somos cultura, encantadores de la cultura; nada de espectadores ausentes ni cazadores de tristezas planetarias.

Toda cultura trae consigo un repertorio de hechos, acciones y creatividad  que ponen en movimiento como ofertas para realzar las formas de vida de los pueblos a través de sus patrimonios.

Por lo cual, las herramientas (miradas) de las cuales se dispone para su protección, primero, y luego su  difusión, son de diversas ingenierías: los técnicos, son los óptimos ingenieros para buscar receptores a esa sensibilidad asumida a través del gusto, las manos,  el sonido y la mirada. De ahí, que hay múltiples formatos para de manera disciplinada (desde la óptica institucional privada o pública) armonizar la cultura con los inventarios de bienes tangibles e intangibles, y los valores agregados que traen a la memoria las estructuras naturales y arquitectónicas del legado ancestral.

No olvidemos que la  cultura tiene a su favor,  y  en su haber, a operarios excepcionales de primer orden: a la generación de jóvenes del  presente.  Una generación que escribe la saga de sus biografías milímetro a milímetro, metro a metro, y segundo tras segundo. Esta generación ha creado una nueva forma de impresionismo:  el culto al instante, el culto a lo inmediato, a la inmediatez; lo que significa que el instante fulmina, sin darnos cuenta, las acciones que podemos proyectar hacia el futuro como cultura, porque el siglo veintiuno  tiene un protagonista único: el instante, sobre todo en las megametrópolis.

Así las cosas, en este ambiente en el cual vivimos, en el cual no tenemos -¿acaso?-  hipótesis para sorprender a los jóvenes de nuestros pueblos, con una nueva narratio experimental o de  temáticas filosóficas o doctrinales, la cultura tiene ante sí un dispositivo de paredes y habitaciones que re-decorar para transmitir las formalidades con las cuales se asuma el intercambio de culturas.

Por lo tanto,  la mirada sigue siendo la fuente inagotable para comprender cómo difundir la fuente de la riqueza actual y pretérita de la cultura de los pueblos.

Y, con sorpresas, y sin sorpresas, darnos cuenta que la cultura tiene una magnífica herramienta en sus manos: la poética del amor  a la tradición,  la poética del amor al pasado histórico y la poética del amor al legado ancestral, que se debe transferir a la generación actual de jóvenes  para la sobrevivencia del pensamiento y de las artes.

Todos los jóvenes del mundo desean ir por aquí, por acá, por allá;  ser trotamundos y transeúntes, así como viajeros errantes como en antaño; llenarse de recovecos de aventuras, traducir de manera contagiosa sus experiencias, hacer de sus osadías un fenómeno de multitudes a través de las redes sociales.

Ellos son los aliados, las herramientas humanas visibles e invisibles, los operarios, los duendes, los hongos del bosque.  La fertilidad cultural no necesita, no requiere en el presente de otras avanzadas sino a los jóvenes de cada una de nuestras regiones, jóvenes con el poder subversivo de la poética del amor para salvaguardar nuestro  patrimonio tangible e intangible, y para inducir e invitar a un nuevo entendimiento –no solo subliminal, a través de las redes sociales-  natural, espontáneo, sin severidad entre los pueblos de esta humanidad que no puede languidecer más, y debe estar dispuesta a la autoafirmación de sus identidades en la diversidad.